EL INICIO DE LA CREENCIA CATÓLICA EN LAS BRUJAS


Aunque suene difícil de creer hoy en día, la imagen del brujo o la bruja no siempre fue considerada como maligna o diabólica por la Iglesia católica, es más, en épocas antiguas la doctrina eclesial no daba fe de su existencia y por el contrario, creer en ellas era considerado un acto de herejía.

Sin embargo, esto cambió, y luego de considerarlas casi como un producto de la imaginación del hombre pasaron a ser seres reales y peligrosos capaces de afectar a los propios cristianos y con ello al catolicismo. Esto llevó al Vaticano a iniciar su tan tristemente recordadas “cacerías de brujas” que provocó una serie de abusos y asesinatos primero en Europa, y luego, en el nuevo mundo.

¿Pero cómo se produjo este cambio? ¿Por qué primero se les consideraba seres irreales y luego se creía en su existencia? ¿Cuándo la Iglesia comenzó a creer en las brujas?

Imaginando a las brujas

Para entender esto, debemos comenzar por el principio. En el 906, el arzobispo de Trier ordenó al abad de Tréveris, Regino de Prüm, escribir una especie de guía disciplinaria que recogiera los numerosos testimonios de mujeres supuestamente poseídas por el diablo. El texto se llamó el Canon Episcopi, era de uso exclusivo de los obispos y fue uno de los documentos más importantes de la Iglesia medieval.

Lo curioso del caso es que el Canon Episcopi consideró, como era de suponer, que todos estos testimonios carecían de valor y fueron considerados como simple imaginación de los afectados. En un extracto del texto el Canon dice:

“De hecho, una innumerable cantidad de personas, engañadas por esta falsa creencia, considerando estas cosas verdades, se desvía de la justa fe y cae en el error del paganismo porque termina afirmando la existencia de alguna otra divinidad o potencia sobrenatural además del único Dios.”

Esta última frase resulta fundamental debido a que si bien no se creía en la existencia de las brujas, creer en ellas o dar testimonio de ellas, era considerado una herejía pues presuponía que habría otros dioses o seres supremos capaces de hacer cosas que sólo Dios puede hacer.

En el libro Malleus Maleficarum o el Martillo de los brujos, escrito por los dominicos Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, publicado en 1484 del que luego nos referiremos, se explica más claramente este detalle:

“Quien crea que cualquier criatura puede ser cambiada para mejor o para peor, o transformada en otra cosa u otro ser, por cualquiera que no sea el Creador de todas las cosas, es peor que un pagano y un hereje. De manera que cuando informan que tales cosas son efectuadas por brujos, su afirmación no es católica, sino simplemente herética. Más aun, no existe acto de brujería que posea efecto permanente entre nosotros. Y esta es la prueba de ello: que si así fuera, sería efectuada por obra de los demonios. Pero asegurar que el diablo tiene el poder de cambiar los cuerpos humanos e infligirles daño permanente no parece estar de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. Porque de este modo podrían destruir el mundo entero, y llevarlo a la más espantosa confusión.”

De irreales a peligrosas

Ahora la pregunta es cómo los brujos pasaron de ser creaciones de los fieles a seres reales con verdaderos poderes capaces de dañar a los cristianos y afectar de alguna manera la Iglesia Católica.

Pues todo ocurrió con la bula llamada Summis desiderantes affectibus, en esta carta, que el Papa Inocencio VIII promulgó el 5 de diciembre de 1484, se decidió enviar a los dominicos, Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, a Alemania para erradicar las prácticas de la brujería que según se denunciaba provocaban diversos delitos como abortos, matanzas de ganados, afectación en las zonas de cultivo, y acciones contra la práctica religiosa como era el impedimento de realizar sacramentos como el bautizo o el matrimonio. La bula expresa las razones siguientes:

“En los últimos tiempos llegó a Nuestros oídos, no sin afligirnos con la más amarga pena, la noticia de que en algunas partes de Alemania septentrional […] muchas personas de uno y otro sexo, despreocupadas de su salvación y apartadas de la Fe Católica, se abandonaron a demonios, íncubos y súcubos, y con sus encantamientos, hechizos, conjuraciones y otros execrables embrujos y artificios, enormidades y horrendas ofensas, han matado niños que estaban aún en el útero materno, lo cual también hicieron con las crías de los ganados; que arruinaron los productos de la tierra, las uvas de la vid, los frutos de los árboles; más aun, a hombres y mujeres, animales de carga, rebaños y animales de otras clases, viñedos, huertos, praderas, campos de pastoreo, trigo, cebada y todo otro cereal; estos desdichados, además, acosan y atormentan a hombres y mujeres, animales de carga, rebaños y animales de otras clases, con terribles dolores y penosas enfermedades, tanto internas como exteriores; impiden a los hombres realizar el acto sexual y a las mujeres concebir, por lo cual los esposos no pueden conocer a sus mujeres, ni éstas recibir a aquéllos; por añadidura, en forma blasfema, renuncian a la Fe que les pertenece por el sacramento del Bautismo, y a instigación del Enemigo de la Humanidad no se resguardan de cometer y perpetrar las más espantosas abominaciones y los más asquerosos excesos, con peligro moral para su alma, con lo cual ultrajan a la Divina Majestad y son causa de escándalo y de peligro para muchos.”

El Manual para cazar brujas

Luego, Kramer y Sprenger publicarían la ya comentada Malleus Maleficarum o el Martillo de los brujos, en el que intentan demostrar o argumentar este cambio en la visión de la Iglesia sobre la herejía y la realidad de las brujas. En un extracto de la obra dicen lo siguiente:

“Es inútil argumentar que cualquier resultado de la brujería puede ser fantasioso e irreal, porque tal fantasía no puede lograrse sin acudir a los poderes del demonio, y es preciso que se haya establecido un contrato con éste, por medio del cual la bruja, real y verdaderamente, se obligue a ser la sierva del diablo y se consagre a éste por entero, y ello no se hace en sueños, ni bajo la influencia de ilusión alguna, sino que colabora real y físicamente con el demonio y se consagra a él. Pues en verdad, este es el fin de toda brujería; se trate de efectuar encantamientos por medio de la mirada o por una fórmula do palabras, o por cualquier otro hechizo, todo ello pertenece al diablo”.

Al final, la sentencia del libro era clara: “La creencia en la existencia en las brujas es una parte tan esencial de la fe católica que obstinarse en mantener la opción contraria huele a herejía”.

Y con esto aunque parezca increíble, temas como embarazarse del demonio, los íncubus o súcubos, los tratos satánicos, maleficios e incluso la posibilidad de volar, algo que en un principio fue tomado como mera superchería fue considerado con este texto como algo verdadero y real.

Con esto se dio pues un vuelco a lo dicho en el Canon Episcopi y a la vez se dio la luz verde para la “caza” indiscriminada de brujas. Es más este libro fue más allá y se volvió todo un manual para cualquier cazador de brujas, ya que no sólo registraba los tips para reconocer a una bruja y un ordenamiento legal para acusarla y enjuiciarla sino que además tenía detalles malévolos como las diversas maneras de torturarlas.

Como dice la investigadora Mar Rey: “Con la bula papal en una mano y el Malleus en la otra, los inquisidores se lanzaron a la caza indiscriminada de servidores satánicos. La bula les autorizaba a perseguirles; el Malleus les dio el soporte teológico y el asesoramiento legal necesario para instruir las causas de brujería”.

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