Experiencias paranormales en una huerta y un cementerio de Arequipa | CASO DE EXPEDIENTE OCULTO
Desde muy pequeña, Eloísa sintió que su vida estaba rodeada de situaciones difíciles de explicar. No eran simples sustos ni imaginaciones pasajeras, sino episodios que se grabaron con fuerza en su memoria y que, con el paso de los años, terminaron marcando su forma de percibir el mundo. Al recordar su infancia y juventud, emerge un relato cargado de sensaciones, silencios y creencias populares profundamente arraigadas en muchas familias del sur del Perú.
La huerta
La casa donde creció Eloísa era grande y estaba organizada alrededor de varios patios. En uno jugaban los niños, en otro se reunían los adultos, y al fondo se encontraba la huerta junto a la cocina. Como muchas viviendas antiguas, no contaba con baños dentro de las habitaciones, sino que estos se ubicaban en el exterior, obligando a atravesar los patios durante la noche.
Cuando Eloísa tenía alrededor de diez años, ese recorrido nocturno se convirtió en una experiencia que nunca olvidaría. Aunque había iluminación, el trayecto siempre le generaba miedo, por lo que solía pedir que su madre o su abuela la acompañaran. Una noche, al no contar con la presencia de su abuela, decidió ir sola mientras su madre la observaba desde la puerta de la sala.
Al regresar corriendo del baño, sintió claramente un fuerte tirón que la hizo retroceder varios pasos. No fue una sensación vaga ni una simple impresión. Tanto ella como su madre vieron cómo su cuerpo se movía bruscamente hacia atrás, algo imposible de explicar como un simple tropiezo. Ese instante marcó el inicio de una serie de consecuencias físicas y emocionales que preocuparon profundamente a su familia.
Los rituales de protección
Tras aquel episodio, Eloísa cayó en un estado de fiebre y debilidad por varios días. Su madre relató que, al cargarla, sentía que su peso era mayor de lo normal, como si algo invisible se aferrara a ella. No fue hasta la llegada de su abuela que la familia recurrió a prácticas tradicionales para aliviar lo que consideraban un susto profundo.
La abuela realizó un antiguo ritual conocido como santiguar, una costumbre muy extendida para ayudar a los niños que no podían dormir o que habían pasado por una experiencia traumática. A través de rezos y prácticas simbólicas, buscaba devolver la calma y cerrar aquello que se había abierto con el miedo.
Desde ese momento, Eloísa sintió que se volvió más sensible a todo lo que la rodeaba. Aunque evitó involucrarse en situaciones que pudieran exponerla nuevamente a lo desconocido, continuó viviendo episodios que, según ella, llenarían horas enteras de conversación si los relatara todos.
Una visita al cementerio de Arequipa
A los dieciocho años, mientras estudiaba y trabajaba dando clases de inglés, vivió una experiencia distinta pero igual de perturbadora. Una de las madres de sus alumnas le pidió que, además de dictar clases, cuidara a su hija durante una tarde. La niña propuso visitar la tumba de su abuelo, fallecido recientemente, alguien a quien Eloísa también apreciaba.
Ambas se dirigieron al cementerio de La Apacheta, uno de los más antiguos de Arequipa. Recorrieron sus pasadizos durante largo tiempo, observando las imágenes y esculturas que decoran el lugar, algunas inspiradoras y otras inquietantes por su apariencia. Cuando ya se disponían a marcharse, Eloísa sintió claramente cómo algo le jalaba la media, a la altura de la pierna.
Pensó que se había enganchado con algún objeto en el suelo, pero al mirar no encontró nada que explicara esa sensación. En ese instante, la niña señaló el lugar exacto donde se encontraba el nicho de su abuelo, ubicado en un nivel elevado. ¿Fue acaso el espíritu del abuelo quien le avisó dónde se encontraba su tumba?
Luego del susto, la joven y su acompañante dejaron las flores, rezaron y se retiraron, pero la inquietud no abandonó a Eloísa.
Que no regrese a casa
Al contar lo sucedido a su abuela, recibió una reprimenda inmediata. Según las creencias populares de su familia, ciertas visitas no debían hacerse sin protección, especialmente cuando se trataba de niños o jóvenes. Antiguamente, al salir de un cementerio, los mayores arrancaban ramas de molle de los árboles cercanos y las pasaban por el cuerpo para evitar que alguna presencia los siguiera hasta casa.
Ese mismo ritual fue realizado con Eloísa al llegar a su hogar. Su abuela recorrió su cuerpo con las ramas mientras repetía palabras destinadas a alejar cualquier energía extraña. Luego, las ramas fueron arrojadas a la calle, como símbolo de cierre y protección.
Estas prácticas, transmitidas de generación en generación, formaban parte de un conjunto de creencias profundamente arraigadas en la vida familiar. Para Eloísa, no eran simples supersticiones, sino respuestas concretas a experiencias que no encontraba forma de explicar racionalmente.
A lo largo de su vida, estas vivencias se repitieron de distintas maneras, siempre acompañadas por la sensación de que el mundo visible no es el único que nos rodea. Y tú, después de conocer esta historia, ¿crees que las creencias heredadas pueden protegernos de aquello que no logramos comprender?



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