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ATENCIÓN: LA NASA DARÁ UN IMPACTANTE ANUNCIO SOBRE EVIDENCIAS DE VIDA EXTRATERRESTRE



¿Será lo que muchos han estado esperando? No lo sé, pero da para la espera, la sospecha e incluso la emoción. Y esto lo dice la propia agencia especial. La Nasa dice que este jueves 2 de diciembre dará una conferencia de prensa en la que darán a conocer “un descubrimiento astrobiológico que impactará en la búsqueda de evidencias de vida extraterrestre”.

Y si bien se sabe que se trata de un descubrimiento "astrobiológico" (la astrobiología es el estudio del origen, evolución, distribución y futuro de la vida en el universo) no se sabe aún el tema específico de la conferencia lo único que se conoce es que estarán presentes una geobióloga, una oceanógrafa y un biólogo.

Este evento, que podría cambiar el rumbo de la historia (o quizá no tanto y sea de esas bombas que nunca terminan de estallar), se realizará este jueves 2 en el auditorio de la sede central de la NASA en Washington y podrá ser visto vía streaming en este enlace.

¿Qué será? ¿Quizá sea el verdadero motivo del por qué tantas noticias, revelaciones, confesiones, y demás, han ocurrido en torno al fenómeno ovni y extraterrestre? Habrá que esperar pero por favor, difundan esta noticia.

Este es el hombre más alto del mundo



Su nombre es Sultán Kosen, es turco y es considerado actualmente como el hombre más alto del mundo, según el Libro Guinness de los Récords 2011, gracias a sus 2,465 metros de altura.

Pero eso no es todo pues Kosen también es considerado como el hombre de las manos y los pies más grandes del planeta. En cuanto a sus manos, estas miden 27,5 cm, mientras que sus pies, llegan al récord de 36,5 cm, esto es zapatos de número 60.

DEMUESTRAN QUE VIKINGOS LLEGARON A AMÉRICA ANTES DE CRISTÓBAL COLÓN



Cristóbal Colón no fue el primer europeo en pisar tierra americana sino, al parecer, cinco siglos antes tal proeza la habrían hecho navegantes vikingos quienes además se habrían llevado a Islandia a una mujer amerindia.

Según un estudio científico publicado en la revista American Journal of Physical Anthropology, por lo menos unas 800 personas deribadas de cuatro familias islandesas, tendrían un linaje de origen amerindio.

El linaje encontrado en las genealogías de estas familias, hasta cuatro antepasados cercanos al año 1700, se denomina C1e, es mitocondrial, lo que significa que fue introducido en la isla por una mujer.

Este desubrimiento ha sido una verdadera sorpresa para los científicos pues hasta la fecha se creía que los genes de los habitantes de Islandia sólo procedían de Escocia e Irlanda.

En este estudio han participado investigadores españoles del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de la Universidad de Islandia y de la biofarmacéutica deCODE Genetics, de Reikiavik.

CURSO DE MITOLOGÍA: FASCINO

Era el dios de la infancia, y presidía al nacimiento de las criaturas. Se colocaba su estatua cerca de la cuna del niño que acababa de nacer. En los triunfos se la colocaba sobre el carro, para libertar al triunfador de los prestigios del orgullo. El culto de este dios sencillo y candoroso se confiaba a las manos inocentes de las vestales.

CURSO DE MITOLOGÍA: EOLO



Rey de los vientos.

Soberano absoluto de súbditos fogosos hijos del aire y de la tierra, los tenia encerrados en las cuevas más profundas de las Islas Eolianas, donde estaban las fraguas de Vulcano. Eolo los contenia o encadenaba a su gusto. Los cuatro principales sujetos a sus leyes eran el Euro, el Austro, el Boreas, y el Zéfiro.

CURSO DE MITOLOGÍA: MORFEO



Era el ministro del sueño, y el primero de los sueños súbditos a él.

Se le representa con alas de mariposa y una planta de adormideras en la mano, con la cual toca a los mortales que quiere entretener con vanas ilusiones.

CURSO DE MITOLOGÍA: HARPÓCRATES



Dios del silencio.


Se le representaba bajo la figura de un jóven medio desnudo con un cuerno en la mano y un dedo sobre la boca.

Se personificaba del mismo modo el silencio al cual presidía. Se le figuraba tambien como mujer, llamada Muta o Tácita entre los latinos, con la que se casó Mercurio y de quienes nacieron las horas.

CURSO DE MITOLOGÍA: PENATES



Eran los dioses domésticos y particulares de cada familia. Se colocaban sus estatuas cerca de los hogares, y se les ofrecia incienso y las primicias de la mesa. Las ciudades y los imperios tenian también sus penates que eran sus dioses protectores.

CURSO DE MITOLOGÍA: MOMO

Hijo del Sueño y de la Noche y hermano de la Locura.


Es el Dios de las burlas, y se le representa levantando la máscara de sobre una cara y con una cabeza de muñeco en la mano. Curioso y maligno espiaba todas las acciones de los dioses, y las censuraba con una libertad franca y caústica. Habiendo hecho Neptuno un toro, Vulcano un hombre, y Minerva una casa censuró sus obras, y se burló de ellos. Sus crueles agudezas y sus tiros picantes le hicieron arrojar del cielo.

CURSO DE MITOLOGÍA: ESCULAPIO



Hijo de Apolo y de Coronis.


Su padre confió la educacion del niño al centauro Quiron, y en la escuela de este hábil maestro, Esculapio salió tan profundo en todos los secretos del arte de curar que fue llamado el dios de la medicina. Júpiter le mató con su rayo por haber dado la vida al desgraciado hijo de Teseo. La ciudad de Epidauro le edificó un templo, en el que se le adoraba bajo la forma de una serpiente, y se le sacrificaban gallos y gallinas.

CURSO DE MITOLOGÍA: PLUTO



Hijo de Ceres y de Jasion.


El dios de las riquezas. Algunos poetas le hacen ciego, pero no lo era de nacimiento. Conocía al golpe los hombres justos, y solo a ellos hacía favores. Júpiter fue quien le privó de la vista; y no pudiendo desde entonces distinguir los buenos de los malos, distibuyó indistintamente la riqueza a los unos y a los otros.

Se le representa cojo, ciego y con alas.

CURSO DE MITOLOGÍA: HIMENEO



Presidia los matrimonios y las fiestas de boda, se le representaba como un jóven rubio coronado de rosas, y con un hachon en la mano.

Se daba tambien el nombre de himeneo á los versos que se cantaban en las bodas.

CURSO DE MITOLOGÍA: CUPIDO



Es el Dios del deleite tan seductor y engañador como él. Rodeado siempre de risas, de juegos, de placeres y de atractivos se ocupa continuamente en ablandar y corromper los corazones. Sichea le amó sin conocerle y fue desgraciada.

Se le representa en la figura de un niño desnudo, vendados los ojos, con alas, con un arco y con una aljaba en el hombro llena de flechas ardientes.

CURSO DE MITOLOGÍA: PAN



Hijo de Mercurio.

Dios de los campos, de los rebaños, y de los pastores. Inventó la flauta campestre que tocaba con mucha melodía, y habitaba en los campos como Fauno y Silvano, con los cuales se le confunde algunas veces. Siguió á Baco en la conquista de las Indias y participó de su gloria. Se le adoraba particularmente en la Arcadia encima de los montes Liceo y Menalo. Para celebrar sus fiestas llamadas Lupercales se le ofrecia leche, miel y vino en vasos puramente de barro.

El pino y el olmo eran sus árboles favoritos.

Se le representa con cuernos en la cabeza, con pies de cabra, y la parte inferior de su cuerpo es semejante a la del cabrón.

CURSO DE MITOLOGÍA: MARTE



Hijo de Júpiter y de Juno.


Dios de la guerra, presidia a las batallas, a los juegos de los gladiadores y a la caza. Tenia templos en Tracia, en Escitia, en Grecia y entre los Romanos que le miraban como padre de Rómulo y Remo. Se le sacrificaba el caballo, el lobo, el perro, y el picamaderos.

Marte está representado siempre armado de pies a cabeza. Belona, su hermana, que igualmente presidia a los combates le uncia su carro y sus caballos. Lleva un casco en su cabeza, una pica y un látigo en las manos, y algunas veces un hachon encendido.

CURSO DE MITOLOGÍA: PLUTÓN



Hermano de Júpiter y Neptuno.


Era el Dios de los infiernos, digno de imperio tan espantoso, por su negrura, su fealdad, y su carácter sombrío y áspero. Aborrecido del Dios del himeneo, se vió precisado para proporcionarse una esposa á emplear la astucia y la violencia. Robó a Proserpina, hija de Ceres, cuando iba a sacar agua de la fuente de Aretusa, o cuando cogia flores con sus compañeras. Pluton aborrecia la luz del dia; solo la noche, triste habitante del Erebo, le gustaba.

Se le representaba con una corona de ébano en la cabeza, la llave de la mansión de los muertos en la mano, y en un carro tirado por caballos negros.

CURSO DE MITOLOGÍA: NEPTUNO



Hijo de Saturno y de Rhea.

Libertado en su niñez como Júpiter del furor de su padre, fue al principio criado por pastores. Se casó despues con Anfitrita con la que dividió el imperio del mar. Echado del cielo con Apolo por haber conspirado contra Júpiter fueron los dos juntos a ayudar a Laomedon a reedificar los muros de Troya. Habiéndoles negado este príncipe su salario, Neptuno castigó su injusticia entregando la Frigia a un monstruo marino. Con un golpe de su tridente hizo salir de la tierra el primer caballo, y enseñó el arte de domar este cuadrúpedo naturalmente fiero e indócil: en memoria de este beneficio se le celebran fiestas con juegos ecuestres.

El mas hermoso templo de Neptuno era el de la isla de Eubea.

Se le representa armado con un tridente, sobre un carro en forma de concha tirado por caballos marinos.

CURSO DE MITOLOGÍA: MERCURIO



Hijo de Júpiter y de Mayo.


Dios de la elocuencia, del comercio y de los ladrones, intérprete y mensajero de los inmortales. Reunia genio, talento, destreza y agilidad; conducia las almas de los muertos a los infiernos, y tenía el poder mágico de sacarlos de allí. Músico encantador, endormeció con el sonido de su lira, que habia hurtado a Apolo, al vigilante Argos guardia riguroso de Io. Soltó al atrevido Marte de los lazos del celoso Vulcano, y ató al sacrílego Prometeo a una roca del Caúcaso.

Se le representa como un jóven hermoso, con alas en la cabeza y en los talones, y con un caduceo en la mano.

CURSO DE MITOLOGÍA: BACO


Hijo de Júpiter y de Semela.


La furiosa e implacable Juno había perseguido a su madre y quiso tambien hacer morir al hijo; pero Ino le salvó y le cuidó en sus niñez juntamente con las Hiadas, las Horas y las Ninfas. Siendo grande conquistó las Indias; civilizó el Egipto, enseñó la agricultura y plantó la viña. Este último beneficio le hizo adorar como el Dios del vino. Penteo enemigo de la gloria de su culto experimentó su venganza. Destruyó a todos sus enemigos; y bajo la figura de un leon devoró los gigantes que querían escalar el cielo. Después de Júpiter fue el más poderoso de los dioses, y Orfeo estableció en honor suyo los Bacanales u Orgías.

Se le representa como un jóven perfectamente hermoso, sentado sobre un tonel, o sobre un carro tirado por tigres, linces o panteras, y con un tirso en una mano y una copa en la otra.

CURSO DE MITOLOGÍA: APOLO


Hijo de Júpiter y de Latona.


Es el Dios de la poesía, de la música, de la medicina y de todas las artes del ingenio. Habitaba con las Musas en el Parnaso, en el Helicon, en las orillas del Hipocreno y del Permeso. Su valor igualaba a su genio. Mató á la serpiente Piton enemiga de su madre, y a los Cíclopes que habían forjado el rayo por el que pereció su hijo Esculapio. Irritado Júpiter por este último atentado le arrojó del cielo. Apolo desterrado a la tierra se vió precisado a guardar los rebaños de Admeto, y edificar los muros de Troya con su hermano Neptuno, bajo Laomedon. El padre de los dioses compadecido de sus desgracias le volvió á llamar á la corte celestial. Se representa a Apolo, unas veces como jóven con una lira en la mano, y rodeado de varios instrumentos de música, y otras sentado sobre el Parnaso en medio de las Musas, con la cabeza ceñida de laurel.

CURSO DE MITOLOGÍA: JÚPITER



Hijo de Saturno y de Cibeles.


El mayor y el soberano de los Dioses. Su madre le sustrajo á la crueldad de Saturno, haciéndole educar en la isla de Creta donde le dió de mamar la cabra Amaltea. Júpiter libertó al principio a Saturno de la prision en que le tenia Titan, y despu{es le destronó. Hecho así dueño del mundo asignó el imperio del mar á Neptuno y el de los infiernos a Pluton; y habiéndose querido sustraer de su dominación los otros dioses, los arrojó del Olimpo. Los gigantes intentaron escalar el cielo y los despedazó con el rayo. Júpiter manifestó su flaqueza tanto como su poder: porque se abandonó vergonzosamente a los placeres, y la fábula está llena de sus infamias.

Le está consagrado el pino.

Se le representa sobre una águila, y con el rayo en la mano.

CURSO DE MITOLOGÍA: SATURNO


Hijo del Cielo y de Vesta.


Su hermano Titan le cedió el cetro con condicion de que devorase sus hijos varones; pero habiendo sabido que Rhea mujer de Saturno habia salvado a Júpiter, Neptuno y Pluton, les hizo la guerra y los apresó. En adelante Júpiter derrotó á Titan, volvió a colocar a su padre en el trono, y después le derribó de él. Saturno se retiró a casa de Jano rey de Italia, estableció en aquella comarca leyes, artes y costumbres, y civilizó los hombres casi salvajes. Su siglo feliz se llama la edad de oro. Roma le edificó un templo y le consagró las fiestas saturnales.

Descubren doce nuevas esfinges en Egipto.



Un equipo de arqueólogos ha descubierto doce nuevas esfinges,en la antigua avenida que unía los templos faraónicos de Luxor y Karnak, a 600 kilómetros al sur de El Cairo.

Las estatuas datan de la época del último rey de la XXX dinastía faraónica (343-380 a.C.).

Una esfinge es una estatua que presenta un cuerpo de león y cabeza humana o de carnero.

TRAILER: EITIANEN

El hombre que espera a Dios en la cima de un acantilado.

Su nombre es Maxime Kavtaradze, es un monje georgiano que decidió vivir en solo en un monasterio en la cima de un acantilado, según dice, por inspiración divina.

Este es el reportaje de la BBC sobre este hombre.

Madre encuentra el cadáver de su hijo gracias a un sueño

Yolanda Galindo, madre del piloto boliviano, Benjamín Pabón Galindo, que tuvo un accidente aéreo en 1990 en los Andes y cuyo cadáver fue hallado recientemente, aseguró a la prensa que la ubicación del cuerpo de su hijo se le fue revelado en sueños.

"¿Ves ese cerro? A tu espalda está la cordillera y al frente está el Huayna Potosí. Estoy arriba, no abajo", habrían sido las palabras que escuchó Galindo en sueños a través de la imagen de su hijo.

La madre le entergó a los rescatistas un dibujo en el que se mostraba la zona que se le mostró en sueños y para sorpresa de los rescatistas, el lugar en donde hallaron el cuerpo era muy similar al dibujado por la madre, en una zona llamada "Los Novios", a 5.430 metros de altitud en el nevado Huayna Potosí a unos 25 kilómetros de La Paz.

El cuerpo del aviador se encontraba sujeto a su asiento con el cinturón de seguridad.

El accidente ocurrió en 1990 cuando Pabón junto con otros dos compañeros, transportaba carne vacuna desde el departamento de Beni a La Paz. Hasta el momento se desconoce el paradero de los otros tripulantes.

EL OVNI DE FOX SPORTS EN MÉXICO




Este vídeo no es reciente. Es de incios de año, sin embargo, recién me entero de él y quería compartirlo con ustedes. Se trata de un supuesto objeto volador no identificado, ovni, que se cuela en una entrevista hecha por el canal de televisión Fox Sports, al jugador Luis Menes, de los cañeros del Zacatepec, un equipo de fútbol mexicano.

Mientras la entrevista se realizaba en una zona cercana a los volcanes Popocatepetl e Iztaccíhuatl, el camarógrafo observó a través del lente un extraño objeto en el cielo y dirigió su toma hacia ese objetivo.

En el vídeo se muestra un objeto, casi metálico y redondo, que realiza unos cuantos movimientos horizontales y verticales en el cielo. ¿Avión, globo metereológico, Venus? ¿Usted qué opina?


¿Ovni en Nueva York o simple huella de un avión?




El pasado 10 de noviembre, la cadena CBS 2 difundió estas imágenes en la que se ve un extraño fenómeno en el cielo de Nueva York. Según los especialistas, esto se trataría de un hecho denominado como "arrastre" es decir, el rastro que deja un avión o un objeto similar en el cielo cuando pasa, sin embargo, para otros, un ovni. ¿Usted qué opina?


RADIO: LA NOCHE DE LAS PSICOFONÍAS 2010




"La noche de las psicofonías", programa especial realizado por "El Último Peldaño", presentado y dirigido por Joaquín Abenza.

LIBROS HISTÓRICOS: MEDEA - EURÍPIDES


PERSONAJES

LA NODRIZA
EL PEDAGOGO
MEDEA
EL CORO
CREONTE
ESTROFAS
ANTISTROFAS
JASÓN
EGEO
EL MENSAJERO
NIÑOS



Primera parte



Vése en la escena el palacio de Creonte
LA NODRIZA
¡Ojalá que la nave Argos volase a la Cólquide y a las cerúleas Symplégadas, y nunca cayese en tierra el pino cortado en las selvas del Pelión, ni la hubiesen armado de remos los héroes muy ilustres que fueron a conquistar el vellocino de oro de Pelias! No hubiera navegado mi dueña Medea hacia las torres del campo de Yolcos, enamorada de Jasón, ni las hijas de Pelias habrían dado muerte a su padre, ni habitaría en Corinto con su esposo y sus hijos, muy querida de estos ciudadanos, a cuyo país vino fugitiva, y complaciendo sin tasa a Jasón; que el lazo más fuerte del matrimonio es la completa sumisión de la esposa al esposo. Pero hoy todo le es hostil, e indecibles sus sufrimientos. Jasón, faltando traidoramente a sus propios hijos y a mi dueña, contrae regias nupcias con la hija de Creonte, rey de Corinto. La desdichada Medea, herida ignominiosamente en la fibra más sensible de su corazón, clama y jura, invoca la fidelidad que Jasón le prometió al darle su diestra, y pone a los dioses por testigos de su ingratitud. Yace sin tomar alimento, presa de intolerables dolores, y siempre deshecha en lágrimas, desde que tuvo noticia de la injuria que su esposo le hacia; ni levanta los ojos, ni los separa de la tierra, sino que, impasible como una piedra, o como las olas del mar, oye los consejos de sus amigos, a no ser cuando inclina su muy blanco cuello, y llora a su padre amado, a su patria y sus palacios, abandonados por acompañar a su esposo, que ahora la desprecia. La infortunada aprende a conocer sus penas a costa de lo que vale el suelo patrio. Odia a sus hijos y no se alegra al verlos, y temo que maquine algo funesto, que es de carácter vehemente y no puede sufrir injurias. Yo, que lo sé, me estremezco al pensar que acaso atraviese sus entrañas con afilado acero, o que mate a la hija del rey y al que se casó con ella, y le sobrevengan después mayores desdichas. Repito que es de carácter vehemente y que ningún adversario triunfará de ella con facilidad. Pero he aqul a sus hijos que vienen del gimnasio en donde corren los carros, sin pensar en su madre, porque en su edad juvenil no se suelen sentir los males.
EL PEDAGOGO
(con los hijos de Medea).- Antigua esclava del palacio de mi dueña, ¿por qué estás sola a la puerta reflexionando en tu infortunio? ¿Cómo es que Medea no apetece tu compañía?
LA NODRIZA
Anciano ayo de los hijos de Jasón: los buenos esclavos comparten las desventuras de sus amos y padecen también. Tan grande es mi dolor, que vengo a contar a la tierra y al cielo los infortunios de mi señora.
EL PEDAGOGO
¿No cesa de gemir la desdichada?
LA NODRIZA
¡Singular es tu candor! Ahora empieza; aún no ha llegado a la mitad del camino.
EL PEDAGOGO
¿Nada sabe la inocente, si es licito hablar así de nuestros señores, de sus males novísimos?
LA NODRIZA
¿Qué hay, ¡oh anciano! Dlmelo al instante.
EL PEDAGOGO
Nada, ya me arrepiento de haber hablado.
LA NODRIZA
Te ruego, por tu barba, que nada ocultes a tu consierva, que, si es necesario, guardará silencio.
EL PEDAGOGO
Oí casualmente (fingiendo no escucharlo, y acercándome al juego de los dados, junto a la fuente sagrada de Pirene, en donde se reúnen muchos ancianos) que Creonte, señor de esta tierra, habia decretado que los hijos y la madre la dejasen. No sé si ese rumor es o no cierto; yo quisiera que no lo fuese.
LA NODRIZA
¿Y consentirá Jasón que sufran tal pena sus hijos, aunque no ame a la madre?
EL PEDAGOGO
Los nuevos amores triunfan de los antiguos, y Creonte no es amigo de la familia de Medea.
LA NODRIZA
Perdidos somos si a mal antiguo se añade el que anuncias, cuando aún no hemos apurado el primero.
EL PEDAGOGO
Pero tranquilizate (porque no conviene que lo sepa nuestra dueña), y calla la noticia.
LA NODRIZA
¿Ois, hijos, cuán cariñoso es con vosotros vuestro padre? No deseo que muera, es mi señor; pero es criminal su conducta con prendas tan caras.
EL PEDAGOGO
Entrad en el palacio, que no será inútil, ¡oh hijos! Aléjalos tú cuanto puedas de su madre, y que no los vea airada. He observado el furor que expresaban sus ojos al mirarlos, como si algo tramara, y no se aplacará su ira, lo sé bien, como no la descargue en alguno. ¡Ojalá que la víctima sea algún enemigo, no un amigo!
MEDEA
(Desde dentro).- ¡Ay de mí, desventurada y mísera! ¡Ay de mis penas! ¡Ay de mí, ay de mí! ¿Cómo moriré al fin?
LA NODRIZA
Esto es lo que os decia, amados hijos; vuestra madre se agita, su bilis se remueve. Entrad pronto en el palacio, que no os vea, no os acerquéis a ella; guardaos de su indole cruel, y del impetu terrible de sus pasiones. Marchaos ya, entrad cuanto antes. Ya se levanta la nube; no tardará en estallar con mayor furia. ¿Qué hará en su rabiosa arrogancia, qué hará su ánimo implacable, aguijoneado por el infortunio?
MEDEA
¡Ay, ay, ay, ay de mí! ¡Qué males sufro tan deplorables! ¡Hijos malditos de funesta madre: que perezcáis con vuestro padre; que todo su linaje sea exterminado!
LA NODRIZA
¡Ay de mí, ay de mi, ay de mi, desventurada! ¿Por qué han de expiar tus hijos las faltas de su padre? ¡Ay de mi! ¡Pobres hijos! ¡Cuánta es mi angustia, cuánto mi deseo de que nada sufráis! Crueles son los tiranos, y como mandan mucho y obedecen poco, dificilmente se aplacan sus iras. Mejor es acostumbrarse a vivir modestamente. Que yo envejezca tranquila, no rodeada de magnificencia. El solo nombre de medianía es ya grato, su posesión el mayor beneficio de que disfrutan los mortales; nunca los excesos aprovechan a los hombres; al contrario, mayores son las calamidades que los dioses, cuando se enfurecen, lanzan contra las familias.
EL CORO
He oido las voces, he oido los clamores de la desdichada que nació en Colcos, y cuya ira no se ha mitigado todavía. Cuéntanos, ¡oh anciana!, lo que sucede; he oído lamentos en ese palacio de doble puerta, y no me placen los infortunios de esa familia, ¡oh mujer!, a quien tengo afecto.
LA NODRIZA
Ya no existe; merced a estos sucesos ha desaparecido. El duende ahora en regio tálamo; la dueña se consume en su lecho, y no tiene amigos que la consuelen.
MEDEA
¡Ay, ay! ¡Que el fuego del cielo me abrace! ¿Qué gano yo con vivir? ¡Ay, ay! ¡Que la muerte me arrebate esta triste vida!
EL CORO
¿No habéis oido, Zeus, Gea y Luz, las voces de la infeliz esposa? ¿No ves que tu insaciable deseo al verte sola en tu lecho, ¡oh insensata!, precipitará tu muerte? Vano será tu anhelo. Si tu marido descansa en nuevo tálamo no te enfurezcas contra él, que Zeus te vengará. No te contristes más de lo justo llorando a tu compañero.
MEDEA
¡Oh magna Themis y reverenda Artemisa! ¿Veis lo que sufro a pesar de los sagrados juramentos que ligan a mi execrable esposo? Ojalá que lo vea con su esposa (ya que han osado ofenderme primero) bajo las minas de su palacio. ¡Oh ciudad! ¡Oh padre!, a quienes abandoné torpemente después de matar a mi hermano.
LA NODRIZA
Ya oís lo que dice, y cómo invoca a Themis y a Zeus, a quienes los hombres miran como a defensores de los juramentos. No es posible que mi señora aplaque fácilmente sus iras.
EL CORO
Ojalá que Medea se presente y atienda mis ruegos, si se ha de mitigar su furiosa ira y los rmpetus de su rabia. Nunca faltaré yo a los deberes de la amistad. Ve, pues y sácala de su palacio, y dile que la amamos; apresúrate antes de que descargue su furor en los que están dentro; las lágrimas corren aqur con furia.
LA NODRIZA
Así lo haré, aunque no tengo confianza en persuadir a mi señora; os complaceré, sin embargo, aunque se lanza contra sus servidores como leona recién parida, si alguno se acerca a hablarle. No errarás si llamas necios e imprudentes a los hombres de los pasados tiempos, que para regocijo de la vida inventaron los himnos en fiestas, banquetes y cenas, y ninguno intentó disiparla con la música o el canto, acompañando de muchas liras, y por eso los asesinatos y las más fatales desgracias arruinan a las familias. Ventajoso hubiera sido curar con el canto los males de los hombres; porque en un alegre festín, ¿a qué modular la voz agradablemente? Él solo, si es espléndido, deleita a los mortales.
EL CORO
He oído lúgubres clamores; he oído lamentos; quéjase amargamente del traidor a quien dio su mano, de su malvado esposo. Llena de ignominia invoca a Themis, hija de Zeus, defensora de los juramentos, que la arrastró a la Hélade enfrente de su patria, atravesando de noche los mares hasta llegar a este alado y marino estrecho, de dificil paso.
MEDEA
Salgo de mi palacio, ¡oh mujeres corintias!, para que no me reconvengáis. Sé bien que algunos que viven en el extranjero, lejos de su patria, son orgullosos, y que otros, de costumbres apacibles y olvidadizos de ella, pasan tranquilamente la vida. No mora la justicia en los ojos de los hombres, pues antes de conocer a fondo a los demás, odian a la simple vista, sin ser provocados a ello por injuria alguna. El que recibe hospitalidad debe adoptar las costumbres de la ciudad que se la da, pues no alabo al ciudadano, sea el que fuere, de arrogante índole, que con su necedad molesta a sus conciudadanos. Este mal, que me ha sobrevenido cuando no lo esperaba, ha desgarrado mi corazón acabando conmigo, y como la vida no tiene ya atractivo para mí, deseo morir, ¡Oh amigas! Mi esposo, el peor de los hombres, me ha abandonado, cuando en él tenía cifrada mi mayor dicha; de todos los seres que sienten y conocen, nosotras las mujeres somos las más desventuradas, porque necesitamos comprar primero un esposo a costa de grandes riquezas y darle el señorío de nuestro cuerpo; y este mal es más grave que el otro, porque corremos el mayor riesgo, exponiéndonos a que sea bueno o malo. No es honesto el divorcio en las mujeres, no es posible repudiar al marido. Habiendo de observar nuevas costumbres y nuevas leyes, como son las del matrimonio, es preciso ser adivino (no habiéndolas aprendido antes, como sucede, en efecto) para saber cómo nos hemos de conducir con nuestro esposo. Si congenia con nosotras (y es la mayor dicha) y sufre sin repugnancia el yugo, es envidiable la vida; si no, vale más morir. El hombre, cuando se halla mal en su casa, se sale de ella y se liberta del fastidio o en la del amigo, o en la de sus compañeros; mas la necesidad nos obliga a no poner nuestra esperanza más que en nosotras mismas. Verdad es que dicen que pasamos la vida en nuestro hogar libres de peligros, y que ellos pelean con la lanza; pero piensan mal, que más quisiera yo embrazar tres veces el escudo que parir una sola. Pero tu suerte es distinta de la mia, y contigo no rezan mis palabras; esta es tu patria, este tu hogar paterno, y aqui disfrutas de las comodidades de la vida y del trato de los amigos; yo sin ellos, desterrada, sufriendo afrentas de mi marido, que me robó de un país bárbaro, no tengo madre, ni hermano, ni parientes que me consuelen en esta calamidad. Sólo, pues, desearia que me indicases algún medio de vengarme de estos males que mi esposo me causa, y del que le dio a su hija en matrimonio, y de ella, y que lo calles. Porque la mujer es siempre tímida, cobarde en la lucha y sin ánimo para mirar tranquilamente el acero; pero cuando la injuria que recibe afecta a su tálamo conyugal, no hay nadie más cruel.
EL CORO
Haré lo que dices; con razón debes vengarte de tu esposo, ¡Oh Medea! No me admira que llores tu desgracia. Pero veo a Creonte, señor de esta tierra, que se acerca a anunciarte sin duda nuevas órdenes.
CREONTE
Mándote, Medea de torva mirada, llena de ira contra tu esposo, que salgas desterrada, llevándote a tus dos hijos, y sin dilatarlo un instante; que soy aquí soberano, y no volveré a mi palacio antes de expulsarte de los confines de este pais.
MEDEA
¡Ay, ay! ¡Completa es mi desventura! ¡Muerta soy! Ya mis enemigos largan todas las velas y no hay remedio contra estos males. Pero dime, ¡oh Creonte!, a pesar de tu odioso comportamiento, ¿por qué me destierras?
CREONTE
Temo (dejándome de circunloquios) que infieras a mi hija algún daño irreparable. Muchas son las causas de mi temor; eres astuta, maestra en artificios, y sientes que tu esposo haya abandonado tu lecho; sé que profieres amenazas, según dicen, y que no disimulas tu propósito de vengarte de mi por haber casado a mi hija, y del esposo y de la esposa. Cuidaré, pues, de que no suceda. Más quiero incurrir en tu odio, ¡oh mujer!, que arrepentirme inútilmente de mi condescendencia.
MEDEA
¡Ay, ay! No ahora sólo, ¡Oh Creonte!, sino muchas veces, me ha perjudicado mi mala reputación y me ha acarreado graves males. Nunca conviene que el hombre de recto juicio enseñe a sus hijos demasiada filosofia, porque además de ganar fama de holgazanes, concitan contra si la envidia de sus conciudadanos. Si enseñas a los necios nuevas y profundas doctrinas, creerán que para nada sirves y que no eres sabio; y hasta aquellos que estiman lo que sabes, si te creen superior, te aborrecerán porque los molestas. Ofrézcote una prueba de lo que digo: por mi saber me envidian unos (éstos me llaman ociosa, aquéllos perversa), y para otros soy pesada carga, y sin embargo, no sé demasiado. Tú temes sufrir de mi algún daño injusto. No es ese mi pensamiento. ¡Oh Creonte!, no receles que yo ofenda a tan ilustres personajes. ¿Qué iniquidades has perpetrado contra mí casando a tu hija, atento sólo a tu inclinación? A quien detesto es a mi marido; pero según creo, has obrado con prudencia. Y ahora no llevo a mal que salga todo a medida de tu deseo: que se casen, que aqui reinen la felicidad y el bienestar; pero déjame vivir en Corinto; yo callaré a pesar de mi afrenta, y cederá a la fuerza.
CREONTE
Agrádame oír lo que dices; pero temo que fragües alguna maldad, y ahora tengo de ti menos confianza que antes, porque la mujer de pronta cólera, lo mismo que el hombre, es menos temible que quien calla y solapadamente forma propósito de vengarse. Vete, pues, cuanto antes y no me hables más; así lo he mandado, y no hallarás medio de quedarte entre nosotros, siendo mi enemiga.
MEDEA
¡Oh, no, por tus rodillas y por tu hija recién casada!
CREONTE
Hablas en balde; nunca lograrás persuadirme.
MEDEA
¿Y me expulsarás de aqui y desoirás mis súplicas?
CREONTE
No te prefiero a mi familia.
MEDEA
¡Cuánto, oh patria, me acuerdo de ti ahora!
CREONTE
Fuera de mis hijos, lo que más amo es mi ciudad.
MEDEA
¡Ay, ay! ¡Qué grave mal es el amor de los hombres!
CREONTE
En mi juicio, según sea su fortuna.
MEDEA
¡Oh Zeus, no olvides al autor de estos males!
CREONTE
Vete, insensata, y líbrame de cuidados.
MEDEA
Bastante tengo con los mios; no necesito más.
CREONTE
Pronto te desterrarán a la fuerza los de mi séquito.
MEDEA
No lo hagas, yo te lo suplico, ¡oh, Creonte!
CREONTE
No me precipites tú, como llevas trazas de hacerla.
MEDEA
Huiré, no es eso lo que te pido.
CREONTE
¿A qué, pues, te opones y no te alejas?
MEDEA
Concédeme de plazo este solo dia, y pensaré en dónde he de refugiarme con mis hijos, ya que su padre no se cuida de ellos; compadécete de su suerte, que tú también los tienes; miralos con agrado. Poco me curo de mi y de mi destierro, pero deploro su mala fortuna.
CREONTE
No es tiránica mi natural índole, y muchas veces me ha perdido mi bondad. Y veo que no obro bien ahora, ¡oh mujer!, y sin embargo, lograrás lo que deseas; pero advierto que morirás si te llega a alumbrar aquí o a tus hijos la antorcha del sol que ha de lucir mañana: lo dicho, dicho está, y no me volveré atrás. Ahora, si te conviene quedarte aquí, quédate por un solo día, que no podrás cometer ningún crimen de los que temo.
EL CORO
¡lnfeliz mujer! ¡Ay, ay, cuántos son tus dolores! ¿Adónde te encaminarás al fin? ¿Quién te dará hospitalidad, qué techo te cobijará, qué tierra podrán encontrar que te libre de males? ¡En peligrosa borrasca, oh Medea, te han lanzado los dioses!
MEDEA
Rodéanme sólo desdichas: ¿quién podrá contradecirlo? Pero no será como pensáis, no. Nuevas luchas aguardan a los esposos y no pocos trabajos a los suegros. ¿Crees, acaso, que yo le habría hablado nunca con tanta dulzura sino por ganar tiempo y vengarme? Me hubiera callado, absteniéndome de tocar sus manos. Tan grande es su insensatez que, pudiendo desbaratar mis proyectos, desterrándome de aquí ahora, me ha concedido el plazo de un día, que bastará para dar muerte a tres enemigos míos: al padre, a la hija y a mi esposo. Aunque tengo muchos medios de hacerlos morir, no sé, ¡oh amiga!, cuál emplearé primero: si incendiaré el palacio nupcial, o si los atravesaré con el afilado acero, entrando ocultamente en el aposento en que está preparado el nupcial lecho. Sólo un obstáculo me detiene: si al cumplir mi propósito me prenden, se regocijarán con mi muerte. Lo mejor es matarlos con veneno, en cuyo arte soy maestra. Sea así; supongamos que ya han perecido: ¿qué ciudad me acogerá? ¿Quién me dará hospitalidad, y me dejará libre, y me ofrecerá un país seguro y un albergue, que me inspire confianza? No es fácíl. Como me queda tan poco tiempo, si encuentro algún refugio que me tranquilice, cometeré mi crimen dolosa y ocultamente; si la inevitable fortuna trastorna mi plan, los mataré con mi espada, aunque después muera yo; ellos verán hasta dónde llega mi audacia. No, por Hécate, deidad a quien rindo especial culto, y cuya protección he implorado en este trance en el secreto del santuario de mi palacio; nadie se reirá de mis dolores. Amargas y tristes serán las nupcias, amargo el nuevo parentesco, amargo mi destierro de este país. Ea, pues, Medea; apela a todos tus artificios, delibera y medita, no vaciles cometer tu atroz delito; veremos quién es más fuerte. ¿No consideras tu estado? ¿Has nacido de noble padre y desciendes de Helios, y servirás de ludibrio en las bodas de Jasón y de los hijos de Sísifo? Tú eres sagaz; por naturaleza somos las mujeres las más incapaces de hacer el bien, pero artrfices de los más ingeniosos de todo linaje de males. (Mientras canta el coro, Medea no abandona el teatro, aunque quede en segundo término).
EL CORO
ESTROFA 1a.
Hacia atrás corren las ondas de las sagradas fuentes, y la justicia y todas las cosas hacia atrás se revuelven. El dolo preside en los consejos de los hombres y no hay fe en los dioses. Para que mi vida sea alabada ha de cambiar mi fama: sea honrado mi sexo, y las mujeres no gozarán, de infausto renombre.
ANTISTROFA 1a.
Las Musas, madres de las antiguas canciones, no publicarán ya mi perfidia. Febo, dios de la poesía, no nos ha concedido componer cantos divinos, acompañados de la lira, porque entonces yo hubiese entonado un himno contrario a los hombres, ya que la larga edad pasada aduce tantas pruebas contra nosotras y contra ellos.
ESTROFA 2a.
Mas tú abandonaste el hogar paterno, navegando airada, atravesaste los dos peñascos del mar, habitas en tierra extranjera, y viuda solitaria yaces en el lecho, ¡oh desdichada!, y te destierran de este país con ignominia.
ANTISTROFA 2a.
El aire se llevó los juramentos y desapareció el pudor de la Hélade, siendo tan vasta. Tú, desventurada, no tienes palacio paterno al cual recurras en tus miserias, y en el tuyo y en tu esposo domina otra reina más poderosa que tú.
JASÓN
No sólo ahora, sino muchas veces, he observado que la rabiosa cólera es mal irreparable. Cuando podías quedarte en tu casa y en este país, si obedecieras resignada las órdenes de los que mandan, los obligas, profiriendo vanas palabras, a que te lancen de aquí. Para mí no hay en esto la menor molestia; no dejas nunca de decir que Jasón es el peor de los hombres; pero en cuanto a tus injurias contra los principes, debes convenir conmigo en que no ganas poco siendo sólo desterrada. Siempre me esforcé en aplacar la ira de los reyes, enfurecidos contra ti, y deseaba que te quedases; pero tú, siempre insensata, prosigues maldiciendo a los que reinan, y asi no habrá otro remedio que desterrarte. Sin embargo, ni aun por esto falto a los que amo; tal es la razón que me ha obligado a venir aqui, ¡oh mujer!, para mirar por ti, para que no salgas pobre con tus hijos, si algo necesitas. Muchos males trae consigo el destierro, y aunque me aborrezcas, nunca podré quererte mal.
MEDEA
¡Oh tú, el mayor de los malvados! (que, débil mujer, sólo mi lengua debe ofenderte), ¿has venido a vernos, has venido a vernos cuando te odio más que a nadie? (y los dioses conmigo y todo el linaje humano). No es confianza ni fortaleza mirar frente a frente a los amigos a quienes injurias, sino desvergüenza, la más grave de las debilidades humanas. No obstante, has hecho bien en venir, porque me consolaré maldiciéndote, y tú sufrirás oyéndome. Comenzaré, pues, tu apologia. Te salvé, como saben todos los griegos que se embarcaron contigo en la nave Argos, cuando guiaste los toros uncidos al yugo, que aspiraban llamas, para sembrar el mortifero campo; y después que maté al vigilante dragón que guardaba el vellocino de oro envuelto en sus monstruosos pliegues, viste por mi la luz saludable. Yo misma, abandonando traidoramente a mi padre y a mi familia, te acompañé a Yolcos el del Pelión con más ligereza que prudencia, y maté a Pelias (cuando la muerte es el peor de los males), valiéndome de sus mismas hijas, y te liberté de todo temor. Y por estos beneficios, ¡Oh tú, el más infame de los hombres!, me has vendido y buscado un nuevo tálamo para que no se acabe tu linaje. Si no tuviera hijos, podria perdonarte tus nuevas nupcias. No has hecho caso de tus juramentos, ni es fácil saber si crees que todavia reinan los dioses que antes reinaron, o si los hombres han recibido otras leyes, aun cuando estés bien seguro de que no me has sido lo fiel que debieras. ¡Ay de mi diestra, que tanto estrechaste! ¡Ay de mis rodillas, que en vano tocó un hombre malvado! Perdimos toda esperanza. Ea, pues, hablaré contigo como si fueras amigo, y aunque no eres capaz de hacerme bien alguno, te hablaré, sin embargo, para que, cuando te reconvenga, sea mayor tu oprobio. ¿Adónde me dirigiré ahora? ¿Al palacio de mi padre y a mi patria, abandonada antes por venir aquí? ¿Buscaré las míseras hijas de Folias? Bien me recibirán, sin duda, en su palacio, después de haber dado muerte a su padre. Tal es mi desesperada situación, que me aborrecen los amigos a quienes no debí hacer mal, y tengo por enemigos a quienes sólo dispensé beneficios, como sucede a ti. Soy por tu causa la esposa más feliz y envidiable de la Grecia, y tú un portentoso y fidelísimo marido; tú eres el autor de mis desventuras, tú me obligas a huir de aquí desterrada, sin amigos, sola con mis hijos, también solos. ¡Preciara gloria para el nuevo esposo reducir a sus hijos y a su salvadora, a la condición de errantes mendigos! ¿Por qué, oh Zeus, has permitido que los hombres distingan el oro verdadero del falso, y no has impreso una señal en el cuerpo para que no se confundan los malos con los buenos?
EL CORO
Grave mal es la ira, y se cura con trabajo si los amigos luchan con amigos.
JASÓN
Preciso es, según parece, que yo no sea imperito en hablar, sino como prudente piloto que pliega las velas de la nave, ¡oh mujer!, para escapar a tu locuacidad desenfrenada. He de decirte, pues, ya que tanto ponderas tus beneficios, que Cipria sola, no otro dios ni hombre, me salvó en mi navegación. Sutil es tu ingenio, y te será enojoso que yo cuente cómo te forzó Eras con sus inevitables saetas a libertarme. Pero no insistiré en esto. No puedo negar que me ayudaste; pero probaré que tú has ganado en ello más de lo que hubieras perdido haciendo lo contrario. En primer lugar, vives en la Hélade y no en país bárbaro, y has conocido en ella lo que valen el derecho y las leyes, no la arbitrariedad y la violencia; todos los griegos alaban tu ingenio, y has alcanzado gloria, y si habitases en los últimos confines del orbe, nadie hablaría de ti. Aunque en mi palacio no tenga riquezas, aunque no pueda componer versos superiores a los de Orfeo, que la fama, en cambio, celebre mis hazañas. He aquí mis obras, ya que tú has suscitado esta disputa. Por lo que hace a mis nupcias, que has escarnecido, probaré primero mi prudencia, después mi moderación, y por último, que todo ello es la consecuencia del afecto que profeso a ti y a mis hijos. Tranquilízate, pues. Cuando llegué aquí desde Yolcos, presa de intolerables sufrimientos, ¿qué mayor ventura para mi que casarme con la hija del rey, no siendo más que un mísero desterrado? No, como tú dices con sarcasmo, porque te aborrezca, ni por los incentivos que me ofrece una nueva esposa, ni por tener muchos hijos (que me basta los tuyos, y no me quejo de ello), sino lo que es más importante, por vivir vida pacífica y no sufrir la miseria, sabiendo que los amigos huyen del pobre, y para educar a mis hijos como a su cuna corresponde, y si engendrare otros, hermanos de los tuyos, para que todos sean iguales, y verlos juntos, y disfrutar así de ventura. ¿Para qué necesitas a los tuyos? A mí me interesa servir con los que tenga a los que ya viven. ¿He pensado mal acaso? No lo dirías tú si no te amargara mi matrimonio. Vosotras las mujeres creéis poseerlo todo, cuando vuestro lecho nupcial queda a salvo; pero si sufrís algo en esta parte, miráis como lo más adverso lo mejor y más útil. Convendría que los mortales procreasen hijos por otros medios, y que no hubiese mujeres, y así se verían libres de todo mal.
EL CORO
Elegante discurso has pronunciado, ¡oh Jasón!, y sin embargo, me parece, aunque de tu opinión disienta, que no has obrado en justicia faltando a tu esposa.
MEDEA
No hay duda que en muchos puntos no pienso como los demás mortales. En mi juicio, el que es sagaz hablando, cuando huella el derecho, merece el mayor castigo; confiando en que podrá paliar sus defectos con la palabra, se atreve a obrar mal, y así no es bastante sabio. No pronuncies, pues, contra mí, frases especiosas, ni te jactes de tu pericia en hablar, que una sola palabra mía bastará para confundirte. Si no obrabas con mala intención, debiste convencerme primero de ello, antes de casarte, y no hacerlo sin conocimiento de tus amigos.
JASÓN
Seguramente hubieras aprobado mi propósito si te hubiese dicho que pensaba casarme, cuando ahora refrenas tu ira con trabajo.
MEDEA
No te afligía su cuidado; al contrario, era para ti humillante, tener esposa extranjera acercándose tu vejez.
JASÓN
Te aseguro, ya que ha llegado la ocasión oportuna, que no por esa mujer he deseado y conseguido ese regio matrimonio, sino como te dije antes, por tu bien y el de tus hijos, y porque tengan otros hermanos de sangre real, columnas de mi familia.
MEDEA
Que no me toque en suerte dicha mezclada con dolor, ni riquezas que atormenten mi ánimo.
JASÓN
¿Quieres hacer votos contrarios, y parecerás más prudente? No pienses jamás que los bienes son molestos, ni te tengas por infeliz cuando eres afortunada.
MEDEA
Insúltame, que aquí tienes un refugio, y yo huiré abandonada.
JASÓN
Tú misma lo has elegido; no acuses a nadie.
MEDEA
¿Y qué recurso me queda? ¿Casarme con otro y hacerte traición?
JASÓN
Proferir impías maldiciones contra los reyes.
MEDEA
Y a mí me maldicen también en tu palacio.
JASÓN
No pasaré más delante. Si para ti o para tus hijos quieres aceptar algún socorro mío, dilo; pronto estoy a darte con generosidad lo que desees y encargar a los que te den hospitalidad que te traten bien. Y si lo rehúsas, ¡oh mujer!, obrarás neciamente; si aplacas tu ira, ganarás mucho más.
MEDEA
Ni me hospedarán tus amigos, ni recibiré nada, ni nada me darás, que los dones de hombre malvado nunca aprovechan.
JASÓN
Pues yo pongo a los dioses por testigos de que soy capaz de hacer todo linaje de sacrificios por ti y por tus hijos; pero sin duda no te agradan los bienes, sino que, contumaz, rechazas a los que te aman, de lo cual has de arrepentirte.
MEDEA
Vete, que ya no puedes vivir separado de tu nueva esposa, ni estar tanto tiempo lejos de su palacio. Cásate con ella; quizás, si los dioses lo permiten, celebrarás un himeneo que rechazarías más adelante.
EL CORO
ESTROFA 1a.
Cuando Eros domina a los hombres, ni es buena su fama, ni tampoco merecen alabanza; al contrario, cuando Cipria se acerca a nosotras con modestia, no hay diosa tan grata. Nunca, ¡oh señora!, vibres contra mí tu arco de oro, ni me hiera con tus deseos tu inevitable saeta.
ANTISTROFA 1a.
Sea mi galardón la continencia, el más hermoso presente de los dioses; que jamás me obligue la poderosa Cipria a tomar parte en luchas de éxito dudoso, ni en insaciables combates que trastornen el alma con envidia de ajeno lecho, sino que me conceda vivir en pacífico consorcio y distinguir con claridad los tálamos de las demás esposas.
ESTROFA 2a.
¡Oh patria y familia mía! Que jamás sea desterrada, teniendo que pasar la vida en la indigencia, víctima de los más miserables trabajos. Que la muerte, que la muerte me arrebate antes que llegue ese dia. Ni hay mayor mal que habitar lejos de la patria.
ANTISTROFA 2a.
Lo vemos con nuestros ojos; no hablamos por lo que otros nos dijeron. Ni tu ciudad, ni ninguno de tus amigos se ha compadecido de tus gravisimos infortunios. Perezca el miserable, sea el que fuere, que no honre a sus amigos y no les entregue la llave de su puro corazón. Nunca lo será para mí.

Fin de la primera parte



Segunda parte



EGEO
Salve, Medea; no hay más bello exordio para hablar a los que amamos.
MEDEA
Salve tú también. Egeo, hijo del prudente Pandión, ¿de dónde vienes?
EGEO
De visitar el antiguo oráculo de Febo.
MEDEA
¿A qué has ido al fatídico centro de la tierra?
EGEO
Llevado de mi deseo de tener hijos.
MEDEA
Por los dioses, ¿todavia arrastras sin ellos la vida?
EGEO
Sin hijos seguimos por decreto de algún dios.
MEDEA
¿Y estando casado vives sin tu esposa?
EGEO
No carecemos de tálamo conyugal.
MEDEA
¿Y qué ha dicho Febo?
EGEO
Palabras demasiado sublimes para que un hombre las entienda.
MEDEA
¿Podría yo conocer el oráculo del dios?
EGEO
Sin duda, y con tanto más razón cuanto que se necesita para comprenderlo, ingenio sagaz.
MEDEA
¿Qué respondió, pues? Dilo, si es que puedo olrlo.
EGEO
Que no saque mi pie de los odres.
MEDEA
¿Antes que hicieres alguna otra cosa, o que llegues a algún país?
EGEO
Antes de volver al hogar patrio.
MEDEA
¿Y por qué causa has navegado a este pals?
EGEO
Hay aqui un cierto Piteo, rey de Trecenia.
MEDEA
Según dicen, el más piadoso de los hijos de Pélope.
EGEO
Quiero comunicarle el oráculo del dios.
MEDEA
Es un varón sabio, y muy perito en tales interpretaciones.
EGEO
Y el más amado de todos mis huéspedes.
MEDEA
Que seas feliz, y que consigas lo que deseas.
EGEO
¿Qué ha nublado tus ojos y consumido tu cuerpo?
MEDEA
¡Oh Egeo, mi esposo es el más malvado de todos los hombres!
EGEO
¿Qué dices? Cuéntame con franqueza tus penas.
MEDEA
Jasón me ha cubierto de oprobio sin sufrir de mi mal alguno.
EGEO
¿Cuál es su crimen? Dimelo más claramente.
MEDEA
Ha tomado otra esposa para que gobierne su casa.
EGEO
¿Y cómo se ha atrevido a cometer tan vergonzosa maldad?
MEDEA
Pero no deja de ser cierta: llena estoy de ignominia, cuando antes me amaba.
EGEO
¿Enamorado de ella, o harto ya de tu lecho?
MEDEA
Cediendo a su amor vehemente: no era leal con sus amigos.
EGEO
Váyale, pues, bien si, como dices, es un malvado.
MEDEA
Quiso casarse con hija de reyes.
EGEO
¿Quién se la da en matrimonio? Acaba de declrmelo.
MEDEA
Creonte, que reina en Corinto.
EGEO
Disculpable era sin duda tu dolor, ioh mujer!
MEDEA
No puedo sufrirlo, y además me destierran de este país.
EGEO
¿Quién? Ese es otro nuevo mal.
MEDEA
Creonte me destierra de Corinto.
EGEO
¿Y Jasón lo consiente? No alabo su conducta.
MEDEA
Si le oyes, no es asl; pero su corazón lo desea. Imploro, pues, tu ayuda; por estas barbas y por estas rodillas te suplico; compadécete, compadécete de mi desventura, no me veas desterrada y sin amigos; da me asilo en tu reino y hospitalidad en tu palacio. Que los dioses te concedan descendencia, como se lo has pedido, y que feliz mueras. No sabes lo que puedes ganar conmigo; no sólo no carecerás de hijos, sino que tendrás muchos; tales remedios conozco.
EGEO
Por muchas razones, iOh mujer!, estoy dispuesto a otorgarte ese favor, ya por honrar a los dioses, ya por tener los hijos que me prometes, perdida ya por completo la esperanza de engendrarlos. Siendo este mi mayor anhelo, si vas a mi reino te hospedaré, porque soy justo. Sólo te advierto, ¡oh mujer!, que no quiero lIevarte de aqul; pero si te refugias en mi palacio estarás alli segura, y a nadie te entregaré. Sal de este territorio, que no quiero faltar a los que me dan hospitalidad.
MEDEA
Así lo haré; jura cumplir lo que has prometido y me colmarás de júbilo.
EGEO
¿No tienes en mi palabra confianza? ¿Qué temes?
MEDEA
No desconfío de ella; pero las familias de Pelias y Creonte son mis enemigas. No consentirás, pues, si te obligas con juramento, que éstos, cuando quieran, me arranquen de tu reino; pero si sólo me das tu palabra y no me lo juras por los dioses, podrás hacerte amigo de los que me odian, y acaso cedas a los ruegos de sus heraldos; yo tengo poco, ellos riquezas y reales palacios.
EGEO
Gran previsión revelan tus palabras, ¡oh mujer!, así no rehusaré complacerte. Será para mí lo más seguro que pueda dar alguna excusa a tus enemigos, y nada tendrás que temer. ¿Por qué dioses he de jurar?
MEDEA
Jura por Gea, que pisamos, y por Helios, padre de mi padre, y al mismo tiempo por todos los dioses.
EGEO
¿Qué he de hacer o no he de hacer? Dilo.
MEDEA
Que nunca me expulsarás de tu territorio, y que si alguno de mis enemigos quiere arrancarme de él, tú, mientras vivas, no lo consentirás.
EGEO
Juro por Gea, por la brillante luz de Helios y por todos los dioses, que haré lo que dices.
MEDEA
Basta, ¿qué males sufrirás si no cumplieres tu juramento?
EGEO
Los que merecen los mortales impios.
MEDEA
Vete contento; todo va bien; pronto iré a tu ciudad, así que ejecute lo que medito y consiga lo que deseo.
EL CORO
Que te acompañe a tu palacio el hijo de Maya, regio gura, y logres lo que ahora te preocupa, porque tú, Egeo, eres conmigo generoso.
MEDEA
¡Oh Zeus, oh Justicia, hija de Zeus y oh luz de Helios! Ahora, ¡Oh amigas!, venceremos con gloria a nuestros adversarios y entraremos en el camino recto; ahora espero que mis enemigos serán castigados. Egeo se nos ha aparecido en medio de nuestros trabajos como puerto en donde podremos realizar nuestros proyectos; en él ataré los cables de mi nave cuando vaya a la ciudad y al alcázar de Palas. Ahora ya te descubriré mi propósito: oye, pues, mis palabras no ordenadas para deleitar. Rogaré a Jasón, enviando uno de mis siervos, que venga a verme, y cuando llegue, le recibiré con frases halagüeñas y le diré que me agrada cuanto ha hecho (su regio enlace y vil traición), y que es útil y está bien pensado; y le suplicaré que me deje aqui con mis hijos, no con objeto de abandonarlos en este campamento enemigo y que sirvan en él de ludibrio, sino para matar dolorosamente a la hija del rey. Llevarán presentes a la esposa, le pedirán que no los expulse de aqui, y le ofrecerán un finisimo vestido y una corona de oro. Y cuando se ponga estas galas, perecerá miserablemente y todos los que la tocaren: tan poderoso y eficaz será el veneno que ha de bañarla. Nada aquí me obliga ahora a disfrazar mis pensamientos; pero gimo cuando reflexiono en la atroz maldad que he de cometer; mataré a mis hijos, nadie me los arrebatará, y después que arruine el palacio de Jasón, me iré de aquí y expiaré en el destierro la muerte de seres tan queridos, ya que he de atreverme a consumar el más impio de los crimenes. No es tolerable, ¡oh amigas!, servir de escarnio a nuestros enemigos. Sea, pues, asi. ¿Qué gano yo con vivir? Ni tengo patria ni hogar, ni refugio alguno de mis males. Falté en abandonar el hogar paterno dejándome aducir de un heleno, que nos pagará lo que nos debe, si los dioses lo permiten. Jamás verá vivos después a los hijos que en mi ha procreado, no los tendrá de su nueva esposa, porque es menester que esa infame perezca antes envenenada por mi. Nadie pensará entonces que yo soy débil o impotente, ni que sufro mi daño tranquila, sino al contrario, que soy terrible contra mis enemigos y benévola con los que me aman. Sólo de esta manera se adquiere mayor gloria.
EL CORO
Ya que nos has participado tus proyectos, queremos servirte y defender las leyes a que obedecen los mortales, y te exhortamos, por tanto, a que no los realices.
MEDEA
No es posible hacer otra cosa; pero te perdono tus palabras, ya que no padeces mis males.
EL CORO
¿Pero te atreverás a matar a tus hijos?
MEDEA
Así atormentaré horriblemente a mi esposo.
EL CORO
Y tú serás al mismo tiempo la madre más desventurada.
MEDEA
Así sea; superfluo es cuanto hablemos (se dirige a una esclava). Ve, pues, tú, y has venir a Jasón, que me sirves en todo fielmente. No le dirás nada de lo que he pensado, si es cierto que amas a tu señora y que eres mujer.
EL CORO
ESTROFA 1a.
Desde las edades pasadas son afortunados los descendientes de Erecteo, hijos de los bienaventurados dioses; nútrelos preclara sabiduría en país inexpugnable, y discurren con pompa en lucidisima atmósfera, en donde dicen que un tiempo la blonda Harmonia dio a luz a las castas de Musas, a las nueve Piérides.
ANTISTROFA 1a.
Alli dicen también que Cipria, con las ondas del Cefiso, de cristalina corriente, refrescó las dulces y suaves auras, y visitó esa región, entretejiendo su caballera con guirnalda de fragantes rosas, y envió los Amores, que forman el consejo de la Sabiduria, y que son de origen de todo linaje de alabanzas.
ESTROFA 2a.
¿Cómo, pues, la ciudad de los sagrados arroyos, cómo la región que tanto favorece a sus amigos, podrá acogerte como a los demás, si matas impiamente a tus hijos? Piensa en su muerte, considera el castigo que mereces. No; todas te suplicamos, abrazadas a tus rodillas y con toda nuestra alma, que no mates a tus hijos.
ANTISTROFA 2a.
¿Cómo tu ánimo o tu mano serán tan audaces, cómo tu corazón podrá resolverse a hacer daño a tus hijos y cometer tan horrible maldad? ¿Cómo podrás mirarlos y presenciar sin lágrimas su martirio? No será posible, cuando caigan ante ti suplicantes, matarlos sin piedad, y manchar en su sangre tu mortífera mano.
JASÓN
A ruego tuyo vengo, aunque seas mi enemiga; no te faltaré en esto: te oiré, ¡Oh mujer!, si tienes algo nuevo qué decirme.
MEDEA
Suplícote, Jasón, que perdones mis anteriores palabras; justo es que disimules mi ira, ya que tanto te he servido. He reflexionado más tranquila, y me he dicho lo siguiente: ¿Por qué soy tan miserable que me enfurezco contra los que a mi bien atienden, y soy enemiga de los reyes de esta región, y de mi mismo esposo, que por nosotros hace lo que más nos conviene, casándose con la hija del rey para que mis hijos tengan hermanos? ¿No aplacaré al fin mi furor? ¿Cuánta no es mi locura rechazando estos bienes que los dioses me conceden? ¿No tengo hijos? ¿No sé que nos han desterrado de la Tesalia, y que carecemos de amigos? Después de resolver esto en mi ánimo, reconocí que era insensata en sufrir tan grandes males, y que sin razón me había encolerizado. Ahora te alabo, y me parece prudente que te cases en beneficio nuestro; y yo me tengo por insensata porque debía haber aprobado tus proyectos, y ayudar a tu esposa, y asistirla en su lecho, y servirla contenta. Pero somos mujeres, somos como somos (no diré más). No debo, pues, confundirte con los malvados, ni has de pagar las culpas de los necios. Cedemos y confesamos que hicimos mal entonces, y que ahora lo pienso con más prudencia. ¡Oh hijos, hijos míos!, venid aquí, dejad vuestra habitación, saludad y hablad a vuestro padre, y reconciliaos con él al mismo tiempo que vuestra madre, por el odio que antes tuvimos a los que nos amaban: la paz sea con nosotros, lejos la ira. Tomad su diestra. ¡Ay de mis males! ¡Cómo embarga mi ánimo el recuerdo de mis recientes extravíos! ¿Acaso, ¡oh hijos!, viviréis así mucho tiempo, y me ofreceréis vuestros brazos? ¡Ay, cuán mísera, cuán propensa al llanto, cuán tímida soy! Tarde se acaba el disgusto que tuve con vuestro padre. Las lágrimas surcan ahora mi rostro.
EL CORO
Una lágrima brota también de mis ojos, y ojalá que no deplore otro mal mayor.
JASÓN
Alabo tu conducta presente, ¡oh mujer!, y no puedo vituperar la pasada; es natural que las mujeres se enfurezcan contra su marido si se casa con otra. Pero tu corazón ha cambiado favorablemente, y al fin conociste que era el mejor mi proyecto. Así es como obran las prudentes. Vuestro padre, ¡oh hijos!, no ha vacilado, con ayuda de los dioses, en mirar por vuestra futura suerte, pues creo que con vuestros hermanos seréis algún día señores de Corinto. Lo demás, obra es de vuestro padre y del dios que os favorezca. Que yo os vea bien educados llegar al término de la pubertad, superiores a mis enemigos. Más, ¿por qué corre copioso llanto de tus hinchados ojos y no oyes con satisfacción mis palabras?
MEDEA
No es nada; pensaba en estos hijos míos.
JASÓN
Ten confianza en mi; yo miraré por ellos.
MEDEA
Así lo haré, y no desconfiaré de tus promesas; pero la mujer es sensible de suyo, y llorar es su destino.
JASÓN
¿Por qué, ¡oh desventurada!, sollozas por estos hijos?
MEDEA
Yo los di a luz, cuando tú deseabas que vivieran, me compadecía de ellos, dudando si se realizaria o no tu deseo. Ya conoces en parte el motivo que te ha traído aquí, y yo te diré lo restante: ya que place a los reyes de esta ciudad desterrarme de ella, me parece mejor (bien lo conozco), para no servirte de impedimento, ni a los que aquí mandan (pues me miran como a enemiga de tu conyugal reposo), obedecer sus órdenes; pero con el fin de que mis hijos se eduquen bajo tu vigilancia, ruega a Creonte que no compartan mi pena.
JASÓN
No sé si podré persuadirlo; probaremos, sin embargo.
MEDEA
Al menos rogarás a tu esposa que lo pida a su padre.
JASÓN
Sin duda alguna, y espero conseguirlo, si es una mujer como tantas otras.
MEDEA
También yo te ayudaré en esa empresa: le enviaré presentes que excedan en belleza a todos los humanos que he visto; a saber: un sutil vestido y una corona de oro, que llevarán a mis hijos. Conviene, pues, que cuanto antes traiga aquí algún criado estas galas. Tu esposa será feliz, e incomparable en su dicha, no sólo porque se casa contigo, que tanto vales, sino porque poseerá ese don, que en otro tiempo hizo Helios a mis ascendientes. Tomad en vuestras manos estos nupciales dones, ¡oh hijos!, y llevadlos a la afortunada esposa, a quien debéis obedecer. Tales regalos no deben despreciarse.
JASÓN
¿Por qué, ¡oh insensata!, te desprendes así de ellos? ¿Crees que faltarán vestidos en el palacio del rey? ¿Crees que faltará oro? Guárdalos, no los des. Mi esposa me estima; me preferirá, sin duda, a todas las riquezas.
MEDEA
No me digas eso; dicen que hasta los dioses se aplacan con dones; el oro que nutre a los hombres vale más que infinitos discursos; favorécele la fortuna, el cielo le es propicio; mi vida daría gustosa porque no fuesen desterrados mis hijos, no ya oro. Vosotros, ¡oh amados!, así que entréis en ese opulento palacio, rogad a la nueva esposa de vuestro padre, hoy mi señora; suplicadle que os libre de mi pena, y presentadle esos regalos: lo que más interesa es que los reciba en su mano. Id cuanto antes; traed a vuestra madre el feliz mensaje de que ha logrado lo que desea (retírase Jasón con sus hijos).
EL CORO
ESTROFA 1a.
Ya no tengo esperanza de que vivan sus hijos, ya no; ya caminan a la muerte. Daño recibirá la esposa de la diadema de oro; daño recibirá la desdichada. Ella con sus manos adornará con el letal presente su blonda cabellera.
ANTISTROFA 1a.
Su belleza y divino brillo la invitarán a ponerse el vestido y la artística corona de oro, y después acabará su tocado en los infiernos. En tal lazo caerá y tal muerte sufrirá la infortunada; no, no evitará el daño que le amenaza.
ESTROFA 2a.
Y tú, ¡oh mísero funesto esposo, yerno de reyes!, tú contribuyes también, sin saberlo, a la ruina de tus hijos y a la muerte deplorable de tu esposa. ¡Oh desdichado, qué distinta de lo que piensas será tu suerte!
ANTISTROFA 2a.
Pero también me hacen gemir tus dolores, ¡oh madre de hijos sin ventura!, que les darás muerte por vengar la injusta traición que se hace a tu lecho conyugal, y la infidelidad de tu esposo, que te deja por vivir con otra esposa.
EL PEDAGOGO
(Con los hijos de Medea).- Libres, ¡oh señora!, están ya tus hijos del destierro, y la regia consorte recibió en sus manos los presentes: paz hay ya para tus hijos.
MEDEA
¡Ay de mí!
EL PEDAGOGO
¿A qué viene ahora tu tristeza, cuando la fortuna te es favorable? ¿A qué ocultas tu rostro y no me oyes con alegría?
MEDEA
¡Ay, ay de mí!
EL PEDAGOGO
No es así como debes recibir mi grata nueva.
MEDEA
¡Ay, ay de mí otra vez!
EL PEDAGOGO
¿Acaso, sin saberlo, he anunciado alguna desdicha, creyendo falsamente que era alegre mi mensaje?
MEDEA
Anunciaste lo que anunciaste; tú has hecho bien.
EL PEDAGOGO
¿Por qué bajas tus ojos y rompes en lágrimas?
MEDEA
Mucho lo necesito, ¡oh anciano!, yo extraviada, y los dioses conmigo han pensado asi.
EL PEDAGOGO
No eres tú la primera que se separa de sus hijos. Los mortales han de sufrir con paciencia las desdichas.
MEDEA
Así lo haré, pero entra en mi palacio, y cuida de mis hijos como todos los días. ¡Oh hijos, hijos!, ya tenéis ciudad y casa, en la cual viviréis siempre sin vuestra mlsera madre; yo iré desterrada a otro pais, antes de recoger los frutos que habéis de dar y de veros felices; antes de casaros y de engalanar yo misma a vuestra esposa, y el tálamo nupcial, y de llevar las antorchas. ¡Oh, cuán desdichada me hace mi feroz orgullo! En vano os eduqué, ¡oh hijos!, en vano trabajé, y graves molestias me consumieron, y sufri los intolerables dolores del parto. Sin duda, infeliz, puse en vosotros en otro tiempo mi esperanza, y pensé que me sostendríais en la vejez, y que con vuestras manos cerrariais mis ojos, deseo tan natural en los mortales: ya se desvaneció ese dulce consuelo. Sin vosotros pasaré mi vida llena de tristeza y de amargura. Ya no veréis con vuestros ojos amados a vuestra madre, y viviréis en adelante de otra manera. ¡Ay de mí! ¿Por qué me miráis, ¡oh hijos! ¿Por qué me miráis y os sonreis así, con sonrisa peor para mi que la muerte? ¡Ah, ah! ¿Qué haré? Desfallece mi ánimo, ¡oh mujeres!, cuando tropiezo con las alegres miradas de mis hijos ... ¿Qué necesidad tengo de afligir a su padre con estos males, de sufrirlos yo duplicados? No seré yo ... constancia en mis propósitos ... Pero, ¿qué sufro? ¿Serviré yo de risa, quedando impunes mis enemigos? ¡Audacia! ¡Cuánta es mi flaqueza, cuánta debilidad revelan estas frases afeminadas! Entrad en el palacio, ¡oh hijos!, de perpetuo tormento serviréis a ese hombre, que no debe asistir a mis sacrificios. ¡No se enervará mi mano! ¡Ah, ah! ¡No cometerás este crimen, oh mujer!, déjalos desventurada, perdona ya a tus hijos: viviendo allá contigo serán tu encanto ... ! No, por los dioses, que moren en el Hades con los ministros de la venganza, jamás los abandonaré a los ultrajes de los que me odian. No hay más remedio; que mueran, y ya que es preciso, yo que les di la vida, yo se las quitaré. Resuelto está y se cumplirá. Y la corona orna ya las sienes de la regia esposa, y ya perece con su peplo. Ya, ya emprenderé mi funesta fuga, y les dejaré un legado aún más funesto ... Quiero hablar a mis hijos. Dadme, dadme, ¡oh hijos míos!, vuestra diestra para que la bese. ¡Oh mano muy amada! ¡Oh labios queridos! ¡Oh noble rostro! ¡Oh talle gentil! Sed felices, pero allá; vuestro padre os arrebata la ventura que podríais disfrutar aqui. ¡Oh dulce abrazo! ¡Oh tez delicada! ¡Oh suavísimo hálito de mis hijos! Salid, salid; no puedo miraros más, que mis desdichas me agobian. Ya comprendo, ya conozco en toda su extensión la horrible maldad que voy a cometer; pero la ira es mi más poderosa consejera, causa entre los hombres de las mayores desventuras (Medea permanece en el teatro, deseosa de saber el resultado de su funesto mensaje).

Fin de la segunda parte



Tercera parte



EL CORO
ESTROFA 1a.
Ya más de una vez he hecho reflexiones más profundas y estudios más serios de lo que conviene a mi sexo, y también nos favorece una musa que, para hacernos más sabias, conversa con nosotras (no con todas, que acaso encontrarás pocas a quien esto ocurra), y el estro poético es don de las mujeres.
ANTISTROFA 1a.
Sostengo, pues, que los mortales que no conocen el himeneo ni las dulzuras de la paternidad, son más felices que los que tienen hijos. Como los célibes ignoran si aquéllos sirven de placer o de pena a los hombres, se libran de muchas miserias.
ESTROFA 2a.
Los que tienen dulce prole, llenos están de cuidados, como yo observo, primero para educarla bien y dejarle medios de subsistencia, y después porque no saben si sufren esos trabajos por quienes han de ser buenos o malos.
ANTISTROFA 2a
Recordaré tan sólo este mal, el más intolerable para todos los mortales: allegadas a veces abundantes riquezas y ya hombres y buenos nuestros hijos, es tan grande nuestra desgracia, que la muerte los arrebata de la tierra y los lleva al imperio de Hades. ¿Por qué los dioses, además de tantos otros, han de causar a los hombres este dolor, el más acerbo de todos?
MEDEA
Ya, amigas, gira veloz la rueda de la fortuna; ya veo claramente el término de todo esto. Paréceme desde aqui que se acerca un servidor de Jasón; diriase, por su aspecto, que viene conmovido, como a anunciar alguna desdicha.
EL MENSAJERO
¡Qué cruel y nefanda maldad has cometido, oh Medea! Huye, huye, ya en nave que como carro surque las ondas, ya en otro cualquier vehlculo que huelle la tierra.
MEDEA
¿Qué ha sucedido digno de tal destierro?
EL MENSAJERO
Han muerto ahora poco la princesa real y Creonte, su padre, envenenados por ti.
MEDEA
Me anuncias gratisima nueva, y en adelante serás uno de mis bienhechores y amigos.
EL MENSAJERO
¿Qué dices? ¿Estás en tu cabal juicio? ¿No deliras, oh mujer? ¿Te alegras al saber la ruina del real palacio? ¿No temes las consecuencias?
MEDEA
Algo podría replicarte, pero no te exasperes demasiado, ¡Oh amigo! Sino cuéntame cómo han perecido; doblado será nuestro deleite si fue su muerte la más horrible.
EL MENSAJERO
Cuando llegaron tus dos hijos con su padre y entraron en el palacio conyugal, nos alegramos todos los servidores, que deplorábamos tus desdichas; de uno en otro circuló de repente el rumor de que te habías reconciliado con tu esposo. El uno besaba la mano, el otro la blonda cabellera de tus hijos; y yo, lleno de alegria, los acompañé hasta el aposento de las mujeres. La dueña a quien ahora servimos en tu lugar, antes de venir tus dos hijos miraba a Jasón con amor; después veló su rostro, y volvió a otro lado sus cándidas mejillas, mostrando su disgusto al entrar tus hijos. Pero tu esposo se esforzaba en aplacar el mal humor y la cólera de la doncella, diciéndole: No seas enemiga de los que me aman; mitiga tu ira y vuelve hacia aquí tu cabeza, y ten por amigos a los que lo son de tu esposo; acepta estos presentes, y ruega a tu padre que por mi revoque el destierro de mis hijos. Ella, al ver tu regalo, no persistió en su propósito, sino prometió a Jasón hacer cuanto deseaba, y antes que saliesen los tres del palacio, tomó en sus manos el gentil vestido y se lo puso, y adornó sus rizos con la corona de oro, sonriéndose al contemplar en el espejo su bella imagen. Y después, descendiendo del solio, se paseaba por el palacio y andaba lenta y majestuosamente, satisfecha de los dones, y mirándose y remirándose desde los pies a la cabeza. Al poco tiempo presenciamos un espectáculo horrible: alterósele el color, retrocedió vacilante, tembló todo su cuerpo, y apenas pudo llegar al solio, cayendo enseguida en tierra. Una de sus viejas servidoras, creyendo que le acometfa el furor de Pan o de algún otro dios, dio un grito cuando observó que arrojaba por la boca blanca espuma, y que se extraviaban sus ojos y la sangre desaparecía del cuerpo, y prorrumpió en terribles clamores. Una corrió en aquel momento al palacio de su padre, otra en busca de su esposo, a anunciarles esta desdicha; todo era confusión, voces y carreras. Un luchador ágil hubiese tocado con su carro a la meta recorriendo seis plethros con paso rápido, mientras ella, con los ojos cerrados y sin vida, gemía con pena, despertando al fin presa de dos graves males. La corona de oro, que llevaba en la cabeza, despedía llamas sobrenaturales que todo lo devoraban, y los sutiles vestidos, presente de tus hijos, se cebaban en las blancas carnes de la desventurada. Huyó, por fin, levantándose del solio ardiendo, y sacudía sus cabellos a uno y otro lado, pugnando por arrojar la corona; pero el oro, firmemente adherido a ella, no cedía, y el fuego, después de agitar sus cabellos, estallaba con doble fuerza. Cayó, por último, en tierra, vencida por el mal y horriblemente desfigurada, hasta el punto de que sólo su padre podía conocerla. No se distinguían bien sus ojos; su rostro había perdido toda su gracia; de su cabeza corría sangre mezclada con fuego, y la carne, como gotas de pez, se desprendía a pedazos de los huesos por la eficacia invisible del veneno, ofreciendo un espectáculo horrendo. Nadie osaba tocar el cadáver, temiendo participar de su desdicha. Pero su infortunado padre, que nada sabía de su mal, entró en el aposento de repente y se abalanzó a la muerta, y dio grandes alaridos, y abrazándola y besándola decía: ¡Oh hija desventurada! ¿Qué dios te ha perdido tan miserablemente? ¿Quién acompañará a tu viejo padre a la pira, si tú mueres? ¡Ay de mí! Perezca yo contigo, ¡oh hija! Después que cesaron sus gemidos y lágrimas y quiso levantarse, vióse adherido al sutil traje, como la hiedra a las ramas del laurel. Hubo una lucha horrible: pugnaba por alzar la rodilla, y los paños, firmemente unidos a ella, lo impedían, y cuando forcejeaba, sus viejas carnes se separaban de sus huesos. Al fin exhaló el alma el desdichado, rendido por el dolor. Yacen, pues, muertos los dos, la hija y su anciano padre, el uno junto al otro, calamidad que pide a voces lágrimas. Tú discurrirás el medio de salvarte, que yo nada puedo aconsejarte. Atormenta tu ingenio para evitar el castigo que te amenaza. No es ahora la vez primera que pienso que los proyectos de los mortales son sólo humo, ni vacilo en afirmar que los que se tienen por sabios y se consagran a investigar la razón de las cosas, son los que más torpezas cometen. Nadie es feliz: si llega a poseer grandes riquezas, podrá serio más que otro, pero nunca enteramente.
EL CORO
No parece sino que un dios ha acumulado en este solo dia merecidos males contra Jasón. ¡Oh hija desventurada de Creonte! ¡Cuánto deploramos tu desdicha, pues que, por casarte con Jasón, has bajado al palacio del dios de las tinieblas!
MEDEA
He resuelto, ¡oh amigas!, matar cuanto antes a mis hijos y huir de esta tierra, y no perderé el tiempo encomendando su muerte a manos más enemigas; sin remedio deben morir, y como es preciso, yo que los procreé, los mataré también. Ea, pues, ármate de valor. ¿Por qué titubeo en perpetrar males crueles, pero necesarios? Anda, mísera mano mia, empuña, empuña el acero, huella la triste meta de la vida, y no seas cobarde, ni te acuerdes de tus hijos, a quien tanto amas porque los diste a luz; olvídate en este breve dia de que los tienes y llora después, que, aunque los mates, siempre te fueron caros y siempre fuiste una mujer infeliz.
EL CORO.
ESTROFA
Vitoreemos a Gea y a los rayos de Helios, que todo lo alumbran; ved, contemplad aquella mujer desventurada antes que llene sus manos de sangre infantil. De ti descienden sus hijos, Febo de cabellos de oro, y es horrible que la mano de los hombres derrame sangre de dioses. Refrénala, ¡oh luz divina!, detenla; arroja de este palacio a la sanguinaria y mlsera Erinnia, inspirada por fatídicas deidades.
ANTISTROFA
En vano los dio a luz con dolores, en vano fuiste tronco de amada prole, ¡oh tú, que atravesaste los escollos inhospitalarios de las cerúleas Simplégadas! ¡Oh infortunada! ¿Qué grave ira se ha apoderado de tu corazón, qué rabia fatal, sedienta de sangre, te ha trastornado? Funesta expiación amenaza a los mortales, cuando riegan la tierra con sangre de sus parientes, y para castigo de los parricidas el cielo envla a las familias calamidades proporcionadas a la pena que merecen.
PRIMER NIÑO
(Desde dentro).- ¡Ay de mi! ¿Qué haré? ¿A dónde huiré de mi madre?
SEGUNDO NIÑO
No lo sé, hermano muy querido; ¡vamos a morir!
EL CORO
¿Oyes el clamor de tus hijos? ¡Oh mlsera e infeliz mujer! ¿Entraré en el palacio? Salvemos a sus hijos de la muerte (el coro se detiene viendo cerradas las puertas).
LOS NIÑOS
¡Pero socorrednos, por los dioses! ¿Vendréis a tiempo? Ya el puñal nos amenaza de cerca.
EL CORO
¿Eres, oh miserable, piedra o hierro, para segar con tu mano infanticida la vida de los hijos que diste a luz? Sólo sé de una mujer de los pasados tiempos que matase a sus hijos; sólo sé de Ino, furiosa por orden divina, cuando la esposa de Zeus la arrojó de su palacio y trastornó su juicio, y la miserable cayó en la mar por el impio asesinato de sus hijos, saltando desde la orilla y pereciendo al mismo tiempo que ellos. ¿Puede suceder nada más horrible? ¡Oh funestos casamientos, cuántos males habéis acarreado a los hombres!
JASÓN
Mujeres que rodeáis a ese palacio, ¿está en él esa Medea, que ha cometido tantos horrores? Menester es que se esconda en los abismos de la tierra, o que, cual ave, se lance a las aéreas regiones, para que no pague la pena que merece por su delito contra la real familia. ¿Cree acaso, después de dar muerte a los soberanos de esta región, que podrá escaparse impune? Pero no tanto vengo por ella como por mis hijos; castíguenla los que han sufrido esos males. Mi objeto es salvar la vida de mis hijos, no se venguen en ellos los parientes de Creonte, en represalias de la nefanda maldad que ha cometido su madre.
EL CORO
¡Oh infeliz Jasón! Aún ignoras, sin duda, las desdichas que te aguardan; a no ser asi, no hablaras como hablas.
JASÓN
¿Qué hay? ¿Quiere matarme también?
EL CORO
Tus hijos han muerto a manos de su madre.
JASÓN
¡Ay de mi! ¿Qué dices? ¡Oh mujer, cómo me has afligido!
EL CORO
No olvides que ya murieron tus hijos.
JASÓN
¿En dónde los ha asesinado? ¿Dentro o fuera del palacio?
EL CORO
Abre las puertas y los verás muertos.
JASÓN
Abrid cuanto antes las puertas, servidores; quitad las barras para que contemple dos males a un tiempo y vea a mis hijos muertos, y para que los vengue y muera también a mis manos.
MEDEA
(Que aparece en un carro tirado por dragones con los cadáveres de sus hijos)-. ¿Por qué sacudes y das golpes en las puertas buscando los cadáveres de tus hijos, y a mi, que los he asesinado? No te molestes. Si me necesitas, dime lo que quieres: jamás me tocarán tus manos, porque Helios, padre de mi padre, me ha dado un carro que me protegerá contra mis enemigos.
JASÓN
¡Oh rabia! Mujer odiosa, mujer la más detestada de los dioses, y de mí y de toda la especie humana, que has osado hundir el puñal en el corazón de tus propios hijos, en los mismos que diste a luz, y me dejas huérfano, y ves la tierra y el sol a pesar de tu impiedad maldita. ¡Ojalá que mueras! Ahora te conozco, no cuando de un palacio y de un pais bárbaro te traje a la Hélade, a ti, que eres el más terrible azote, y has hecho traición a tu padre y a la tierra que te crió. Obra es de los dioses que me arrastrara tu fatal destino cuando asesinaste a tu hermano junto a los altares y te embarcaste en la nave Argos, de bella proa. Tales fueron tus primeras hazañas: te casaste conmigo, y después que diste a luz a mis hijos, los mataste llevada de tu odio y de tu envidia a mi segunda esposa. Ninguna helena lo hubiese osado jamás; te preferí a ellas, y fuiste mi compañera; enlace fatal y pernicioso para mí, que eres leona, no mujer, de índole más fiera que la Tyrrena Seyla. Pero (vanamente te insultarla con millares de lenguas, siendo tan grande tu imprudencia) ojalá que mueras, infame como ninguna, y además manchada con la sangre de tus hijos. Sólo puedo ahora deplorar mi suerte, porque ni he disfrutado de mi segundo himeneo, ni podré ya hablar con los hijos que engendré y eduqué, habiéndolos perdido.
MEDEA
Largamente replicaría a cuanto acabas de decir si el padre Zeus no conociera los beneficios que de mi has recibido y tu negra ingratitud. El destino no podía permitir que, despreciándome, tú y tu real cónyuge vivierais felices, insultándome ambos, ni tampoco que Creonte, que te dio la mano de su hija, me desterrara de aquí impune. Si te agrada llámame pues, leona o Seyla, que habita en la costa Tyrrena, pues te he herido en el corazón como merecías.
JASÓN
Tú también sufres, y participas de mis males.
MEDEA
Puedes estar seguro de ello, sin embargo, es dolor que agrada porque no te ríes.
JASÓN
¡Oh hijos! ¡Qué madre tan perversa os tocó en suerte!
MEDEA
¡Oh hijos! ¡Cómo habéis muerto por culpa de vuestro padre!
JASÓN
Pero seguramente no los mató mi diestra.
MEDEA
No tu diestra, pero si tu injusticia y tu segundo matrimonio.
JASÓN
¿Y te resolviste a asesinarlos para vengarte de mi enlace?
MEDEA
¿Es acaso leve desdicha para una mujer?
JASÓN
Sí, si es modesta; pero para ti todo es grave.
MEDEA
Ya murieron; bastante será tu tormento.
JASÓN
Dioses hay vengadores que te castigarán.
MEDEA
Ellos saben a quién debe imputarse todo.
JASON
De seguro conocen a fondo tu abominable corazón.
MEDEA
Te odio, y me burlo de tus palabras amargas.
EL CORO
Y yo de las tuyas; fácil es nuestra separación.
MEDEA
¿Conque eso dices? ¿Qué haré yo ahora? También lo deseo ardientemente.
JASÓN
Déjame sepultarlos y llorarlos.
MEDEA
De ningún modo; yo los enterraré y los llevaré al bosque sagrado de Hera, diosa de Acra, para que ninguno de sus enemigos los insulte, removiendo su sepulcro; en este país de Sisifo instituiré fiestas solemnes y sacrificios para lo futuro, en expiación de tan impío asesinato. Yo iré a la tierra de Erecteo, y habitaré con Egeo, el hijo de Pandión. Tú, que eres perverso, tendrás mala muerte, aunque justa, y los restos de la nave Argos herirán tu cabeza, que has sido testigo del amargo fin de mis bodas.
JASÓN
Acabe contigo la Erinnia, vengadora de tus hijos asesinados, y la Justicia castigue tu crimen.
MEDEA
¿Qué dios, qué divinidad podrá escucharte, cuando eres perjuro y traidor a quienes te dieron hospitalidad?
JASÓN
¡Fuera, fuera de aqui, malvada, asesina de tus hijos!
MEDEA
Vete al palacio y entierra a tu esposa.
JASÓN
Allá voy, huérfano de mis dos hijos.
MEDEA
Aún no has gemido bastante; la vejez te aguarda.
JASÓN
¡Oh, hijos muy amados!
MEDEA
De su madre, no de ti.
JASÓN
Y sin embargo, los mataste.
MEDEA
Para ofenderte.
JASÓN
¡Ay de mí, desventurado! Sólo deseo besar a mis hijos queridos.
MEDEA
Ahora los llamas, ahora deseas verlos, y antes los rechazabas.
JASÓN
Concédeme, por los dioses, que toque siquiera sus infantiles cuerpos.
MEDEA
No, vanos son tus ruegos.
JASÓN
¿Oyes, Zeus, cómo desoyen mis súplicas? ¿Ves lo que sufro de esta execrable leona, asesina de sus hijos? Pero en cuanto pueda y me sea lícito, me lamentaré así y daré gritos, poniendo a los dioses por testigos de que me prohíbes tocar y sepultar los cadáveres de los hijos que mataste: ¡ojalá que nunca los viese, si habían de perecer a tus manos!
EL CORO
Zeus, desde el Olimpo, gobierna al mundo, y muchas veces hacen los dioses lo que no se espera, y lo que se aguarda no sucede, y el cielo da a los negocios humanos fin no pensado. Así ha acontecido ahora.

Fin de la tercera parte

LIBROS HISTÓRICOS: ELECTRA - SÓFOCLES



Personajes

Pedagogo
Orestes
Electra
Coro De Doncellas Argivas
Crisótemis
Clitemnestra
Egisto


(Ante el palacio real de Micenas. Al fondo, la llanura de la Argólide. Amanece.)

PEDAGOGO: ¡Oh, hijo de Agamenón, del jefe del ejército ante Troya! Ahora te es permitido ver lo que siempre has deseado. Esta es la antigua Argos, el suelo consagrado a la hija aguijoneada de Inaco . He aquí, Orestes, el ágora licia del Dios matador de lobos; luego, a la izquierda, el templo ilustre de Hera. Ves, créelo, la rica Micenas, adonde hemos llegado, y la fatídica mansión de los Pelópidas , donde, en otro tiempo, después de la muerte de tu padre, te recibí de manos de tu hermana, y, habiéndote llevado y salvado, te crié hasta esta edad para vengar la muerte paterna. Ahora, pues, Orestes, y tú, el más querido de los huéspedes, Pílades, se trata de deliberar con prontitud sobre lo que es preciso hacer. Ya el brillante resplandor de Helios despierta los cantos matinales de las aves y cae la negra Noche llena de astros. Antes de que hombre alguno salga de la morada, celebrad consejo; porque, en el estado de las cosas, no ha ya lugar a vacilar, sino a obrar.

ORESTES: ¡Oh, el más querido de los servidores, cuántas señales ciertas me das de tu benevolencia hacia nosotros! En efecto, como un caballo de buena raza, aunque envejezca, no pierde ánimo en el peligro, sino que levanta las orejas, así tú nos excitas y nos sigues de los primeros. Por eso te diré lo que he resuelto. Tú, escuchando mis palabras con toda tu atención, repréndeme si me engaño. Cuando iba a buscar el oráculo pítico, para saber cómo había de castigar a los matadores de mi padre, Febo me respondió lo que vas a oír: «Tú solo, sin armas, sin ejército, secretamente y por medio de emboscadas, debes, por tu propia mano, darles justa muerte.» Así, puesto que hemos oído este oráculo, tú, cuando sea tiempo, entra en la morada, para que, habiendo averiguado lo que allí ocurre, vengas a decírnoslo con certeza. No te reconocerán ni sospecharán de ti, después de tanto tiempo, y habiendo blanqueado tus cabellos. Diles que eres un extranjero focidio, enviado por un hombre llamado Fanoteo. Y, en efecto, éste es su mejor aliado. Anúnciales también, y júrales, que Orestes ha sido víctima del destino por una muerte violenta, habiendo caído de un carro veloz en los Juegos Píticos. ¡Que tales sean tus palabras! Nosotros, después de haber hecho libaciones a mi padre, como está ordenado, y depositado sobre su tumba nuestros cabellos cortados, volveremos aquí, llevando en las manos la urna de bronce que he escondido en las breñas, como sabes, a lo que pienso. Así les engañaremos con falsas palabras, trayéndoles la feliz noticia de que mi cuerpo ya no existe, que está quemado y reducido a ceniza. ¿Por qué, en efecto, me había de ser penoso estar muerto en las palabras, puesto que vivo y adquiriré gloria? Creo que no hay palabra alguna de mal augurio si ella es útil. He visto ya con mucha frecuencia sabios que se decía muertos volver a su morada y verse más honrados; por lo cual, estoy seguro de que yo también, vivo, apareceré como un astro ante mis enemigos. ¡Oh, tierra de la patria!, y vosotros, Dioses del país, recibidme favorablemente; y tú también, ¡oh, casa paterna!, porque vengo, impulsado por los Dioses, para purificarte con la expiación del crimen. No me despidáis deshonrado de esta tierra, sino haced que afirme mi casa y posea las riquezas de mis ascendientes. Basta. Tú, anciano, entra y haz tu oficio. Nosotros, salgamos. La ocasión apremia, en efecto, y ella es la que preside a todas las empresas de los hombres.

ELECTRA (Dentro del palacio.): ¡Ay de mí!

PEDAGOGO: Me parece, ¡oh, hijo!, que he oído a una de las sirvientas suspirar en la morada.

ORESTES: ¿No es la infortunada Electra? ¿Quieres que permanezcamos aquí y escuchemos sus quejas?

PEDAGOGO: No, por cierto. Sin cuidarnos de cosa alguna, nos hemos de apresurar a cumplir las órdenes de Lojias . Debes, sin preocuparte de esto, hacer libaciones a tu padre. Esto nos asegurará la victoria y dará un feliz término a nuestra empresa.

(Salen los tres personajes y hace acto de presencia ELECTRA.)
ELECTRA: ¡Oh, Luz sagrada, Aire que llenas tanto espacio como la tierra, cuántas veces habéis oído los gritos innumerables de mis lamentos y los golpes asestados a mi ensangrentado pecho, cuando se va la noche tenebrosa! y mi lecho odioso, en la morada miserable, sabe las largas vigilias que paso, llorando a mi desgraciado padre, a quien Ares no ha recibido, como un huésped ensangrentando, en una tierra extraña, sino de quien mi madre y su compañero de lecho, Egisto, hendieron la cabeza con un hacha cruenta, como los leñadores hacen con una encina. ¡Y nadie más que yo te compadece, oh, padre, víctima de esa muerte indigna y miserable! Pero yo no cesaré de gemir y de lanzar amargos lamentos mientras vea el fulgor centelleante de los astros, mientras vea la luz del sol; y, semejante al ruiseñor privado de sus pequeñuelos, ante las puertas de las paternas moradas prorrumpiré en mis agudos gritos en presencia de todos. ¡Oh, morada de Ades y de Perséfona, Herme subterráneo y poderosa Imprecación, y vosotras, Erinias, hijas inexorables de los Dioses!, venid, socorredme, vengad la muerte de nuestro padre y enviadme a mi hermano; porque, sola, no tengo fuerza para soportar la carga de duelo que me oprime.

(Entra el CORO, formado por mujeres de Micenas.)

Estrofa I

CORO: ¡Oh, hija, hija de una madre indignísima, Electra! ¿Por qué estás siempre profiriendo los lamentos del pesar insaciable por Agamenón, por aquel que, envuelto en otro tiempo por los lazos de tu madre llena de insidias, fue herido por una mano impía? ¡Que perezca el que hizo eso, si es lícito desearlo!

ELECTRA: Hijas de buena raza, vosotras venís a consolar mis penas. Lo sé y lo comprendo, y nada de esto se me escapa; sin embargo, no cesaré de llorar a mi desgraciado padre; antes bien, por esa amistad misma, ofrecida por entero, os conjuro, ¡ay de mí!, que me dejéis con mi dolor.


Antístrofa I

CORO: Y, sin embargo, ni con tus lamentos, ni con tus súplicas, harás venir a tu padre del pantano de Ades común a todos; sino que, en tu aflicción insensata y sin límites, causará tu pérdida siempre gemir, puesto que no hay término para tu mal. ¿Por qué deseas tantos dolores?

ELECTRA: Es insensato quien olvida a sus padres víctimas de una muerte miserable; antes bien, satisface a mi corazón el ave gemebunda y temerosa, mensajera de Zeus, que llora siempre: ¡Itis! ¡Itis! ¡Oh, Nioba! ¡Oh, la más desdichada entre todas! Yo te reverencio, en efecto, como a una diosa, tú que lloras, ¡ay!, en tu tumba de piedra.


Estrofa II

CORO: Sin embargo, hija, esta calamidad no ha alcanzado mas que a ti entre los mortales, y no la sufres con alma ecuánime como los que son tuyos por la sangre y por el origen, Crisótemis, Ifianasa y Orestes, hijo de noble raza, cuya juventud está sepultada en los dolores, y que volverá, dichoso, algún día, a la tierra de la ilustre Micenas, bajo la conducta favorable de Zeus.

ELECTRA: ¡Yo lo espero sin cesar, desventurada, no casada y sin hijos! y ando siempre errante, anegada en lágrimas y sufriendo las penas sin fin de mis males. Y él no se acuerda ni de mis beneficios ni de las cosas ciertas de que le he advertido. ¿Qué mensajero me ha enviado, en efecto, que no me haya engañado? ¡Desea siempre volver, y deseándolo, no vuelve jamás!


Antístrofa II

CORO: Tranquilízate, tranquilízate, hija. Todavía está en el Urano el gran Zeus que ve y dirige todas las cosas. Remítele tu venganza amarga y no te irrites demasiado contra tus enemigos, ni los olvides mientras tanto. El tiempo es un dios complaciente, porque el Agamenónida que habita ahora en Crisa abundante en pastos no tardará siempre, ni el Dios que impera cerca del Aqueronte.

ELECTRA: Pero he aquí que una gran parte de mi vida se ha pasado en vanas esperanzas, y no puedo resistir más, y me consumo, privada de parientes, sin ningún amigo que me proteja; y hasta, como una vil esclava, vivo en las moradas de mi padre, indignamente vestida y manteniéndome de pie junto a las mesas vacías.


Estrofa III

CORO: Fue lamentable, en efecto, el grito de tu padre, a su vuelta, en la sala del festín, cuando el golpe del hacha de bronce cayó sobre él. La astucia enseñó, el amor mató; ambos concibieron el horrible crimen, ya lo cometiera un dios o un mortal.

ELECTRA: ¡Oh, el más amargo de todos los días que he vivido! ¡Oh, noche! ¡Oh, desgracia espantosa del banquete execrable, en que mi padre fue degollado por las manos de los dos matadores que me han arrancado la vida por traición y me han perdido para siempre! ¡Que el gran Dios olímpico les envíe males semejantes! ¡Que nada feliz les suceda jamás, puesto que han cometido tal crimen!


Antístrofa III

CORO: Trata de no hablar tanto. ¿No sabes tú, caída de tan alto, a qué indignas miserias te entregas así por tu plena voluntad? Has, en efecto, elevado tus males hasta el colmo, excitando siempre querellas con tu alma irritada. Es preciso no provocar querellas con los que son más poderosos que uno.

ELECTRA: El horror de mis males me ha arrebatado. Lo sé, reconozco el movimiento impetuoso de mi alma, pero no me resignaré a mis dolores horribles, mientras viva. ¡Oh, familia querida! ¿A quién podré oír una palabra discreta, a qué espíritu prudente? Cesad, cesad de consolarme. Mis lamentos no acabarán jamás; jamás, en mi dolor, cesaré de prorrumpir en quejas innumerables.


Epodo

CORO: Te hablo así por benevolencia, aconsejándote como una buena madre, para que no aumentes tu mal con otros males.

ELECTRA: ¿Hay una medida para mi dolor? ¿Está bien no cuidarse de los muertos? ¿Dónde está el hombre que piensa así? No quiero ni ser honrada por semejantes hombres, ni gozar en paz de la dicha, si se me concede, no acordándome de rendir a mis padres el honor que les es debido, y comprimiendo el ardor de mis agudos gemidos. Porque si el muerto, no siendo nada, yace bajo tierra, si éstos no espían la muerte con la sangre, todo pudor y toda piedad perecerán entre los mortales.

CORIFEO: En verdad, ¡oh, hija!, he venido aquí tanto por ti como por mí. Si no he hablado bien, tú llevas la ventaja y te obedeceremos.

ELECTRA: Ciertamente, tengo vergüenza, ¡oh, mujeres!, de que mis lamentos os parezcan demasiado repetidos; pero perdonadme, la necesidad me obliga a ello. ¿Qué mujer de buena raza no se lamentaría así viendo las desgracias paternas que, día y noche, parecen aumentar más bien que disminuir? En primer lugar, tengo por mi más cruel enemiga a la madre que me concibió; después, yo habito mi propia morada juntamente con los matadores de mi padre; estoy bajo su poder, y depende de ellos que posea alguna cosa o que carezca de todo. ¿Qué días crees que vivo cuando veo a Egisto sentarse en el trono de mi padre, y cubierto con los mismos vestidos derramar las libaciones en ese hogar ante el que lo degolló? ¿Cuando, finalmente, veo este supremo ultraje: el matador acostándose en el lecho de mi padre con mi miserable madre, si es lícito llamar madre a la que se acuesta con ese hombre? Es de tal modo insensata que habita con él sin temer a las Erinias. Antes bien, por el contrario, como regocijándose del crimen realizado, cuando vuelve el día en que mató a mi padre con ayuda de sus insidias, celebra coros danzantes y ofrece víctimas a los Dioses salvadores. Y yo, desdichada, viendo aquello, lloro en la morada, y me consumo, y, sola conmigo misma, deploro esos festines funestos que llevan el nombre de mi padre; porque no puedo lamentarme abiertamente tanto como quisiera. Entonces, mi madre bien nacida, en alta voz, me llena de injurias tales como éstas: «¡Oh, detestada por los Dioses y por mí! ¿Eres la única cuyo padre haya muerto? ¿Ningún otro mortal está de duelo? ¡Que tú perezcas miserablemente! ¡Que los Dioses subterráneos no te libren jamás de tus lágrimas!» Ella me llena de estos ultrajes. Pero si alguna vez alguien anuncia que Orestes debe volver, entonces grita, llena de furor: «¿No eres tú causa de esto? ¿No es ésta tu obra, tú que, habiendo arrebatado a Orestes de mis manos, le has hecho criar secretamente? ¡Pero sabe que sufrirás castigos merecidos!» ¡Así ladra, y de pie a su lado, su ilustre amante la excita, él, cobarde y malvado, y que no lucha sino con ayuda de las mujeres! ¡Y yo, esperando siempre que la vuelta de Orestes ponga término a mis males, perezco durante este tiempo, desgraciada de mí! Porque, prometiendo siempre y no cumpliendo nada, destruye mis esperanzas presentes y pasadas. Por eso, amigas, no puedo moderarme en medio de tales miserias, ni respetar fácilmente la piedad. Quien está sin cesar abrumado por el mal, aplica forzosamente al mal su espíritu.

CORIFEO: Dime, ¿mientras nos hablas así, Egisto está en la morada o fuera?

ELECTRA: Ha salido. Créeme, si hubiese estado en la morada, yo no hubiera podido traspasar el umbral. Está en el campo.

CORIFEO: Si ello es así, te hablaré con más confianza.

ELECTRA: Ha salido. Di, pues, lo que quieras.

CORIFEO: Pues, en primer lugar, te pregunto: ¿qué piensas de tu hermano? ¿Debe volver o tardará todavía? Deseo saberlo.

ELECTRA: Dice que volverá, pero no procede como habla.

CORIFEO: Se suele vacilar antes de emprender una cosa difícil.

ELECTRA: Pero yo le he salvado sin vacilar.

CORIFEO: Cobra ánimo: es generoso y vendrá en ayuda de sus amigos.

ELECTRA: Estoy segura de ello; a no ser así, no hubiera vivido mucho tiempo.

CORIFEO: No hables más, porque veo salir de la morada a tu hermana, nacida del mismo padre y de la misma madre, Crisótemis, que lleva ofrendas, tales como se acostumbra hacer a los muertos.

CRISÓTEMIS: ¡Oh, hermana! ¿Por qué vienes de nuevo a lanzar clamores ante este vestíbulo? ¿No puedes aprender, después de tanto tiempo, a no entregarte a una vana cólera? Ciertamente, yo misma, sé también que el estado de las cosas es cruel, y, si tuviera fuerzas para tanto, mostraría lo que siento por ellos en el corazón; pero, rodeada de males, me es preciso para navegar plegar mis velas, y creo que me está vedado proceder contra los que no puedo alcanzar. Quisiera que tú hicieses lo mismo. Sin embargo, no es justo que obres como te aconsejo y no como juzgues acertado; pero yo, para vivir libre, es preciso que obedezca a quienes tienen la omnipotencia.

ELECTRA: ¡Es indigno de ti, nacida de tal padre, olvidar de quién eres hija para no inquietarte más que de tu madre! Porque las palabras que me has dicho, y con las cuales me censuras, te han sido sugeridas por ella. No las dices por tu propio impulso. Por eso, elige: o eres una insensata o, si has hablado con uso de razón, abandonas a tus amigos. Decías que, si tuvieras fuerzas para tanto, mostrarías el odio que sientes por ellos, ¡y te niegas a ayudarme cuando quiero vengar a mi padre, y me exhortas a no hacer nada! ¿No agrega todo esto la cobardía a todos nuestros otros males? Enséñame o indícame qué provecho obtendría con dar fin a mis gemidos. ¿Es que no vivo? Mal, en verdad, ya lo sé, pero eso me basta. Ahora bien; soy importuna para éstos, y rindo así honor a mi padre muerto, si alguna cosa agrada a los muertos. Pero tú, que dices odiar, no odias más que con palabras, y haces en realidad causa común con los matadores de tu padre. Si las ventajas que te son otorgadas, y de que gozas, me fuesen ofrecidas, no me sometería. A ti la rica mesa y el alimento abundante; para mí es bastante alimento no ocultar mi dolor. No deseo en modo alguno compartir tus honores. No los desearías tú misma, si fueses discreta. Ahora, cuando podías llamarte hija del más ilustre de los padres, te llamas hija de tu madre. Así es que serás reputada inicua por el mayor número, tú que haces traición a tus amigos ya tu padre muerto.

CORIFEO: ¡No demasiada cólera, por los Dioses! Vuestras palabras, para ambas, producirán sus frutos, si tú aprendes de ella a hablar bien, y ella de ti.

CRISÓTEMIS: Hace mucho tiempo, ¡oh, mujeres!, estoy acostumbrada a tales palabras de ella, y no me acordaría siquiera, si no hubiera sabido que la amenaza un gran infortunio que hará callar sus continuos lamentos.

ELECTRA: Habla, pues, di qué grande infortunio es ése, porque si tienes que enseñarme alguna cosa peor que mis males, no volveré a replicar.

CRISÓTEMIS: Siendo así, te diré todo lo que sé de ello. Han resuelto, si no cesas en tus lamentaciones, enviarte a un lugar donde no volverás a ver el resplandor de Helios. Viva, en el fondo de un antro negro prorrumpirás en gemidos lejos de esta tierra. Por eso, medítalo, y no me acuses cuando esa desgracia haya llegado. Ahora es tiempo de tomar una prudente resolución.

ELECTRA: ¿Eso es lo que han decidido hacer conmigo?

CRISÓTEMIS: Ciertamente, en cuanto Egisto haya vuelto a la morada.

ELECTRA: ¡Plegue a los Dioses que vuelva con gran prontitud para ello!

CRISÓTEMIS: ¡Oh, desgraciada! ¿Por qué esa imprecación contra ti misma?

ELECTRA: ¡Por que venga, si piensa hacer eso!

CRISÓTEMIS: ¿Qué mal quieres sufrir? ¿Eres insensata?

ELECTRA: Es con el fin de huir muy lejos de vosotros.

CRISÓTEMIS: ¿No te cuidas de tu vida?

ELECTRA: Ciertamente, mi vida es bella y admirable.

CRISÓTEMIS: Bella sería, si fueses prudente.

ELECTRA: No me enseñes a hacer traición a mis amigos.

CRISÓTEMIS: No te enseño eso, sino a someterte a los más fuertes.

ELECTRA: Halágales con tus palabras; lo que dices no está en tu carácter.

CRISÓTEMIS: Sin embargo, es bueno no sucumbir por imprudencia.

ELECTRA: Sucumbiremos, si es preciso, habiendo vengado a nuestro padre.

CRISÓTEMIS: Nuestro padre mismo, lo sé, me perdona esto.

ELECTRA: Sólo a los cobardes pertenece aprobar esas palabras.

CRISÓTEMIS: ¿No cederás? ¿No serás persuadida por mí?

ELECTRA: No, por cierto. No soy insensata hasta ese punto.

CRISÓTEMIS: Iré, pues, allí donde debo ir.

ELECTRA: ¿Adónde vas? ¿A quién llevas esas ofrendas sagradas?

CRISÓTEMIS: Mi madre me envía a hacer libaciones a la tumba de mi padre.

ELECTRA: ¿Qué dices? ¿Al más detestado de los mortales?

CRISÓTEMIS: Que ella misma mató. Eso es lo que quieres decir.

ELECTRA: ¿Qué amigo la ha aconsejado? ¿A qué se debe que le haya placido eso?

CRISÓTEMIS: A un terror nocturno, según me ha parecido.

ELECTRA: ¡Oh, Dioses paternos, venid! ¡Venid ahora!

CRISÓTEMIS: ¿Te trae, pues, alguna confianza ese terror?

ELECTRA: Si me refieres su sueño, te lo diré.

CRISÓTEMIS: No podré decir de él sino poca cosa.

ELECTRA: Di al menos eso. Unas pocas palabras han elevado o derribado con frecuencia a los hombres.

CRISÓTEMIS: Se dice que ha visto a tu padre y el mío, vuelto de nuevo a la luz; después, habiendo aparecido en la morada, apoderarse del cetro que llevaba en otro tiempo y que lleva ahora Egisto y hundirlo en tierra, y que entonces un elevado ramo germinó y salió de él, y que toda la tierra de Micenas fue cubierta por su sombra. He oído decir estas cosas a alguien que estaba presente cuando ella refería su sueño a Helios. No sé más, si no es que me ha enviado a causa del terror que le ha causado ese ensueño. Te suplico, pues, por los Dioses de la patria, que me escuches y no te pierdas por imprudencia; Porque si, ahora, me rechazas, me llamarás cuando seas víctima de la desdicha.

ELECTRA: ¡Oh, querida! No lleves nada a la tumba de lo que tienes en las manos, porque no te es lícito y no es piadoso llevar a nuestro padre esas ofrendas de una mujer odiosa y derramar esas libaciones. ¡Arrójalas a los vientos o escóndelas en la tierra profundamente excavada, a fin de que nada se acerque jamás a la tumba de nuestro padre: antes bien, hasta que ella muera, que ese tesoro le esté reservado bajo tierra! En efecto, si esa mujer no hubiera nacido la más audaz de todas, jamás habría destinado esas libaciones detestables a la tumba de aquel a quien mató ella misma. Pregúntale, en efecto, si el muerto encerrado en esa tumba ha de aceptar de buen grado esas ofrendas de aquella por quien fue indignamente degollado, que le cortó la extremidad de los miembros como a un enemigo y que enjugó sobre su cabeza las manchas del asesinato. ¿Crees que esa muerte puede ser expiada con libaciones? No, jamás, eso no es posible. Por eso, no hagas nada. Corta la extremidad de tus trenzas. ¡He aquí las mías, las de esta desgraciada! Es poca cosa, pero no tengo más que esto. Presenta estos cabellos no cuidados y mi cinturón sin ningún adorno. Dobla las rodillas, suplicante, para que venga a nosotras, propicio, de debajo de tierra, para que nos ayude contra nuestros enemigos, y que, vivo, su hijo Orestes les derribe con mano victoriosa y les pisotee, y para que adornemos después su tumba con más ricos dones y con nuestras propias manos. Creo, en efecto, que ha resuelto algún designio enviándole ese sueño espantoso. Así, pues, ¡oh, hermana!, haz lo que te mando, lo cual servirá para tu venganza y la mía, así como al más querido de los mortales, a nuestro padre, que está ahora bajo tierra.

CORIFEO: Ha hablado piadosamente. Si eres prudente, ¡oh, querida!, la obedecerás.

CRISÓTEMIS: Lo haré como lo ordena; porque, tratándose de una cosa justa, es preciso no querellarse, sino apresurarse a hacerla. Mientras voy a obrar, os suplico, por los Dioses, ¡oh, amigos!, guardad silencio, porque si mi madre sabe esto, creo que no sería sin un gran peligro como me habría atrevido a ello.


Estrofa

CORO: A menos que yo sea una adivina sin inteligencia y privada de la recta razón, la Justicia anunciada vendrá, teniendo en las manos la fuerza legítima, y castigará en poco tiempo, ¡oh, hija! La noticia de ese sueño ha sido agradable para mí, y mi confianza se ha afirmado con ella; porque ni tu padre, rey de los helenos, es olvidable, ni esa antigua hacha de bronce de dos filos que le mató tan ignominiosamente.


Antístrofa

Vendrá la Erinia de pies de bronce, de pies y de manos innumerables, que se oculta en horribles refugios; porque el deseo impuro de nupcias criminales y mancilladas por el asesinato se apoderó de ellos. Por eso estoy cierta de que ese prodigio que se nos aparece amenaza a los autores del crimen y a sus compañeros. O los mortales no adivinan nada por los sueños y por los oráculos o ese espectro nocturno será completamente beneficioso para nosotros.


Epodo

¡Oh, laboriosa cabalgada de Pélope, cuán lamentable has sido para esta tierra! En efecto, desde el día en que Mírtilo pereció, arrancado violenta e ignominiosamente de su carro dorado y precipitado en el mar, horribles miserias han asaltado siempre esta morada.

CLITEMNESTRA: Parece que vagabundeas de nuevo, y libremente. En efecto, no está aquí Egisto, él que suele retenerte, para que no vayas afuera a difamar a tus parientes. Ahora que ha salido, no me respetas. Y, ciertamente, has dicho con frecuencia y a muchos que yo estaba colérica, mandando contra todo derecho y justicia y llenándoos de ultrajes a ti ya los tuyos. Pero yo no tengo costumbre de ultrajar; si te hablo injuriosamente, es que tú me injurias con más frecuencia todavía. Tu padre, y no tienes otro pretexto de querella, fue muerto por mí, por mí misma, bien lo sé, y no hay ninguna razón para que lo niegue. Porque, no yo sola, sino la Justicia también le hirió; y convenía que tú vinieses en mi ayuda, si hubieras sido prudente, puesto que tu padre, por el que no cesas de gemir, el único de los helenos, se atrevió a sacrificar a tu hermana a los Dioses, bien que no hubo sufrido tanto para engendrarla como yo para parirla. Pero, ¡sea!, dime por qué la degolló. ¿Fue en favor de los argivos? Pues no tenían ningún derecho a matar a mi hija. Si, como creo, la mató por su hermano Menelao, ¿no debía por ello ser castigado por mí? ¿No tenía ese mismo Menelao dos hijos que era más justo hacer morir, nacidos como eran de un padre y de una madre por quienes aquella expedición se emprendía? ¿Deseaba el Hades devorar a mis hijos más bien que a los suyos? ¿Se había extinguido el amor de aquel execrable padre hacia los hijos que yo había concebido, y sentía uno más grande hacia los de Menelao? ¿No son propias estas cosas de un padre malvado e insensato? Yo pienso así, aunque tú piensas lo contrario, y mi hija muerta diría como yo, si pudiese hablar. Por eso no me arrepiento de lo que hice; y tú, si te parece que obré mal, censura también a los otros como es justo.

ELECTRA: Ahora no dirás que me interpretas así, habiendo sido provocada por mis palabras amargas. Pero, si me lo permites, te responderé, como conviene, por mi padre muerto y por mi hermana.

CLITEMNESTRA: ¡Anda! Lo permito. Si siempre me hubieses dirigido palabras tales, jamás hubiera sido ofendida por mis respuestas.

ELECTRA: Te hablo, pues. Dices que mataste a mi padre. ¿Qué se puede decir más afrentoso, tuviera él razón o sinrazón? Pero te diré que le mataste sin derecho alguno. El hombre inicuo con quien vives te persuadió e impulsó. Interroga a la cazadora Artemis, y sabe lo que castigaba cuando retenía todos los vientos en Aulis; o más bien yo te lo diré, porque no es posible saberlo por ella. Mi padre, en otro tiempo, como he sabido, habiéndose complacido en perseguir, en un bosque sagrado de la Diosa, un hermoso ciervo manchado y de alta cornamenta, dejó escapar, después de haberlo muerto, no sé qué palabra orgullosa. Entonces, la virgen Latoida, irritada, retuvo a los aqueos hasta que mi padre hubo degollado a su propia hija por causa de aquella bestia fiera que había matado. Así es como fue degollada, porque el ejército no podía, por ningún otro medio, partir para llión o volver a sus moradas. Por eso mi padre, constreñido por la fuerza y después de haberse resistido a ello, la sacrificó con dolor, pero no en favor de Menelao. Pero aunque yo dijese como tú que hizo aquello en interés de su hermano, ¿era preciso, pues, que fuese muerto por ti? ¿En nombre de qué ley? Piensa a qué dolor ya qué arrepentimiento te entregarías si hicieses semejante ley estable entre los hombres. En efecto, si matamos a uno por haber matado a otro, debes morir tú misma para sufrir la pena merecida. Pero reconoce que alegas un falso pretexto. Dime, en efecto, si puedes, por qué cometes la acción tan vergonzosa de vivir con ese hombre abominable con ayuda del cual mataste tiempo ha a mi padre, y por qué has concebido hijos de él, y por qué rechazas a los hijos legítimos nacidos de legítimas nupcias. ¿Cómo puedo yo aprobar tales cosas? ¿Dirás que vengas así la muerte de tu hija? Si lo dijeras, ciertamente, ello sería vergonzoso. No es honesto que una mujer se despose con sus enemigos por causa de su hija. Pero no me es lícito afirmarlo sin que me acuses por todas partes con gritos de que ultrajo a mi madre. Ahora bien; veo que procedes respecto a nosotros menos como madre que como dueña, yo que llevo una vida miserable en medio de los males continuos con que nos abrumáis tú y tu amante. Pero ese otro, que se ha escapado a duras penas de tus manos, el mísero, Orestes, arrastra una vida desgraciada, él a quien me has acusado con frecuencia de criar para ser tu matador. Y, si pudiese, lo haría, ciertamente, sábelo con seguridad. En lo sucesivo, declara a todos que soy malvada, injuriosa, o, si lo prefieres, llena de impudencia. Si soy culpable de todos esos vicios, no he degenerado de ti y no te causo deshonor.

CORIFEO: Respira cólera, lo veo, pero no veo que se cuide de saber si tiene derecho para ello.

CLITEMNESTRA: ¿y por qué me había de cuidar de la que dirige a su madre palabras de tal suerte injuriosas, a la edad que tiene? ¿No te parece que ha de atreverse a cualquier mala acción, habiendo desechado todo pudor?

ELECTRA: En verdad, sábelo, tengo vergüenza de esto, parézcate lo que quiera; comprendo que estas cosas no convienen ni a mi edad, ni a mí misma; pero tu odio y tus actos me obligan: el mal enseña el mal.

CLITEMNESTRA: ¡Oh, insolente bestia! ¿Soy yo, son mis palabras y mis actos los que te dan audacia para hablar tanto?

ELECTRA: Eres tú misma la que hablas, no yo; porque realizas actos, y los actos hacen nacer las palabras.

CLITEMNESTRA: Ciertamente, ¡por la dueña Artemis!, juro que no escaparás al castigo de tu audacia, en cuanto Egisto haya vuelto a la morada.

ELECTRA: ¿Ves? Ahora estás inflamada de cólera, después de haberme permitido decir lo que quisiera, y no puedes oírme.

CLITEMNESTRA: ¿No puedes ahorrarme tus clamores y dejarme tranquilamente sacrificar a los Dioses, pues que te he permitido decirlo todo?

ELECTRA: Lo permito, lo quiero así; sacrifica, y no acuses a mi boca, porque no diré nada más.

CLITEMNESTRA: Tú, esclava, que estás aquí, trae esas ofrendas de frutos de toda especie, para que yo haga a este rey votos que disipen los terrores de que estoy turbada. Oye, Febo tutelar, mi plegaria oculta, porque no hablo entre amigos, y no conviene que lo diga todo delante de ésta, no sea que, impulsada por el odio, extienda a grandes gritos vanos rumores por la ciudad. Comprende, pues, así lo que diré. ¡Si la visión que se me ha aparecido esta noche me anuncia cosas felices, realízalas, Rey Licio! Si son funestas, desvíalas sobre mis enemigos. Si ellos me tienden asechanzas, no permitas que me arrebaten mis riquezas, sino concédeme vivir, siempre sana y salva, poseyendo el cetro y la morada de los Atridas, gozando de un feliz destino en medio de mis amigos y de aquellos de mis hijos que ahora me rodean, que no me aborrecen y no me desean el mal. Escúchanos favorablemente, Apolo Licio, y danos lo que te pedimos. En cuanto a las demás cosas, aunque me calle, creo que, siendo dios, las conoces bien, porque los hijos de Zeus lo ven todo.

(Entra el PEDAGOGO.)
PEDAGOGO: Mujeres extranjeras, quisiera saber si esta morada es la del rey Egisto.

CORIFEO: Lo es, extranjero, has creído bien.

PEDAGOGO: ¿Pienso acertadamente que ésta es su esposa? Efectivamente, su aspecto es el de una reina.

CORIFEO: Ciertamente, es ella misma.

PEDAGOGO: Salud, ¡oh, Reina! Traigo una buena noticia para ti y para Egisto, de parte de un hombre que os ama.

CLITEMNESTRA: Acepto el augurio; pero deseo saber en primer lugar quién te ha enviado.

PEDAGOGO: Fanoteo el focidio, que te anuncia un gran suceso.

CLITEMNESTRA: ¿Cuál, extranjero? Di. Enviado por un amigo, sé suficientemente que tus palabras serán buenas.

PEDAGOGO: Voy a decirlo en pocas palabras: Orestes ha muerto.

ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Infortunada! Hoy muero.

CLITEMNESTRA: ¿Qué dices, qué dices, extranjero? No escuches a ésta.

PEDAGOGO: Digo y repito que Orestes ha muerto.

ELECTRA: ¡Yo muero, desdichada! ¡No existo ya!

CLITEMNESTRA: Piensa en lo que te atañe . Pero tú, extranjero, dime con verdad de qué modo ha perecido.

PEDAGOGO: Para eso soy enviado, y te lo referiré todo. Habiendo venido Orestes a la más noble asamblea de la Hélade, a fin de combatir en los Juegos Délficos, oyó la voz del heraldo anunciar la carrera por la cual se abrían las luchas; y entró, resplandeciendo de belleza, y todos le admiraban; y, cuando hubo franqueado el estadio de un extremo a otro, salió, obteniendo el honor de la victoria. No sabría decir en pocas palabras las innumerables grandes acciones y la fuerza de un héroe semejante. Sabe únicamente que volvió a alcanzar los premios de la victoria en todos los combates propuestos por los jueces de los juegos. Y todos lo llamaban dichoso y proclamaban al argivo Orestes, hijo de Agamenón que reunió en otro tiempo el ilustre ejército de la Hélade. Pero las cosas son así, que, si un dios nos envía una desgracia, nadie es bastante fuerte para escapar a ella. En efecto, el día siguiente, cuando el rápido combate de los carros tuvo lugar al levantarse Helios, entró con numerosos rivales. Uno era acayo, otro de Esparta, y otros dos eran libios y hábiles en conducir un carro de cuatro caballos. Orestes, que era el quinto, llevaba yeguas tesalias; el sexto venía de Etolia con fieros caballos; el séptimo era magneta; el octavo, con caballos blancos, era de Enia; el noveno era de Atenas fundada por los Dioses; en fin, un beocio estaba en el décimo carro. Manteniéndose erguidos, después que los jueces hubieron asignado, según la suerte, el puesto de cada uno de ellos, en cuanto la trompeta de bronce hubo dado la señal, se precipitaron, excitando a sus caballos y sacudiendo las riendas, y todo el estadio se llenó con el estrépito de los carros resonantes; y el polvo se amontonaba en el aire; y todos, mezclados juntamente, no ahorraban los aguijones y cada uno quería adelantar a las ruedas y a los caballos agitados del otro; porque éstos arrojaban su espuma y sus ardientes resoplidos sobre las espaldas de los conductores de carros y sobre el círculo de las ruedas. Orestes, acercándose al último límite, lo rozaba con el eje de la rueda, y, soltando las riendas al caballo de la derecha, contenía al de la izquierda. Ahora bien: en aquel momento, todos los carros estaban todavía en pie, pero entonces, los caballos del hombre de Enia, hechos duros de boca, arrastraron el carro con violencia, y, al volver, como, acabada la sexta vuelta, comenzaban la séptima, chocaron de frente con las cuadrigas de los libios. Una rompe a otra y cae con ella, y toda la llanura de Crisa se llena con aquel naufragio de carros. El ateniense, habiendo visto esto, se apartó de la vía y contuvo las riendas como hábil conductor, y dejó toda aquella tempestad de carros moverse en la llanura. Durante este tiempo, Orestes, el último de todos, conducía sus caballos, con la esperanza de ser victorioso al fin; pero, viendo que el ateniense había quedado solo, hirió las orejas de sus caballos rápidos con el sonido agudo de su látigo, y lo persiguió. Y los dos carros estaban lanzados sobre una misma línea, y la cabeza de los caballos sobresalía tan pronto de una como de otra cuadriga. El imprudente Orestes había llevado a cabo todas las demás carreras sano y salvo, manteniéndose derecho sobre su carro; pero entonces, soltando las riendas al caballo de la izquierda, tropezó con el extremo de la meta, y, habiéndose roto el cubo de la rueda, cayó rodando de su carro, enredado entre las riendas, y los caballos, espantados de verle tendido en tierra, se lanzaron a través del estadio. Cuando la multitud le vio caído del carro se lamentó por aquel hombre joven que, habiendo realizado hermosas acciones, y por un cruel destino, se veía arrastrado tan pronto por el suelo, tan pronto levantando las piernas en el aire, hasta que los conductores de carro, deteniendo trabajosamente los caballos que corrían, le levantaron todo ensangrentado y tal que ninguno de sus amigos hubiera reconocido aquel miserable cuerpo. Y le quemaron al punto sobre una hoguera; y unos hombres focidios, escogidos para ello, trajeron aquí, en una pequeña urna de bronce, las cenizas de aquel gran cuerpo, para que sea sepultado en su patria. He aquí las palabras que tenía que decirte; son tristes, pero el espectáculo que vimos es la cosa más cruel de todas las que hayamos jamás contemplado.

CORIFEO: ¡Ay de mí! ¡Ay! Toda la raza de nuestros antiguos dueños está, pues, aniquilada radicalmente.

CLITEMNESTRA: ¡Oh, Zeus! ¿Qué diré de estas cosas? ¿Las llamaré favorables, o terribles, pero útiles, sin embargo? Es triste para mí no salvar mi vida sino por mis propias desventuras.

PEDAGOGO: ¿Por qué, ¡oh, mujer!, después de saber esto, te ves de ese modo atormentada?

CLITEMNESTRA: La maternidad tiene un gran poderío. En efecto, una madre, aunque se vea ultrajada, no puede aborrecer a sus hijos.

PEDAGOGO: ¡A lo que parece, hemos venido aquí inútilmente!

CLITEMNESTRA: Inútilmente, no. ¿Cómo has de haber hablado inútilmente, si has venido, trayéndome pruebas ciertas de la muerte de aquel que, nacido de mí, huyendo de mis pechos que le nutrieron y de mis cuidados, desterrado, ha llevado una vida apartada, que no me ha visto jamás después que abandonó esta tierra, y que, acusándome de la muerte de su padre, me amenazaba con un castigo horrible? De suerte que, ni durante la noche, ni durante el día, yo no gustaba el dulce sueño, y, por más tiempo que transcurriese, pensaba siempre que iba a morir. Ahora, pues, que me veo libre del peligro y no temo ya nada en adelante de él ni de ésta -porque ella era para mí una calamidad más amarga, viviendo conmigo y consumiendo siempre toda la sangre de mi alma-, llevaremos una vida tranquila, por lo menos en lo que concierne a sus amenazas.

ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Desdichada! ¡Ahora es, Orestes, cuando deploraré tu destino, puesto que, aun muerto, eres ultrajado por tu madre! ¿No es todo para el mayor bien?

CLITEMNESTRA: No, por cierto, para ti, sino para él. Lo que le ha sucedido está bien dispuesto.

ELECTRA: ¡Escucha, Némesis vengadora del que ha muerto!

CLITEMNESTRA: Ha escuchado a los que era preciso que escuchase, y ha cumplido sus votos.

ELECTRA: Insulta, porque ahora eres feliz.

CLITEMNESTRA: En lo sucesivo, ni Orestes ni tú destruiréis esta felicidad.

ELECTRA: Estamos destruidos nosotros mismos, en vez de que podamos destruirte.

CLITEMNESTRA (Al PEDAGOGO.): Mucho mereces, extranjero, si, trayéndonos esta noticia, has hecho callar sus clamores furiosos.

PEDAGOGO: Me voy, pues, si todo está perfectamente.

CLITEMNESTRA: No, por cierto, eso no sería digno ni de mí ni del huésped que te ha enviado. Entra, pues, y déjala llorar fuera sus propias miserias y las de sus amigos.

(Entran CLITEMNESTRA y el PEDAGOGO en el palacio.)
ELECTRA: ¿No os parece que, triste y gemebunda, llora y se lamenta por su hijo herido de muerte miserable? ¡Ha entrado allá riendo! ¡Oh, desgraciada de mí! ¡Oh, queridísimo Orestes, me has perdido con tu muerte! ¡Has arrancado de mi espíritu la esperanza que me quedaba de que, viviendo, volverías un día a vengar a tu padre y a mí, infortunada! y ahora, ¿de qué lado volverme, sola y privada de ti y de mi padre? ¡Me es preciso ahora quedar esclava entre los más detestados de los hombres, matadores de mi padre! ¿No tengo la mejor de las suertes? ¡Pero no viviré jamás con ellos, en sus moradas, y me consumiré, prosternada, sin amigos, ante el umbral! ¡Y si soy una carga para alguno de los que hay en la morada, que me mate! ¡Si no, será el dolor el que me matará, porque no tengo ya deseo alguno de vivir!


Estrofa I

CORO: ¿Dónde están los rayos de Zeus, dónde está el brillante Helios, si, viendo esto, permanecen tranquilos?

ELECTRA: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!

CORO: Hija, ¿por qué lloras?

ELECTRA: ¡Ay de mí!

CORO: No te lamentes demasiado alto.

ELECTRA: Me matas.

CORO: ¿Cómo?

ELECTRA: Si me aconsejas esperar en los que han manifiestamente partido para Hades, me insultas, consumida como estoy de dolor.


Antístrofa I

CORO: Sé, efectivamente, que el rey Anfiarao ha muerto, envuelto en las redes de oro de una mujer, y que, sin embargo, ahora bajo la tierra...

ELECTRA: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de mí!

CORO: .., reina sobre todas las almas.

ELECTRA: ¡Ay!

CORO: ¡Ay! Efectivamente, la mujer execrable...

ELECTRA: ¿Ha recibido el castigo del crimen?

CORO: ¡Sí!

ELECTRA: Ya sé, ya sé: alguien vino que vengó al que había sufrido; pero nadie sobrevive para mí: el vengador que yo tenía me ha sido arrebatado por el destino.


Estrofa II

CORO: Eres la más infortunada de todas las mujeres.

ELECTRA: Demasiado lo sé, no habiendo sido nunca mi vida sino triste y lamentable.

CORO: Ya sabemos lo que lloras.

ELECTRA: No me consueles, pues, más, ahora que...

CORO: ¿Qué dices?

ELECTRA: ...ninguna esperanza de socorro me queda del eupátrida fraternal.


Antístrofa II

CORO: El destino de todos los hombres es morir.

ELECTRA: ¡Qué! ¿En una lucha de caballos de pies rápidos, y enredados entre las riendas, como este desgraciado?

CORO: ¡Calamidad no prevista!

ELECTRA: Sin duda, en efecto. En tierra extraña, lejos de mis brazos...

CORO: ¡Ay!

ELECTRA: ¿Quién hubiera previsto que sería encerrado en la urna, sin tumba y privado de nuestras lamentaciones?

(Entra CRISÓTEMIS.)
CRISÓTEMIS: A causa de mi gozo, ¡oh, muy querida!, dejando a un lado todo miramiento, llego apresuradamente, porque traigo felices cosas y el reposo de los males que te desgarraban y por los que gemías.

ELECTRA: ¿Dónde has encontrado un consuelo a mis males, a los que no se podría hallar remedio alguno?

CRISÓTEMIS: Orestes está cerca de nosotros. Sabe que lo que te digo es seguro, tan cierto como que me ves en este instante.

ELECTRA: ¿Eres insensata, ¡oh, infeliz!, y te mofas de tus males y los míos?

CRISÓTEMIS: ¡Pongo por testigo al hogar paterno! Ciertamente, no me burlo al decir esto; antes bien, ten por cierto que él está aquí.

ELECTRA: ¡Oh, desventurada de mí! ¿Y por qué hombre has sabido esa noticia a la que prestas fe tan fácilmente?

CRISOTEMIS: Por mí misma, no por otro, he visto las pruebas ciertas de ello, y en esto es en lo que tengo fe.

ELECTRA: ¡Oh, desdichada! ¿Qué prueba has descubierto? ¿Qué has visto que haya encendido en ti una alegría tan insensata?

CRISÓTEMIS: Escucha, ¡por los Dioses!, y tú dirás, sabiéndolo todo, si soy insensata o prudente.

ELECTRA: Habla, si tal es tu gusto.

CRISÓTEMIS: Voy, pues, a decirte todo lo que he visto. Habiendo llegado a la antigua tumba de mi padre, vi, en la cima, regueros de leche recientemente derramados, y el sepulcro paterno adornado con toda especie de flores. Viendo esto, admirada, observé si se mostraba ante mí algún hombre; pero estando tranquilo todo aquel lugar, me acerqué a la tumba, y vi, en la cima, cabellos recién cortados. En cuanto los hube apercibido, desgraciada, una imagen familiar impresionó mi ánimo, como si viese una señal de Orestes, del más querido de todos los hombres; y los tomé en mis manos, sin decir nada, y derramando lágrimas a causa de mi alegría. Ahora, como antes, es manifiesto para mí que esas ofrendas no han podido ser llevadas más que por él; porque ello no es cosa de mí ni de ti. Yo no he llevado esas ofrendas, ciertamente, lo sé bien; ni tú, porque ¿podías hacerlo, puesto que no puedes salir libremente de la morada, ni siquiera para suplicar a los Dioses? Tales pensamientos no suelen venir al espíritu de nuestra madre, y si lo hubiera hecho, ello no se nos hubiera escapado. Sin duda alguna esos presentes fúnebres son de Orestes. Tranquilízate, ¡oh, querida! Los mismos no tienen siempre la misma fortuna. En verdad, la nuestra nos ha sido ya contraria, pero puede ser que este día sea el augurio de numerosos bienes.

ELECTRA: ¡Ay! Tengo desde hace mucho rato piedad de tu demencia.

CRISÓTEMIS: ¡Qué! ¿No te regocija lo que te digo?

ELECTRA: No sabes en qué lugar te extravías, ni en qué pensamientos.

CRISÓTEMIS: ¿No sabré lo que he visto claramente yo misma?

ELECTRA: ¡Ha muerto, oh, desdichada! Toda esperanza de salvación, proveniente de él, está perdida para ti. No pretendas ver jamás a Orestes.

CRISÓTEMIS: ¡Infeliz de mí! ¿Por quién has sabido eso?

ELECTRA: Por alguien que estaba presente cuando él fue muerto.

CRISÓTEMIS: ¿Dónde está ése? Me quedo estupefacta.

ELECTRA: Está en la morada, bien venido para nuestra madre, lejos de serle importuno.

CRISÓTEMIS: ¡Ay de mí! ¡Desgraciada! ¿De quién eran, pues, esas ofrendas numerosas sobre la tumba de nuestro padre?

ELECTRA: Creo que, seguramente, han sido depositadas allí por alguien, en honor de Orestes muerto.

CRISÓTEMIS: ¡Oh, desventurada! ¡Yo que, llena de alegría, me apresuraba a traerte una tal noticia, ignorando en qué calamidad estábamos sumidas! ¡Y he aquí que encuentro, al llegar, nuevas miserias añadidas a todas las demás!

ELECTRA: Sí, por cierto; pero, si me das crédito, nos libertarás del peso de nuestros males presentes.

CRISÓTEMIS: ¿Puedo yo resucitar a los muertos?

ELECTRA: No es eso lo que digo. No estoy de tal modo demente.

CRISÓTEMIS: ¿Qué ordenas, pues, que yo tenga fuerzas para cumplir?

ELECTRA: Que te atrevas a lo que yo te aconseje.

CRISÓTEMIS: Si ello es útil, no me negaré.

ELECTRA: ¡Mira! Nada se alcanza sin trabajo.

CRISÓTEMIS: Ya lo sé. Haré lo que pueda.

ELECTRA: Sabe, pues, cómo he resuelto obrar. Ya sabes que no contamos con la ayuda de ningún amigo. El Hades, arrebatándolos a todos, nos ha privado de ellos. Estamos solas y abandonadas. En verdad, tanto tiempo como he oído decir que mi hermano estaba entre los vivos y floreciente de juventud, he tenido la esperanza de que vendría un día a vengar la muerte paterna; pero, ahora, desde que no existe, pienso en ti, para que vengues la muerte de tu padre y no vaciles en matar a Egisto con la ayuda de tu hermana; porque no me es lícito callarte nada. ¿Hasta cuándo seguirás inactiva, teniendo todavía una firme esperanza, tú, a quien no queda, privada de las riquezas paternas, más que una abundancia de lamentos y de penas, por todo el tiempo que envejezcas, privada de nupcias? Porque, ciertamente, no esperes casarte algún día. Egisto no es de tal modo estúpido que permita, para su desgracia, que nazca una posteridad de ti o de mí. Pero, si eres dócil a mis consejos, en primer lugar, serás alabada, por tu piedad, por tu padre muerto y por tu hermano. Luego, lo mismo que has nacido libre, serás llamada libre en lo porvenir, y celebrarás nupcias dignas de ti; por que todos suelen admirar las cosas honestas. ¿No ves qué ilustre fama adquiriremos, tú y yo, si me obedeces? ¿Qué ciudadano, en efecto, o qué extranjero, al vernos, no nos colmará de alabanzas tales como éstas?: «Ved, amigos, esas dos hermanas que han salvado la morada paterna, y que, no economizando su vida, han dado muerte a sus enemigos, poseedores de inmensas riquezas. Es justo que todos las amen y las reverencien; es justo que en las fiestas sagradas de los Dioses y en las asambleas de los ciudadanos, todos las honren a causa de su varonil proceder.» Todos dirán esto de nosotras, mientras vivamos, y, aun después de la muerte, jamás disminuirá nuestra gloria. ¡Oh, querida, obedece! Ven en ayuda de tu padre y de tu hermano, libértame de mis miserias, libértate a ti misma, pensando cuán vergonzoso es a los que son bien nacidos vivir en el oprobio.

CORIFEO: En tales cosas, la previsión es útil a quien habla y a quien escucha.

CRISÓTEMIS: Antes de hablar así, ¡oh, mujeres!, si su espíritu no hubiese estado turbado, hubiera mostrado una prudencia que parece haber rechazado desde entonces. ¿En qué piensas, en efecto, cuando quieres obrar con tanta audacia y me pides que te ayude? ¿No lo ves? Tú eres una mujer, no un hombre, y tienes muchas menos fuerzas que tus enemigos. Su Genio está muy próspero hoy; el nuestro está debilitado, reducido a la nada. ¿Quién, pues, intentaría atacar a un hombre semejante sin incurrir en la mayor desgracia? Piensa en ello, no sea que, agobiadas ya de males, sufriéramos otros más crueles todavía si alguien oyese tus palabras. No tendremos ni consuelo, ni provecho en merecer una fama gloriosa, si perecemos vergonzosamente. Lo más amargo no es morir, sino desear la muerte y no poderla alcanzar. Por eso, te lo suplico, reprime tu cólera, antes que hayamos enteramente perecido y que toda nuestra raza haya sido aniquilada. Yo tendré por no pronunciado lo que has dicho y te guardaré el secreto. En cuanto a ti, comienza por lo menos a ser prudente, y aprende, encontrándote sin fuerzas, a ceder a los que son más fuertes que tú.

CORIFEO: Obedécela. No hay nada de lo más útil para los hombres que no pueda adquirirse con la prudencia y la sabiduría.

ELECTRA: No has dicho nada que no esperase de ti. Bien sabía que rechazarías mis consejos; pero yo obraré sola y por mi propia mano, y jamás dejaremos esto sin realizar.

CRISÓTEMIS: ¡Ah! ¡Pluguiera a los Dioses que ese espíritu hubiese sido el tuyo, cuando nuestro padre fue muerto! Todo lo hubieras llevado a cabo.

ELECTRA: Yo era entonces la misma en cuanto al pensamiento, pero tenía el corazón más débil.

CRISÓTEMIS: Haz de modo que tengas siempre el corazón así.

ELECTRA: Me adviertes con esas palabras que no me ayudarás.

CRISÓTEMIS: A mal comienzo, mal fin.

ELECTRA: Admiro tu prudencia y aborrezco tu cobardía.

CRISÓTEMIS: Un día también te oiré alabarme.

ELECTRA: Jamás obtendrás eso de mí.

CRISÓTEMIS: El tiempo será bastante largo para juzgar entre nosotras.

ELECTRA: Vete, puesto que no me prestas ayuda alguna.

CRISÓTEMIS: Así será, pero te falta un espíritu dócil.

ELECTRA: Vea contar todo esto a tu madre.

CRISÓTEMIS: No estoy inflamada de tal odio contra ti.

ELECTRA: Sabe al menos cuánto me cubres de oprobio.

CRISÓTEMIS: No te aconsejo el oprobio, sino la prudencia para ti misma.

ELECTRA: ¿Es preciso que me someta a lo que te parece justo?

CRISÓTEMIS: Cuando seas prudente, entonces nos conducirás.

ELECTRA: Es cruel hablar bien y no obtener éxito.

CRISÓTEMIS: Tú hablas claramente de tu propio defecto.

ELECTRA: ¿Cómo, pues? ¿Te parece que he hablado mal?

CRISÓTEMIS: Las acciones más justas dañan algunas veces.

ELECTRA: Yo no quiero vivir conforme a tales reglas.

CRISÓTEMIS: Si procedes así, me alabarás después del suceso.

ELECTRA: Obraré así, sin cuidarme de tus amenazas.

CRISÓTEMIS: ¿Es, pues, eso cierto? ¿No cambiarás de propósito?

ELECTRA: Nada me es más odioso que un mal consejo.

CRISÓTEMIS: Parece que no te cuidas de lo que te digo.

ELECTRA: He resuelto ya eso desde hace mucho rato.

CRISÓTEMIS: Me voy, pues, porque tú no habías de aprobar mis palabras, no más que yo apruebo tu resolución.

ELECTRA: Vuelve a la morada. No te acompañaré jamás en lo sucesivo, cualquiera que sea tu deseo, porque es grande tu demencia de perseguir lo que no existe.

CRISÓTEMIS: Si te crees prudente para ti misma, piensa así; pero, cuando hayas caído en la desgracia, aprobarás mis palabras.

(Entra CRISÓTEMIS en palacio.)

Estrofa I

CORO: ¿Por qué, pues, vemos a las aves que más alto vuelan y que son más animosas preocuparse del sustento de aquellos de quienes han nacido y que las han criado, y no obramos del mismo modo? Pero, ¡por los rayos de Zeus y de Temis Urania!, el castigo no perdonará por mucho tiempo a éstos. ¡Oh, Fama de los mortales, voz extendida de los que están bajo la tierra, habla a los Atridas muertos y anúnciales estos oprobios lamentables!


Antístrofa I

Diles el abatimiento de su morada, y que sus hijas, divididas por la discordia, no están ya unidas por la amistad. Sola Electra, abandonada, gimiendo por sus males infinitos, combatida por un duelo sin fin, y, como el plañidero ruiseñor, sin tener ningún cuidado por su vida, está pronta a morir con tal que triunfe de esas dos Erinias. ¿Hay una hija tan bien nacida?


Estrofa II

Nadie, siendo bien nacido, se resignará a deshonrar su sangre, ni a dejar que la gloria de su nombre perezca. Y por eso, hija, ¡oh, hija!, has querido mejor el destino común a todos, para merecer la doble alabanza de ser discreta y de ser una hija irreprochable.


Antístrofa II

¡Plegue a los Dioses que vivas tan superior a tus enemigos por el poder y las riquezas como estás ahora agobiada por ellos! Porque te veo menos abrumada por el destino que excelsa por el respeto que tienes a las leyes sacratísimas que florecen entre los hombres y por la piedad hacia Zeus.

(Entran ORESTES y PÍLADES con dos criados, uno de los cuales porta una urna.)
ORESTES: ¡Oh, mujeres! ¿Estamos bien informados? ¿Hemos llegado adonde queríamos ir?

CORIFEO: ¿Qué buscas, y con qué intención has venido?

ORESTES: Busco hace mucho tiempo dónde habita Egisto.

CORIFEO: Has venido completamente en derechura. El que te mostró el camino no te ha engañado.

ORESTES: ¿Quién de vosotras anunciará en la morada nuestra deseada presencia, a nosotros que hemos venido juntos?

CORIFEO (Señalando a ELECTRA.): Ésta, si verdaderamente conviene que uno de los allegados por la sangre lleve esa noticia.

ORESTES: ¡Ve, mujer! Entra y di que unos hombres focidios buscan a Egisto.

ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Desgraciada! ¿No traéis las pruebas de eso que hemos oído hablar?

ORESTES: No sé qué rumor es ése, sino que el anciano Estrofio me ha ordenado traer una noticia que concierne a Orestes.

ELECTRA: ¿Qué es ello, extranjero? ¡El terror me sobrecoge!

ORESTES: Como ves, traemos lo poco que queda de él en esta pequeña urna.

ELECTRA: ¡Infortunada de mí! ¡La cosa es, pues, cierta! ¡Veo manifiestamente lo que me abruma!

ORESTES: Si te conmueves por la desgracia de Orestes, sabe que su cuerpo esta encerrado en esta urna.

ELECTRA: Permíteme, te lo suplico por los Dioses, ¡oh, extranjero!, tomar esa urna en mis manos, si él está encerrado en ella, para lamentarme por mí y por toda mi raza llorando sobre esas cenizas.

ORESTES: Quien quiera que ella sea, vosotros que conducís esa urna, dádsela, porque no la pide con espíritu enemigo, sino que es de sus amigos o de su sangre.

ELECTRA: ¡Oh, recuerdo de aquel que fue para mí el más querido de los hombres, lo solo que quedas de mi alma, Orestes, cuán diferente vuelvo a verte de lo que esperaba de ti cuando te hice marchar! ¡Porque, ahora, te tengo, cosa vana, entre mis manos, y te hice salir de esta morada, oh, hijo, todo resplandeciente de juventud! ¡Pluguiera a los Dioses que hubiese muerto cuando te envié a tierra extraña, habiéndote sacado con mis manos y salvado de la muerte! ¡Hubieras muerto aquel día y habrías tenido la misma tumba que tu padre! y he aquí que has perecido fuera de la morada, miserablemente desterrado en suelo extranjero, y lejos de tu hermana. Y yo, desventurada, no te he lavado con mis manos, ni retirado esta lamentable carga del fuego voraz, como era justo. ¡Sino que, infeliz, has sido sepultado por manos extrañas, y vuelves, pesando poco, en una estrecha urna! ¡Oh, infortunada! ¡Oh, cuidados inútiles que tan frecuentemente te he prodigado con tan dulce fatiga! Nunca, en efecto, fuiste más querido para tu madre que para mí. Ninguna otra, en la casa, sino yo sola, era tu protectora, y me llamabas siempre tu hermana. Todo me falta a la vez en este día con tu muerte, y, como una tempestad, me lo has arrebatado todo al morir. ¡Mi padre ha perecido, yo soy muerta, tú no existes! Nuestros enemigos ríen; nuestra madre impía está insensata de gozo, porque me habías hecho anunciar frecuentemente que volverías como vengador. Pero un Genio, funesto para ti y para mí, lo ha deshecho todo, y trae aquí, en lugar en lugar de tu querida forma, tus cenizas y una sombra vana. ¡Ay de mí! ¡Oh, cuerpo mísero! ¡Ay! ¡Ay! ¡Oh, funesto viaje! ¡Ay! ¡Lo has hecho, oh, queridísimo, para perderme! ¡Sí, me has perdido, oh, hermano! Por eso, recíbeme en tu morada, a mí que ya no existo, para que, no siendo ya nada, habite conmigo bajo tierra. Cuando estabas entre los vivos, compartíamos el mismo destino, y, ahora que estás muerto, quiero compartir tu tumba, porque no creo que los muertos puedan sufrir.

CORIFEO: Tú naciste de un padre mortal, Electra. Piensa en esto, Orestes también era mortal. Reprime, pues, tus gemidos demasiado prolongados. Todos tenemos necesariamente que sufrir.

ORESTES (Hablando para si mismo.): ¡Ay de mí! ¡Ay! ¿Qué diré? No encuentro palabras, y no puedo ya contener mi lengua.

ELECTRA: ¿Qué dolor te turba, que hablas así?

ORESTES: ¿No es la ilustre Electra la que veo?

ELECTRA: Ella misma, y bien desgraciada.

ORESTES: ¡Oh, destino infelicísimo!

ELECTRA: ¡Oh, extranjero! ¿Por qué te lamentas por nosotros?

ORESTES: ¡Oh, cuerpo indignamente ultrajado!

ELECTRA: Ciertamente, soy yo, no otra, la que tú compadeces, extranjero.

ORESTES: ¡Ay! Tú vives desdichada y sin esposo.

ELECTRA: Extranjero, ¿por qué lloras al mirarme?

ORESTES: ¡Cuántos de mis males ignoraba todavía!

ELECTRA: ¿Por qué palabras mías los has sabido?

ORESTES: Te he visto agobiada por numerosos dolores.

ELECTRA: Y, ciertamente, no ves sino poco de mis males. .

ORESTES: ¿Cómo se puede ver otros más amargos?

ELECTRA: Me veo obligada a vivir con asesinos.

ORESTES: ¿De quién? ¿De dónde procede la desgracia de que hablas?

ELECTRA: Con los asesinos de mi padre. Y me veo forzada a servirles.

ORESTES: ¿Y quién puede forzarte a ello?

ELECTRA: ¡Mi madre! Pero no tiene nada de madre.

ORESTES: ¿Cómo? ¿Por la violencia o por el hambre?

ELECTRA: Por la violencia, por el hambre, por toda clase de miserias.

ORESTES: ¿y nadie viene en tu ayuda ni te defiende?

ELECTRA: Ciertamente, nadie. No tenía más que un solo amigo, del cual me has traído las cenizas.

ORESTES: ¡Oh, desgraciada, mucho rato hace que tengo compasión de ti!

ELECTRA: Eres el único de todos los mortales que me tenga piedad.

ORESTES: Sólo sufro yo también de los mismos males.

ELECTRA: ¿Serás de nuestra familia?

ORESTES: Hablaría si supiese que éstas eran amigas nuestras.

ELECTRA: Amigas son. Hablarás ante mujeres fieles.

ORESTES: Deja, pues, esa urna, para que lo sepas todo.

ELECTRA: ¡Te suplico por los Dioses, extranjero, no me la quites!

ORESTES: Obedece a mis palabras y no te verás defraudada.

ELECTRA: ¡Por tu barba! No me arrebates esta urna queridísima.

(Intenta quitarle la urna.)

ORESTES: No te es lícito conservarla.

ELECTRA: ¡Oh! ¡Desdichada, si se me priva de tus cenizas, Orestes!

ORESTES: Habla mejor. No te lamentas justamente.

ELECTRA: ¿No me lamento justamente por mi hermano muerto?

ORESTES: No conviene que hables así.

ELECTRA: ¿Debo, pues, ser despreciada por él?

ORESTES: Por nadie; pero esa urna que tienes no te afecta en nada.

ELECTRA: ¿Cómo? ¿Puesto que llevo las cenizas de Orestes?

ORESTES: Las cenizas de Orestes no están ahí, si no es en palabras.

ELECTRA: ¿Dónde, pues, está la tumba de ese desgraciado?

ORESTES: En ninguna parte. Los vivos no tienen tumba.

ELECTRA: ¿Qué dices, hijo?

ORESTES: No digo nada falso.

ELECTRA: ¿Vive, pues?

ORESTES: Puesto que mi alma está en mí.

ELECTRA: ¿Eres tú, pues, Orestes?

ORESTES: Mira esta señal de mi padre y reconoce que digo verdad.

ELECTRA: ¡Oh, queridísima luz!

ORESTES: ¡Queridísima! Lo atestiguo.

ELECTRA: ¡Oh, voz, ya te oigo!

ORESTES: No me busques, pues, ya.

ELECTRA: ¡Ya te tengo en mis brazos!

ORESTES: Y me tendrás siempre.

ELECTRA: ¡Oh, queridísimas mujeres; oh, ciudadanas, ved a este Orestes que palabras astutas decían muerto y que la misma astucia nos vuelve sano y salvo!

CORO: Ya le vemos, ¡oh, hija!, y, por causa de la alegría de un tan feliz suceso, las lágrimas brotan de nuestros ojos.


Estrofa

ELECTRA: ¡Oh, retoño, retoño de un padre queridísimo, al fin has venido, has vuelto a hallar, te has acercado, has visto a los que deseabas grandemente!

ORESTES: Henos aquí. Pero aguarda en silencio.

ELECTRA: ¿Qué es ello, pues?

ORESTES: Lo mejor es callar, no sea que alguien oiga en la morada.

ELECTRA: Pero, por la virgen Artemis que me protege, no hay nada que temer de ese inútil rebaño de mujeres que están en la morada.

ORESTES: Piensa, sin embargo, que el espíritu de Ares está también en las mujeres, como tú misma lo experimentaste en otro tiempo.

ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Ay! Me evocas el claro recuerdo de la desgracia que nos hirió, y que no puede ser ni olvidada, ni aniquilada.

ORESTES: Lo sé también, pero no es necesario recordar eso sino en el momento preciso.


Antístrofa

ELECTRA: ¡Ah! Todo momento, todo momento es bueno para declarar legítimamente estas cosas, porque he aquí que puedo al cabo hablar con libertad.

ORESTES: Pienso como tú. Así, pues, conserva esa libertad.

ELECTRA: ¿De qué modo?

ORESTES: No hablando largamente cuando ello es inoportuno.

ELECTRA:¿Quién, pues, pensará que es prudente callar en vez de hablar, cuando me es dado volverte a ver de pronto y contra toda esperanza?

ORESTES: Me has vuelto a ver cuando los Dioses me han ordenado volver.

ELECTRA: Me siento llena de una alegría aún más grande al saber que un dios ha hecho que vinieses a esta morada, porque pienso que ello es verdaderamente cosa de un dios.

ORESTES: No quisiera reprimir tu alegría; sin embargo, tengo el temor de que te abandones a ella con exceso.

ELECTRA: ¡Oh, tú que, después de tanto tiempo, has hecho este viaje afortunado, y que te has dignado mostrarte a mí, viéndome agobiada de males! No me...

ORESTES: ¿Qué no debo hacer?

ELECTRA: No me prohíbas gozar del placer de tu presencia.

ORESTES: Me sentiría, por el contrario, muy irritado si viese que se te prohibía.

ELECTRA: ¿Estás conforme, pues, conmigo?

ORESTES: ¿Por qué no?

ELECTRA: ¡Oh, amigas! Cuando supe esta noticia que jamás había esperado, aunque estaba desesperada, escuché muda y desventurada. Pero ya te poseo ahora; te me has aparecido, ostentando tu amadísimo rostro que jamás he olvidado, ni aun abrumada por las mayores desdichas.

ORESTES: ¡Basta de palabras superfluas! No me digas ni que mi madre es mala, ni que Egisto, agotando la morada de las riquezas paternas, las esparce y las disipa sin medida; porque las palabras inútiles harían perder un tiempo propicio. Infórmame más bien acerca de las cosas presentes, di en qué lugar debemos aparecer, o permanecer ocultos, para que reprimamos con nuestra llegada a nuestros insolentes enemigos. Y ten cuidado, cuando hayas entrado en la morada, con venderte, por tu semblante alegre, ante tu madre cruel; antes bien, laméntate por la falsa desgracia que se te ha anunciado. Cuando la cosa esté felizmente terminada, entonces será lícito reír y regocijarse libremente.

ELECTRA: ¡Oh, hermano! Todo lo que te plazca me placerá igualmente, porque recibo de ti y no de mí misma la dicha de que gozo; y no me atreveré a serte importuna, aun con la mayor ventaja para mí, porque serviría mal así al Genio que nos es ahora propicio. Ya sabes las cosas que pasan aquí, ¿cómo no, en efecto? Has oído que Egisto está ausente de la morada y que mi madre se encuentra en ella; pero no temas que ella vea en mí jamás un semblante alegre, porque un viejo odio está inmutable en mí, y después de haberte visto no cesaré jamás de derramar lágrimas de alegría. ¿Y cómo he de cesar de llorar, yo que, en un mismo momento, te he visto muerto y vivo? Me has causado una alegría tan inesperada, que, si mi padre volviese vivo, su vuelta no me parecería ya un prodigio, y creería verle, en efecto. Puesto que de este modo has vuelto hacia nosotros, conduce el asunto como es tu propósito; porque, si hubiese estado sola, hubiera alcanzado uno de estos dos objetos: o me habría gloriosamente libertado o habría sucumbido gloriosamente.

ORESTES: Os aconsejo el silencio, porque oigo que alguien sale de la morada.

ELECTRA: ¡Entrad, oh extranjeros! Por lo demás, lo que traéis no encontrará nadie en esta morada que lo rechace o que lo acoja de buen grado.

(Se presenta el PEDAGOGO.)
PEDAGOGO: ¡Oh, en extremo insensatos e imprevisores! ¿No os cuidáis, pues, de vuestra vida, o habéis perdido el juicio, que no os apercibís de que la desgracia está cerca, o que, más bien, estáis sumidos en ella del modo más peligroso? Si yo no vigilase desde hace mucho rato delante de las puertas, los propósitos que meditáis habrían penetrado en la morada antes que vosotros. Pero yo he previsto eso. Así, pues, terminando los largos discursos y los clamores alegres y sin medida, entrad; porque está mal vacilar en tal empresa, y he aquí la ocasión de obrar con una gran prontitud.

ORESTES: ¿Cómo se presentarán las cosas cuando yo haya entrado?

PEDAGOGO: Del mejor modo, pues, por fortuna, nadie te conoce.

ORESTES: Seguramente has anunciado que había muerto.

PEDAGOGO: Sabe que eres aquí un habitante del Hades.

ORESTES: ¿Se regocijan con esa noticia? ¿Qué dicen?

PEDAGOGO: Ya te responderé, terminado el asunto. Por el momento, todo lo que atañe a ellos va bien, hasta lo que es malo.

ELECTRA: ¿Quién es éste, hermano? ¡Dímelo, por los Dioses!

ORESTES: ¿No le conoces?

ELECTRA: No me acude nada de él a la memoria.

ORESTES: ¿No te acuerdas ya de aquel en cuyas manos me pusiste en otro tiempo?

ELECTRA: ¿De quién? ¿Qué dices?

ORESTES: ¿Cuyas manos, por tu previsión, me llevaron a tierra focidia?

ELECTRA: ¿Éste es aquél? ¿El único que encontré fiel entre todos, cuando mi padre fue entregado a la muerte?

ORESTES: Éste es aquél. No me preguntes más.

ELECTRA: ¡Oh, amadísima luz! ¡Oh, único salvador de la casa de Agamenón! ¿Cómo has venido aquí? ¿Eres tú el que nos ha salvado, a éste y a mí, de innumerables males? ¡Oh, amadísimas manos! ¡Oh, tú, cuyos pies nos han prestado un felicísimo servicio! ¿Por qué me engañabas, cuando estabas presente, y no te revelabas a mí, sino que, al contrario, me matabas con tus palabras, teniendo por mí tan benévolos designios? Salud, ¡oh, padre!, porque me parece ver a un padre. ¡Salud! ¡Sabe que, de todos los hombres, eres el que en un mismo día he más aborrecido y más amado!

PEDAGOGO: Basta. Numerosas noches y numerosos días transcurrirían, Electra, si me fuese preciso referirte lo que ha pasado desde aquel tiempo; pero a vosotros dos, que estáis aquí, os digo que ha llegado el tiempo de obrar. Clitemnestra está ahora sola y no hay hombre alguno en la morada; pero, si tardáis, pensad que tendréis que combatir, juntamente con éstos, a otros muchos enemigos más hábiles.

ORESTES: ¡No hay necesidad de más largos discursos, Pílades! Es preciso entrar apresuradamente, habiendo saludado primero las imágenes de los Dioses paternos, a todas, tantas cuantas están bajo este propíleo.

(Entran en palacio ORESTES, PÍLADES y el PEDAGOGO.)
ELECTRA: ¡Rey Apolo! Escúchanos favorablemente, a ellos ya mí, que frecuentemente he tendido hacia ti mis manos llenas de presentes tanto cuanto he podido. Ahora, ¡oh, Apolo Licio!, vengo a ti, suplicándote con palabras, la única cosa que poseo; y te pido y te suplico que nos ayudes benévolamente en esta empresa, y que muestres a los hombres qué recompensas reservan los Dioses a la impiedad.

(Entra ELECTRA en palacio.)

Estrofa

CORO: ¡Ved adónde se precipita Ares , que respira una sangre ineluctable! Entran en la morada los Perros inevitables, vengadores de los crímenes horribles. Por eso no esperaré más tiempo, pues va a realizarse el acontecimiento que mi espíritu había previsto; porque el Vengador de los muertos entra con pie furtivo en la morada en que están las antiguas riquezas paternas, teniendo en las manos la espada recién aguzada. Y el hijo de Maya, Hermes, cubriéndole de tinieblas, le lleva a su objeto sin más tardar.

(Sale ELECTRA.)
ELECTRA: ¡Oh, queridísimas mujeres! Los hombres van a llevar a cabo su obra, guardad silencio.

CORIFEO: ¿Cómo? ¿Qué hacen ahora?

ELECTRA: Ella prepara la urna funeraria y ellos están de pie cerca de ella.

CORIFEO: ¿Por qué has salido?

ELECTRA: A fin de vigilar para que Egisto no penetre bajo este techo por nuestra imprudencia.

CLITEMNESTRA (Desde el interior del palacio.): ¡Ay de mí! ¡Ay! ¡Oh, morada vacía de amigos y llena de asesinos!

ELECTRA: Alguien grita en la morada. ¿No oís, oh, amigas?


Estrofa

CORO: ¡Desgraciada! He oído clamores espantosos, y estoy toda sobrecogida de horror.

CLITEMNESTRA: ¡Desdichada de mí! Egisto, ¿dónde estás?

ELECTRA: Alguien grita de nuevo.

CLITEMNESTRA: ¡Oh, hijo, hijo! ¡Ten piedad de tu madre!

ELECTRA: Pero tú no tuviste piedad de él en otro tiempo, ni del padre que le engendró.

CORO: ¡Oh, ciudad! ¡Oh, raza miserable, tu destino es perecer, perecer a la luz de este día!

CLITEMNESTRA: ¡Desdichada de mí! ¡Estoy herida!

ELECTRA: Hiérela de nuevo, si puedes.

CLITEMNESTRA: ¡Ay de mí! ¡Otra vez!

ELECTRA: ¡Pluguiera a los Dioses que Egisto lo fuese al mismo tiempo que tú!

CORO: Las imprecaciones se han cumplido: viven aquellos a quienes la tierra recubre. Los que han sido muertos vierten al fin a su vez la sangre de sus matadores. Pero heles aquí, todos cubiertos de sangre de la víctima sacrificada a Ares, y no tengo nada que decir.

(Salen ORESTES y PÍLADES de palacio.)
ELECTRA: Orestes, ¿en qué va vuestra obra?

ORESTES: Todo va bien en la morada, si Apolo ha profetizado bien.

ELECTRA: ¿Ha muerto la miserable?

ORESTES: No tienes ya que temer en adelante verte ultrajada por las palabras injuriosas de tu madre.


Antístrofa

CORO: Haced silencio, porque veo a Egisto.

ELECTRA: ¡Oh, hijas! ¿No entraréis?

ORESTES: ¿Dónde veis al hombre?

ELECTRA: Hele aquí. Viene hacia nosotros, alegre, saliendo del arrabal.

CORO: Retiraos prontamente bajo el pórtico; acabad felizmente lo que habéis felizmente realizado ya.

ORESTES: Tranquilízate; lo acabaremos.

ELECTRA: Haz, pues, pronto lo que has resuelto.

ORESTES: Heme aquí.

ELECTRA: yo me ocuparé de lo que es preciso hacer aquí.

CORO: Es preciso deslizar algunas dulces palabras en los oídos de este hombre para que se lance imprudentemente en el combate oculto de la justicia.

(Entra en escena EGISTO.)
EGISTO: ¿Quién de vosotros sabe dónde están esos extranjeros focidios, que han venido a anunciarnos que Orestes había perdido la vida en un naufragio de carros?
(A ELECTRA.)
Ciertamente, a ti es a quien hablo, a ti, digo, siempre tan tenaz hasta aquí; porque creo que debes estar con gran cuidado por esa noticia y debes saberla perfectamente.

ELECTRA: La sé, ¿cómo no había de saberla? Estaría, en efecto, ignorante acerca de lo que me es más querido.

EGISTO: ¿Dónde están, pues, esos extranjeros? Dímelo.

ELECTRA: En la morada. Han recibido allí una hospitalidad amistosa.

EGISTO: ¿Han anunciado que había seguramente muerto?

ELECTRA: Han puesto la cosa de manifiesto; no han hablado solamente.

EGISTO: Podemos, pues, asegurarnos de ello claramente.

ELECTRA: Sin duda, y es un espectáculo lamentable.

EGISTO: Ciertamente, contra tu costumbre, me causas una gran alegría.

ELECTRA: Regocíjate, si ello es de naturaleza que te regocije.

EGISTO: Ordeno que se calle y que se abran las puertas, para que toda la multitud de los micenios y de los argivos mire, y que, si alguno de ellos estaba todavía lleno de esperanza, desespere de la vuelta de ese hombre viéndole muerto, y, viniendo a sanas resoluciones, acepte mi freno, sin ser obligado a ello por la fuerza o por el castigo.

ELECTRA: He hecho lo que podía ser hecho por mí. He aprendido al fin a ser prudente y a someterme a los más fuertes.

(Se abren las puertas de palacio y le contempla un cadáver tapado con un velo, y en pie a ambos lados de él le muestran ORESTES y PÍLADES.)

EGISTO: ¡Oh, Zeus! Veo la forma de un hombre muerto por la envidia de los Dioses. Si no es lícito hablar así, no he dicho nada. Quitad ese velo fuera de mis ojos, para que con mis lamentos honre a mi pariente.

ORESTES: Quítalo tú mismo. Toca a ti y no a mí contemplar esos restos y hablarles afectuosamente.

EGISTO: Me aconsejas bien, y haré lo que dices. En cuanto a ti, llama a Clitemnestra, si está en la morada.

ORESTES: Ahí está, cerca de ti. No mires ninguna otra cosa.

EGISTO: ¡Desdichado de mí! ¿Qué veo?

ORESTES: ¿Qué temes? ¿No la reconoces?

EGISTO: ¡Desgraciado! ¿En medio de los lazos de qué hombres he caído?

ORESTES: ¿No adivinas que hablas hace largo tiempo a vivos como si estuviesen muertos?

EGISTO: ¡Ay! Comprendo esa palabra, y el que me habla no puede ser otro que Orestes.

ORESTES: Aunque seas un excelente adivino, te has engañado largo tiempo.

EGISTO: ¡Ay de mí! Soy muerto. Pero permíteme al menos decir algunas palabras.

ELECTRA: Por los Dioses, hermano, no permitas que hable más largo tiempo y prolongue sus discursos. ¿Para qué, en efecto, cuando un hombre, presa de la desgracia, debe morir, darle un poco de espera? Mátale, pues, prontamente, y abandónale, muerto, a quienes le sepulten lejos de nuestros ojos, de una manera digna de él. Ése será el único remedio para mis largas miserias.

ORESTES: Apresúrate a entrar. No se trata ahora de discursos, sino de tu vida.

EGISTO: ¿Para qué me conduces a la morada? Si la acción que cometes es buena, ¿por qué llevarla a cabo en las tinieblas? ¿Por qué no matarme al instante?

ORESTES: No mandes. Ve adonde mataste a mi padre, para morir en el mismo sitio.

EGISTO: ¿Estaba, pues, en el destino que esta morada viese las calamidades presentes y futuras de los Pelópidas?

ORESTES: En cuanto a las tuyas, seguramente. En esto seré para ti un adivino muy verídico.

EGISTO: Te envaneces de una ciencia que no poseía tu padre.

ORESTES: Hablas demasiado, y no das un paso. Marcha, pues.

EGISTO: Ve delante.

ORESTES: Es preciso que me precedas.

EGISTO: ¿Temes que me escape?

ORESTES: Ciertamente, no morirás como pretendes, sino como me conviene, para que tu muerte no carezca ni siquiera de esta amargura. Este castigo debería ser el de todos aquellos que quieren ser más poderosos que las leyes, es decir, la muerte. De este modo, los malvados serían menos numerosos.

CORO: ¡Oh, raza de Atreo, qué innumerables calamidades has sufrido antes de libertarte por este último esfuerzo!