COLABORACIÓN: EL CASO DE ABDUCCIÓN DE JULIO F.


Por Jesús Gómez* (España)

Todo comenzó el 5 de febrero de 1978 en Madrid, un hombre llamado Julio F. aficionado a la cacería puso rumbo al último día de veda en Casavieja (Ávila), acompañado de su fiel amigo, su perro Mus.

Julio cogió su arma y en compañía de su perro emprendió viaje montado en su coche, un Seat 124 cubierto de escarcha, eran las tres y media de la madrugada.

Antes de llegar a su destino, Julio y su perro Mus se detuvieron en el kilómetro 113 de la Nacional II, una cafetería donde se percataron de un extraño personaje, un camarero enorme, de más de dos metros de altura que usaba guantes de plástico amarillos, algo inusual en un camarero, sus movimientos eran de torpeza y además desprendía un fuerte olor a pino. Julio salió de allí extrañado ante semejante personaje y se dispuso de nuevo a continuar su camino.


Una vez montado en el coche, el vehículo sorprendentemente dejó de funcionar y no arrancaba, el protagonista de esta historia bajó rápidamente y revisó los motores del coche cuando su perro Mus empezó a ladrar impulsivamente y de manera insistente, esto inquietó a Julio de una forma inusual hasta que se dio la vuelta siguiendo la mirada de su perro y asombrado con la sangre helada que recorría sus venas, observó a dos individuos imponentes y enormes con los brazos pegados al cuerpo que iban directamente hacia él, vestían un traje de una sola pieza sin costuras, de color plateado y que les cubría hasta los pies.

Sus ojos eran redondos y grandes, propios de algo no humano, su caminar como el de dos autómatas y que además no reproducían ninguno sonido al andar, se acercaron hasta el inmóvil Julio y les invitaron a que les acompañasen.

Su perro Mus continuó ladrando y llorando inquieto ante semejante situación, Julio decidió acompañar a estos dos enormes seres y al girar unos metros se encontró una nave espacial enorme de color metálico y con una altura de un edificio de cuatro pisos.

El olor de pino que notó Julio en la cafetería inundaba el ambiente, esos seres le dijeron que se debía a su campo iónico que les envolvía, además la nave espacial ni siquiera estaba posada sobre el suelo, más bien levitaba levemente en un acto sorprendente de ingravidez.



Una vez dentro de aquella nave, Julio y su fiel amigo acompañados de esos dos enormes seres fueron examinados, al perro le extrajeron sangre mientras que Julio fue adormecido con quien sabe qué o con que fuerza extraterrestre consiguieron esos seres dejar paralizado a nuestro personaje de manera que poco puedo hacer para evitar que examinaran a su perro, una vez terminados todos esos análisis, los enormes seres autómatas dejaron tanto a Julio como a su perro de nuevo libres.


Lugar donde supuestamente se posó aquella nave espacial

Ya fuera de la nave era de noche y un campo estrellado recibía a Julio y a su perro Mus que pálidos y sin mirar atrás se montaron de nuevo en su vehículo donde estuvieron varios minutos en silencio tratando de procesar todo lo que les había pasado aquella noche.

Esta vez el coche de Julio sí arrancó a la primera y pusieron de nuevo rumbo a Madrid.

Estamos ante uno de los encuentros del tercer tipo más importantes que haya podido existir y posiblemente el caso español más importante de la historia de la ufología.

Julio F. falleció en 1992 seguramente llevándose a su tumba muchos más secretos de los que realmente contó.


Julio F. (der.) acompañado de su perro Mus y el periodista de investigación y director de la revista Año Cero, Enrique de Vicente

Las pocas pruebas comprobadas de que aquel suceso pudo ser verdad es que el perro que supuestamente había sido analizado por aquellos seres presentaba un pinchazo extraño en una de las patas y que dada la experiencia de veterinario de Julio F. no llegó nunca a comprender a que se debía aquella cicatriz.

Otras de las pruebas es que mediante una de las numerosas regresiones hipnóticas realizadas a Julio F. se pudo comprobar que la cafetería a la que acudió aquella madrugada no abría los domingos y que por tanto podemos estar ante un claro ejemplo de cómo estos seres venidos o no de otros mundos pueden manejar a su antojo la mente humana y manipular a su antojo el espacio y el tiempo dado que se pudo verificar también que el reloj de pulsera que llevaba Julio aquel día se quedó paralizado cuando éste entró en aquella nave espacial, para Julio sólo trascurrieron tres minutos mientras que en realidad pasaron más de tres horas.

Un último detalle es que estos supuestos seres de otros mundos repetían en numerosas ocasiones la siguiente frase: “tres siete cuadrado” ¿Qué significaba para estos seres estas tres palabras que con tanta insistencia no paraban de repetir? Posiblemente nunca lo sabremos.



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