CARTAS DE FLAUBERT: El cielo está limpio; brilla la luna…

[Croisset] Medianoche del sábado al domingo
[8 de septiembre de 1846].

El cielo está limpio; brilla la luna. Oigo cantar a unos marinos, que levan el ancla para zarpar con la marea que se presenta. No hay nubes, ni viento. El río está blanco bajo la luna, y negro en la sombra. Las mariposas revolotean en torno a mis velas, y me llega el olor de la noche por las ventanas abiertas. ¿Y tú, duermes? ¿Estás en la ventana? ¿Piensas en el que piensa en ti? ¿Sueñas? ¿De qué color es tu sueño? Hace ocho días de nuestro hermoso paseo por el Bois de Boulogne. ¡Qué abismo desde aquel día! Aquellas horas deliciosas transcurrieron para los demás, sin duda, como las anteriores y como las que siguieron; pero para nosotros fue un momento radiante cuyo reflejo siempre iluminará nuestro corazón. Qué dicha y qué ternura tan hermosas, ¿verdad, alma mía? Si fuera rico, compraría aquel carruaje y lo guardaría en mi cochera para no volver a utilizarlo nunca más. Sí, volveré, y pronto, pues pienso en ti siempre; sueño siempre con tu rostro, con tus hombros, tu cuello blanco, tu sonrisa, tu voz apasionada, violenta y suave a la vez como un grito de amor. Creo haberte dicho ya que amo sobre todo tu voz.

Esta mañana aguardé al cartero una hora larga en el muelle. Hoy traía retraso. ¡Cuántos corazones ha hecho latir sin saberlo ese imbécil, con su cuello de uniforme rojo! Gracias por tu buena carta; pero no me quieras tanto, no me quieras tanto, ¡me hace daño! Déjame que yo te quiera. ¿No sabes que amar demasiado trae mala suerte a ambos? Es como los niños a quienes se ha mimado demasiado de pequeños: mueren jóvenes. La vida no está hecha para eso; la felicidad es algo monstruoso, y quienes la buscan son castigados.

Mi madre permaneció ayer y anteayer en un estado horroroso; tenía alucinaciones fúnebres. Me pasé el tiempo a su lado. No sabes lo que es tener que llevar solo el peso de semejante desesperación. Acuérdate de esta línea, si alguna vez te crees la más desdichada de todas las mujeres. Hay una que lo es más de cuanto se puede serlo; el grado superior es la muerte o la locura furiosa.

Antes de conocerte estaba tranquilo, o había llegado a estarlo. Entraba en un período viril de salud moral. Mi juventud ha pasado. La enfermedad nerviosa que me ha durado dos años ha sido su conclusión, su cierre, su resultado lógico. Para haber tenido lo que tuve es preciso que algo, anteriormente, haya sucedido en mi caja craneana de modo bastante trágico. Después, todo se había restablecido; yo había visto claro en las cosas y en mí mismo, lo que es menos frecuente. Avanzaba con la rectitud de un sistema particular hecho para un caso especial. En mí mismo lo había comprendido todo, separado y clasificado, de manera que, hasta entonces, no había época en mi existencia en que me hubiera encontrado más tranquilo, mientras que a todo el mundo, al contrario, le parecía que era ahora cuando merecía lástima. Viniste a revolverlo todo con la punta del dedo. El viejo poso volvió a hervir, y el lago de mi corazón se agitó. ¡Pero es que la tempestad está hecha para el Océano! Cuando se enturbian los estanques, de ellos no se exhalan sino olores malsanos. Para decirte esto es preciso que te ame. Olvídame si puedes, arráncate el alma con ambas manos, y pisotéala para borrar la huella que he dejado. Venga, no te enfades.
No, te abrazo, te beso. Estoy loco. Si estuvieses aquí, te mordería; tengo ganas de hacerlo, yo, de cuya frialdad se burlan las mujeres, y a quien han fabricado la caritativa reputación de no utilizarlas —las utilizaba tan poco... Sí, ahora me siento con apetitos de fiera salvaje, con instintos de amor carnicero y desgarrante; no sé si esto es amar. Quizá sea lo contrario. A lo mejor, en mí, lo importante es el corazón.

La deplorable manía del análisis me agota. Dudo de todo, e incluso de mi duda. Me has creído joven y soy viejo. Con frecuencia he charlado con ancianos sobre los placeres de este mundo, y siempre me ha asombrado el entusiasmo que reanimaba en ese momento sus ojos apagados, así como el ver que no salían de su sorpresa al considerar mi modo de ser; y me repetían: «¡A su edad! ¡A su edad! ¡Usted! ¡Usted!». Quitando la exaltación nerviosa, la fantasía de la imaginación y la emoción del minuto, poco me quedará. He aquí el reverso del hombre. No estoy hecho para
gozar. No hay que tomar esta frase en un sentido material, sino captar su intensidad metafísica. Siempre me digo que voy a hacer tu desdicha, que sin mí tu vida no se habría visto alterada, que llegará un día en que nos separaremos (y me indigno de ello con antelación). Entonces la náusea de la vida me vuelve a la boca, experimento un asco inaudito de mí mismo, y una ternura muy cristiana hacia ti.

Otras veces, ayer por ejemplo, cuando hube cerrado tu carta, tu recuerdo canta, sonríe, toma color y baila como un alegre fuego que nos envía sus colores matizados y un calorcillo penetrante. El movimiento de tu boca cuando hablas se reproduce en mi memoria, lleno de gracia, de atractivo, irresistible, provocador; tu boca, tan rosa y húmeda, que llama al beso, que lo atrae hacia ella con una aspiración sin igual. ¡Qué buena idea tuve al quedarme tus zapatillas! ¡Si supieras cómo las miro! Las manchas de sangre amarillean y se debilitan. ¿Es culpa de ellas? Nosotros haremos igual. Un año, dos años, seis... ¿qué importa? Todo lo que se mide pasa, todo lo que se cuenta tiene un fin.

En cuanto a infinito, sólo el cielo lo es a causa de sus estrellas, la mar debido a sus gotas de agua y el corazón debido a sus lágrimas. Sólo por eso es grande; todo lo demás es pequeño. ¿Acaso miento? Reflexiona, trata de estar tranquila. Una o dos alegrías llenan el corazón, pero todas las miserias de la humanidad pueden darse cita en él; vivirán allí como huéspedes.

Me hablas de trabajo; sí, trabaja, ama el Arte. De todas las mentiras, aún es la menos engañosa. Trata de amarlo con un amor exclusivo, ardiente, abnegado. No te defraudará. Sólo la Idea es eterna y necesaria. Ya no quedan de aquellos artistas como los de antaño, de aquellos cuya vida y cuya muerte eran instrumentos ciegos del apetito de lo Bello, órganos de Dios mediante los que se demostraba a sí mismo. Para ellos no existía el mundo; nadie supo de sus dolores; cada noche se acostaban tristes, y contemplaban la vida humana con una mirada asombrada, como miramos los hormigueros.

Me juzgas como una mujer. ¿He de quejarme de eso? Me quieres tanto, que te engañas a mi respecto; en mí encuentras talento, ingenio y estilo... ¡Yo! ¡Yo! ¡Vas a volverme vanidoso, a mí que tenía el orgullo de no serlo! Mira cuánto pierdes ya por haberme conocido. El sentido crítico se te escapa, y tomas por un gran hombre al señor que te quiere. Ojalá lo fuera, para que estuvieras orgullosa de mí (pues soy yo quien lo está de ti. Me digo: ¡pero es ella, sin embargo, la que te quiere! ¿Es posible? ¡Es ella!). Sí, quisiera escribir cosas hermosas, grandes cosas que te hicieran llorar de admiración. Estrenaría una comedia, estarías en un palco, me escucharías, oirías los aplausos. Pero, al contrario, si me subes siempre hasta tu nivel, ¿no va a alcanzarte el cansancio?... Cuando era niño soñé con la gloria, como todo el mundo, ni más ni menos. El sentido común me brotó tarde, aunque con sólidas raíces. Así que es muy problemático que el público disfrute alguna vez de una sola línea mía; y si tal cosa ocurre, no será antes de diez años, por lo menos.

No sé cómo me he visto impulsado a leerte algo; perdóname esa debilidad. No he podido resistir a la tentación de hacer que me apreciaras. ¿Acaso no estaba seguro del éxito? ¡Qué puerilidad por mi parte! Tu idea de querer unirnos en un libro era tierna; me ha emocionado; pero no quiero publicar nada. Es un prejuicio, una promesa que me hice en una época solemne de mi vida. Trabajo con desinterés absoluto y sin segunda intención, sin preocupaciones ulteriores. No soy ruiseñor, sino curruca de grito agrio que se oculta en el fondo de los bosques para no ser oída sino por ella misma. Si un día salgo a la palestra, será con la armadura completa; pero nunca tendré bastante aplomo. Ya se apaga mi imaginación, flaquea mi elocuencia, mi propia frase me aburre, y si conservo las que escribí es porque me gusta rodearme de recuerdos, igual que no vendo mis trajes viejos. Vuelvo a verlos, a veces, al desván donde se guardan, y pienso en el tiempo en que eran nuevos, y en todo lo que hice cuando los llevaba.

¡A propósito! Estrenaremos juntos el vestido azul. Trataré de llegar una tarde hacia las seis. Tendremos toda la noche, y el día siguiente. ¡Quemaremos la noche! Seré tu deseo, tú el mío, y nos saciaremos uno de otro, para ver si podemos hartarnos. ¡Nunca, no, nunca! Tu corazón es una fuente inagotable, en la que me haces beber a borbotones; me inunda, me penetra, me ahoga. ¡Qué hermosa era tu cabeza, pálida y temblorosa bajo mis besos! Pero ¡qué frío estaba yo! No me ocupaba más que de mirarte; estaba sorprendido, encantado. Ahora, si te tuviera, es cuando... Venga, voy a volver a mirar tus zapatillas. Ésas no me dejarán nunca. Creo que las quiero tanto como a ti. Quien las hizo no sospechaba el temblor de mis manos al tocarlas. Las respiro: huelen a verbena, y despiden un olor a ti que me hincha el alma.

Adiós, vida mía, adiós, mi amor, mil besos por todas partes. Que me escriba Fidias, y acudo. Este invierno ya no habrá manera de que nos veamos; pero iré a París para tres semanas, por lo menos. Adiós, te beso donde volveré a besarte, donde quise; pongo ahí mi boca. Me revuelco sobre ti.

Mil besos.
¡Oh, dámelos, dámelos!

1 comentario:

Victor Angel A. A. dijo...

Magnifico desde un principio hasta un casi triste final...BIEN HECHO!