CARTA DE JOSÉ SANTOS CHOCANO A EDWIN ELMORE




Ciudad, 31 de octubre de 1925.

Edwin Elmore.

E. P. M.

Desgraciado joven:

Aunque no tiene usted la culpa de haber sido engendrado por un traidor a su patria, tengo el derecho de creer que los chilenos han pagado a usted para insultarme, como pagaron a su padre para que denunciara las minas que defendieron el Morro de Arica. Si a todos los peruanos les es esto familiar, a mí especialmente por mi condición de autor de «La Epopeya del Morro». Vive usted ahora del dinero que le produjo al padre suyo la infamia que cometió, y de él se vale para hacer «paseítos» en busca del artificio de un prestigio de «corre-ve-y-dile» de afectismos explotadores y fraternidades imposibles entre verdugos y víctimas, como Chile y el Perú.

Fue usted uno de los primeros en venir a adularme en cuanto volví al Perú. Hasta se propuso poner en práctica fórmula que redactó, que me consultó y que nadie aceptó, porque sus mismos compañeros lo tenían en ridículo, con excepción de quien como el amariconado Beltroy –otro adulador mío– es más ridículo todavía si cabe.

Pequeños farsantes todos ustedes. ¡Generación de cucarachas brotadas en el estercolero de la oligarquía civilista! El jefe –el paparruchero y charlatán Belaunde–, hijo de un defraudador de la Hacienda Pública. Usted, hijo de un traidor a su patria. El Beltroy, hijo de padres desconocidos, representan ustedes la hez de los intelectualizantes de este país, que necesitaría tener para una semana en el Gobierno no a una amable persona, sino a un Hombre, justiciero como yo, que acabaría sin piedad con la «raza de víboras» que sienten en sus venas correr el lodo en que se encharcaron sus padres.

Debe usted a Clemente Palma la vida, porque si sale publicado su articulejo de mayordomo o  cochero de los que algún valor personal o intelectual siquiera tienen, le hubiese yo sin el menor reparo destapado los sesos, con la misma tranquilidad con que se aplasta una cucaracha metamorfoseada en alacrán. Ni usted ni nadie me conoce aquí todavía en la debida forma. ¡Ojalá me brindase usted, desgraciado joven, esa oportunidad!

Miserable y cobarde es el que como usted no sería capaz de dirigir y publicar esos insultos soeces al hombre que está en el Poder. Pregúntele usted, digno hijo del traidor de Arica, a la misma hija del Mariscal Cáceres (ante cuyo recuerdo me arrodillo hoy), como yo, si dirigía y publicaba insultos contra quien si debía yo respetar no tenía en cambio miedo; fenómeno animal que ha heredado usted también de su padre. Generación de simples charlatanes que son incapaces de hacer con Leguía –hombre civil– lo que hacíamos los Hombres de mi generación con un militar formidable como era el Héroe de la Breña.

Entienda usted que si no se apresura a escribirme dándome plena satisfacción, seré yo el que publique esta carta –cuya copia me reservo–, y cuando le encuentre le escupiré la cara, para que si osa levantarme la mano destaparle los sesos. ¡Un peruano por quien un Rey, diez Gobiernos y tres Congresos se interesan, insultado por el hijo del traidor de Arica! Miserable. Como he aplastado a Vasconcelos te aplastaré a ti, si no te arrodillas a pedirme perdón. Yo para usted no podría ser sino su Patrón.

J. S. Chocano.



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