Sirenas: lo que creemos ver y lo que realmente fueron: ¿Un juego de la mente?


Por Percy Taira M.

¿Y si la imagen que todos tenemos en la cabeza sobre las sirenas fuera, en realidad, un error repetido durante siglos? La cultura popular nos ha convencido de que se trata de criaturas marinas mitad mujeres mitad pez, de belleza hipnótica que emergen entre las olas. Sin embargo, cuando uno revisa los relatos más antiguos, la sorpresa es mayúscula. Las sirenas originales no tenían cola de pez. Tenían alas.

El tema no es menor. No se trata solo de un detalle estético, sino de cómo reinterpretamos los mitos y cómo nuestra mente termina viendo aquello que previamente ha aprendido a imaginar.


Las sirenas en la Grecia antigua


En la tradición griega, especialmente en los poemas atribuidos a Homero, las sirenas no eran criaturas marinas con escamas y cola. En la Odisea, la historia de Odiseo —también conocido como Ulises— describe seres con cuerpo de ave y rasgos femeninos. Tenían alas, garras y un canto irresistible.

La lógica interna del mito es clara. Su poder no residía en la seducción física, sino en la voz. Y ¿qué criatura canta por excelencia? Las aves. No los peces. La asociación era coherente dentro del imaginario griego. Eran híbridos, sí, pero no del mar, sino del aire.

Ahora bien, estas sirenas no atraían a los marineros con promesas románticas, sino con algo mucho más profundo y peligroso: el conocimiento absoluto.


Una tentación peligrosa


Según los mitos griegos, quienes se acercaban a las sirenas quedaban encantados y encandilados, escuchando sus conocimientos y revelaciones sobre el origen del universo, el destino final de todas las cosas, la naturaleza de los dioses y los grandes misterios sin respuesta. No ofrecían placer, ofrecían respuestas.

Y ahí está el verdadero núcleo y peligro del mito.

Para los griegos, el conocimiento debía tener una finalidad práctica. Saber sembrar, cosechar, orientarse por el sol, organizar la polis o reflexionar sobre la virtud eran saberes útiles. Incluso los filósofos se enfocaban en cómo vivir mejor, cómo ser un mejor ciudadano, cómo alcanzar una vida equilibrada.

En cambio, el conocimiento que no podía aplicarse a la vida cotidiana —como los misterios últimos del cosmos o de los dioses— era visto con sospecha. Podía distraer, obsesionar y, metafóricamente, destruir al ser humano. En el mito, quienes escuchaban a las sirenas quedaban tan fascinados que olvidaban comer, moverse o escapar. Morían absortos en una búsqueda interminable de respuestas.

Las sirenas no eran simplemente monstruos. Representaban la tentación de un saber que podía consumir al ser humano.


De aves a peces


Entonces, ¿cómo pasamos de mujeres-ave a mujeres-pez?

La transformación se produjo siglos después, especialmente durante la Edad Media. Allí, el imaginario europeo empezó a mezclar tradiciones clásicas con mitologías del Cercano Oriente, donde existían divinidades y seres híbridos vinculados al agua, como los hombres-pez de antiguas culturas mesopotámicas.

Esa “mezcolanza” simbólica fue modificando la figura original. El componente aéreo se fue diluyendo y el mar tomó protagonismo. Con el tiempo, la sirena quedó fijada en el imaginario colectivo como criatura marina, consolidando la imagen que hoy todos reconocemos.

Pero el detalle histórico es contundente: en Grecia y Roma, las sirenas eran aves. La cola de pez es una reinterpretación posterior.


¿Qué vemos cuando decimos que vemos sirenas?

Aquí surge la pregunta más interesante. Si las sirenas originales no eran mujeres con cola de pez, ¿por qué la mayoría de las personas que aseguran haber visto una, describen seres con esas características?

Tal vez la respuesta no esté en el mar, sino en la mente.

Vivimos rodeados de imágenes, ilustraciones, películas, cuentos infantiles, esculturas y logotipos que nos condicionan de cierta manera a determinados hechos. Desde pequeños aprendemos que una sirena es mitad mujer, mitad pez. Esa representación se interioriza como una verdad incuestionable. Cuando alguien experimenta un fenómeno extraño o algo fuera de lo común en el mar o los ríos, ¿qué hace su cerebro? Busca en su archivo simbólico una forma conocida.

Así, lo que pudo haber sido una sombra, un animal marino o una ilusión óptica termina adoptando la silueta que nuestra cultura nos enseñó a reconocer. No vemos necesariamente lo que está ahí; vemos lo que estamos preparados para ver.

Este fenómeno no es exclusivo de las sirenas. Ocurre con muchas figuras míticas y apariciones. El imaginario colectivo moldea la percepción individual.


Y esa pregunta puede ampliarse a varios campos del misterio: ¿hasta qué punto nuestra mente influye en lo que creemos experimentar? ¿Cuántas otras “criaturas” de nuestra cultura podrían ser el resultado de esa misma construcción colectiva?


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