LOS NUEVE LIBROS DE LA HISTORIA - HERODOTO - LIBRO IX


Libro IX. Calíope.

I. Recibida, pues, dicha respuesta, dieron la vuelta hacia Esparta los enviados; pero Mardonio, luego que vuelto de su embajada Alejandro le dio razón de lo que traía de parte de los atenienses, saliendo al punto de Tesalia dábase mucha prisa en conducir sus tropas contra Atenas, haciendo al mismo tiempo que se le agregasen con sus respectivas milicias los pueblos por donde iba pasando. Los príncipes de la Tesalia, bien lejos de arrepentirse de su pasada conducta, entonces con mayor empeño y diligencia servían al persa de guías y adalides: de suerte que Tórax el lariseo, que escoltó a Jerjes en la huida, iba entonces abiertamente introduciendo en la Grecia al general Mardonio.

II. Apenas el ejército, siguiendo sus marchas, entró en los confines de la Beocia, salieron con presteza los tebanos a recibir y detener a Mardonio. Representáronle desde luego que no había de hallar paraje más a propósito para sentar sus reales que aquel mismo donde actualmente se encontraba; aconsejábanle, pues, con mucho ahínco, sin dejarle pasar de allí, que atrincherado en aquel campo tomara sus medidas para sujetar a la Grecia toda sin disparar un solo dardo, pues harto había visto ya por experiencia cuán arduo era rendir por fuerza a los griegos unidos, aunque todo el mundo les acometiera de consuno. —«Pero si vos, iban continuando, queréis seguir nuestro consejo, uno os daremos tan acertado, que sin el menor riesgo daréis al suelo con todas sus máquinas y prevenciones. No habéis de hacer para esto sino echar mano del dinero, y con tal que lo derraméis, sobornaréis fácilmente a los sujetos principales que en sus respectivas ciudades tengan mucho influjo y poderío. Por este medio lograréis introducir en la Grecia tanta discordia y división, que os sea bien fácil, ayudado de vuestros asalariados, sujetar a cuantos no sigan vuestro partido. »

III. Tal era el consejo que a Mardonio sugerían los tebanos: el daño estuvo en que no le dio entrada, por habérsele metido muy dentro del corazón el deseo de tomar otra vez a Atenas, parte por mero capricho y antojo, parte por jactancia, queriendo hacer alarde con su soberano, quien se hallaba a la sazón en Sardes, de que era ya dueño otra vez de Atenas, y pensando darle el aviso por medio de los fuegos que de isla en isla pasaran como correos. Llegado en efecto a Atenas, tomó a su salvo la plaza, donde no encontró ya a los atenienses, de los cuales parte supo haber pasado a Salamina, parte hallarse en sus galeras. Sucedió esta segunda toma de Mardonio diez meses después de la de Jerjes.

IV. Al verse Mardonio en Atenas, llama a un tal Muriquides, natural de las riberas del Helesponto y le despacha a Salamina; encargado de la misma embajada que a los de Atenas había pasado Alejandro el macedonio. Determinose Mardonio a repetirles lo mismo no porque no diera por supuesto que le era contrario y enemigo el ánimo de los atenienses, sino porque se lisonjeaba de que, viendo ellos conquistada entonces el Ática a viva fuerza, y puesta su patria en manos del enemigo, cediendo de su tenacidad primera, volverían quizá en su acuerdo. Con tal mira, pues, envió a Muriquides a Salamina.

V. Presentado éste delante del Senado de los atenienses, expuso la embajada que de parte de Mardonio les traía. Entre aquellos senadores hubo cierto Lícidas, cuyo parecer fue que lo mejor sería admitir el partido que Muriquides les hacía y proponerlo a la junta del pueblo, ora fuera que él de suyo así opinase, ora bien se hubiese dejado sobornar con las dádivas de Mardonio. Pero los atenienses, así senadores como ciudadanos, al oírtal proposición, miráronla con tanto horror, que rodeando a Lícidas en aquel punto le hicieron morir a pedradas, sin hacer por otra parte mal alguno a Muriquides, mandándole solamente que se fuera luego de su presencia. El grande alboroto y ruido que sobre el hecho de Lícidas corría en Salamina llegó veloz a los oídos curiosos de las mujeres, quienes iban informándose de lo que pasaba; entonces, pues, de impulso propio, exhortando unas a las otras a que las siguieran, y corriendo todas juntas hacia la casa de Lícidas, hicieron morir a pedradas a la mujer de éste, juntamente con sus hijos, sin que nadie les hubiese movido a ello.

VI. El motivo que para pasar a Salamina tuvieron entonces los de Atenas fue el siguiente: Todo el tiempo que vivían con la esperanza de que en su asistencia y socorro había de venirles un cuerpo de tropas del Peloponeso, estuviéronse firmes y constantes en no desamparar el Ática. Mas después que vieron que los peloponesios, dando treguas al tiempo, dilataban sobrado su venida, y oyendo ya decir que se hallaba el bárbaro marchando por la Beocia, les obligó su misma posición a que, llevando primero a Salamina cuanto tenían, pasasen ellos mismos a dicha isla. Desde allí enviaron a Lacedemonia unos embajadores con tres encargos; el primero de dar quejas a los Lacedomonios por la indiferencia con que miraban la invasión del Ática por el bárbaro, no habiendo querido en compañía suya salirle al encuentro hasta la Beocia; el segundo de recordarles cuán ventajoso partido les había a ellos ofrecido el persa a trueque de atraerles a su liga y amistad; el tercero de prevenirles que los atenienses al fin, si no se les socorría; hallarían algún modo como salir del ahogo en que se veían.

VII. He aquí cuál era entretanto la situación de los lacedemonios: hallábanse por una parte muy ocupados a la sazón en celebrar sus Hiacintias, así llamaban sus fiestas en honor del niño Hiacinto, empleándoles toda la atención y cuidado el célebre culto de su dios; y por otra andaban muy afanados en llevar adelante la muralla que sobre el istmo iban levantando y que tenían en estado ya de recibir las almenas. Apenas entrados, pues, en Lacedemonia los embajadores de Atenas, en cuya compañía venían los enviados de Megara y los de Platea, presentáronse a los Etoros, y les hablaron en estos términos: —«Venimos aquí de parte de los atenienses, quienes nos mandan declararos los siguientes partidos que el rey de los medos nos propone: primero, se ofrece a restituirnos nuestros dominios; segundo, nos convida a una alianza ofensiva y defensiva con una perfecta igualdad e independencia, sin doblez ni engaño; tercero, nos promete, y sale de ello garante, añadir a nuestra república el estado y provincia que nosotros queramos escoger. Pero los atenienses, tanto por el respeto con que veneramos a Júpiter Helenio, patrono de la Grecia, cuanto por el horror innato que en nosotros sentimos de ser traidores a la patria común, no le dimos oídos, rechazando su proposición, por más que nos viéramos antes, no como quiera agraviados, sino lo que es más, desamparados y vendidos por los griegos; y esto sabiendo muy bien cuánta mayor utilidad nos traería la avenencia que no la guerra con el persa. Ni esto lo decimos porque nos arrepintamos de lo hecho, protestando de nuevo que jamás nos coligaremos con el bárbaro, sino solamente para que se vea adónde llega nuestra fe y lealtad para con los griegos. Vosotros, si bien estábais temblando entonces de miedo, y por extremo recelosos de que no conviniéramos en pactos con el persa, viendo después claramente, por una parte, que de ninguna manera éramos capaces por nuestras opiniones de ser traidores a la Grecia, y teniendo ya, por otra, concluída en el istmo vuestra muralla, no contáis al presente ni mucho ni poco con los atenienses, pues no obstante de habernos antes prometido que con las armas en la mano saldríais hasta la Beocia a recibir al persa, nos habéis vendido, faltando a vuestra palabra, y nada os importa ahora que el bárbaro tenga el Ática invadida. Los atenienses, pues, se declaran altamente resentidos de vuestra conducta, la que no conviene con vuestras obligaciones: lo que al presente desean, y con razón pretenden de vosotros, es, que con la mayor brevedad posible les enviéis un ejército que venga en nuestra compañía, a fin de poder salir unidos a oponernos al bárbaro en el Ática, pues una vez perdida por vuestra culpa la mayor oportunidad de recibirlo en la Beocia, la llanura Triasia es en el Ática el campo más a propósito para la batalla. »

VIII. Oída por los Eforos la embajada, difirieron para el otro día la respuesta, y al otro día la dilataron para el siguiente, y así de día en día, dándoles más y más prórrogas, fueron entreteniéndoles hasta el décimo. En tanto, no se daban manos los peloponesios en fortificar al istmo, siendo ya muy poco lo que faltaba para dar fin y remate a las obras. No sabría yo, en verdad, dar otra razón de la conducta de los lacedemonios en haber tomado antes con tanto ahínco el impedir la confederación de los atenienses con los medos, cuando vino a la ciudad de Atenas Alejandro el macedonio, y en no dar luego a todo ello importancia alguna, sino el decir que teniendo últimamente del todo fortificado el istmo, parecíales ya que para nada necesitaban de Atenas, al paso que antes, al tiempo en que llegó Alejandro a aquella ciudad, no habiendo murado todavía y hallándose puntualmente en la mitad de aquellas obras, temían mucho en ser acometidos por el persa, si no lo impedían los atenienses.

IX. Con todo, acordaron al cabo los lacedemonios responder a los embajadores y mandar salir a campaña sus espartanos con el siguiente motivo: Un día antes del último plazo para la decisión del negocio, un ciudadano de Tegea, llamado Quileo, que era el extranjero de mayor influjo en Lacedemonia, habiendo oído de boca de los Eforos todo lo que antes les habían expuesto los embajadores de Atenas, bien informado del negocio, respondióles en esta forma: —«Ahora, pues, ilustres Eforos, viene todo a reducirse a un punto solo, y es el siguiente: si por acaso coligados los atenienses con el bárbaro no obran de acuerdo con nosotros, por más cerrado que tengamos el istmo con cien murallas, tendrán los persas abiertas por cien partes las puertas del Peloponeso. No, magistrados, eso no conviene de ningún modo; es preciso dar audiencia y respuesta a los atenienses, antes que no tomen algún partido pernicioso a la Grecia. »

X. Este consejo que dio a los Eforos el buen Quileo, y la reflexión tan exacta que les presentó, penetróles de manera que, prescindiendo de dar parte del negocio pendiente a los diputados que habían allí concurrido de diferentes ciudades, al momento, sin esperar a que amaneciera, mandaron salir de la ciudad 5.000 espartanos, ordenando al mismo tiempo que siete ilotas acompañasen a cada uno de ellos, y encargándolos a Pausanias, hijo de Cleombroto, padre de Pausanias e hijo de Anaxandrides, pues habiendo poco antes regresado del istmo con la gente que trabajaba allí en dicha muralla, acabó la carrera de su vida inmediatamente después de su vuelta: el motivo que le obligó a retirarse del istmo con su gente, había sido el haber visto que al tiempo de celebrar allí sacrificios contra el persa, se les había cubierto el sol y oscurecido el cielo. Pausanias, pues, destinado a la empresa, se asoció por teniente general a Eurianactes, el cual, como hijo de Dorieo, era de su misma familia. Esta fue, repito, la gente de armas que salió de Esparta, conducida por Pausanias.

XI. Apenas amaneció, cuando los embajadores, que nada habían sabido todavía de la salida de tropas, se presentaron ante los Eforos con el ánimo resuelto a despedirse para volverse a su patria. Admitidos, pues, a la audiencia pública, hablaron en estos términos: —«Bien podéis, lacedemonios, por nuestra parte, quedaros de asiento en casa sin sacar un pie fuera de Esparta, celebrando muy despacio, a todo placer, esas fiestas en honor de vuestro Jacinto, y faltando muy de propósito a la correspondencia que debéis a vuestros aliados. Obligados nosotros, los atenienses, así por esa nueva injuria que con vuestra estudiada tardanza y desprecio nos estáis haciendo, como también por vernos faltos de socorro, nos entenderemos con el persa del mejor modo que podamos. Manifiesto es que, una vez amistados con el rey, seguiremos como aliados sus banderas donde quiera que nos conduzcan. Vosotros, sin duda, desde aquel punto comenzareis a sentir los efectos que de una tal alianza se os podrán originar.» La respuesta que dieron los Eforos a este breve discurso de los enviados, fue afirmar con juramento, que creían en verdad hallarse ya sus tropas en Orestio, marchando contra los extranjeros, pues extranjeros llamaban a los bárbaros según su frase. Pero como los embajadores, que no la entendían, preguntasen lo que pretendían significar con aquello, informados luego de todo lo que pasaba, quedáronse admirados y suspensos, y sin perder más tiempo, salieron en seguimiento de los soldados, llevando en su compañía 5.000 infantes que se habían escogido entre los periecos (o vecinos libres) de toda la Lacedemonia.

XII. Entretanto que dicha tropa se apresuraba a llegar al istmo, los argivos, apenas oyeron la noticia de que ya Pausanias había salido de Esparta con la gente de armas, echando mano luego del mejor posta que pudieron hallar, lo envían al Ática por expreso, en consecuencia de haber antes ofrecido a Mardonio que procurarían impedir a espartanos la salida. Llegado, pues, a Atenas este correo Hemerodromo, dio así a Mardonio la embajada: —«Señor, me envían los argivos para haceros saber que la gente moza salió armada ya de Lacedemonia, sin que a ellos les haya sido posible estorbarles la salida: con este aviso podréis tomar mejor vuestras medidas.» Dado así el recado, volvióse el expreso por el mismo camino.

XIII. Mardonio que tal oyó, no se halló seguro en el Ática, ni se determinó a esperar en ella por más tiempo, siendo así que antes que tal nueva le llegara, se detenía allí muy despacio para ver en qué paraba la negociación de parte de los atenienses, pues como siempre esperase que vendrían al cabo a su partido, ni talaba entretanto su país, ni hacía daño alguno en el Ática. Mas luego que informado de cuanto pasaba vio que nada a su favor tenía que esperar de los atenienses, pensó desde entonces en emprender su retirada antes que con su gente llegara Pausanias al istmo. Al salir de Atenas dio orden de abrasar la ciudad, y dar en el suelo con todo lo restante, ora fuese algún lienzo de muralla que hubiera quedado antes en pie, ora pared desmoronada de alguna casa, ora fragmento o ruina de algún templo. Dos motivos en particular le persuadían la retirada: uno por ver que el Ática no era a propósito para que maniobrara allí la caballería; otro el entender que, vencido una vez en campo de batalla, no le quedaría otro escape que por unos pasos tan estrechos, que un puñado de gente pudiera impedírselo. Parecióle, pues, ser lo más acertado retirarse hacia Tebas, y dar allí la batalla, ya cerca de una ciudad amiga, ya también en una llanura a propósito para maniobrar la caballería.

XIV. Ejecutando ya la retirada, llególe a Mardonio otro correo al tiempo mismo de la marcha, dándole de antemano aviso de que hacia Megara se dirigía otro cuerpo de 1.000 lacedemonios. Vínole con esto el deseo de probar fortuna para ver si le sería dable apoderarse de aquel destacamento: mandó, pues, que retrocediera su gente, a la cual indujo él mismo hacia Megara, y adelantada entretanto su caballería, hizo correrías por toda aquella comarca. Este fue el término y avance hacia Poniente donde llegó en Europa el ejército persa.

XV. En el intermedio llególe a Mardonio otro aviso de que ya los griegos se hallaban en gran número reunidos en el istmo; aviso que de nuevo le hizo retroceder hacia Decelea. A este efecto los Beotarcas o jefes de la Beocia habían hecho presentarse a los beocios fronterizos de los asopios, quienes iban guiando la gente hacia las Esfendaleas y de allí hacia Tanagra, donde habiendo hecho alto una noche, y marchado al día siguiente la vuelta de Seolon, hallóse ya el ejército en el territorio de los tebanos. Por más que éstos se hubiesen unido a los medos, les taló entonces Mardonio las campiñas, no por odio que les tuviera, sino obligado a ello por una extrema necesidad, queriendo absolutamente fortificar su campo con empalizadas y trincheras para prevenirse un seguro asilo donde guarecer el ejército, caso de no tener el encuentro el éxito deseado. Empezó, pues, a formar sus reales desde Eritras, continuándolos por Hisias y extendiéndolos hasta el territorio de Platea a lo largo de las riberas del río Asopo: verdad es que las trincheras con que los fortificó no ocupaban todo el espacio arriba dicho, sino solamente unos diez estadios por cada uno de sus lados. En tanto que los bárbaros andaban en aquellas obras muy afanados, cierto tebano muy rico y acaudalado, Atagino, hijo de Frigon, preparó un excelente convite a aquellos huéspedes, llamando a Mardonio con cincuenta persas más, jefes todos de la primera consideración. Admitieron éstos el agasajo y celebróse en Tebas el banquete.

XVI. Voy a referir aquí con esta ocasión lo que supe de boca de Tersandro, sujeto de la mayor consideración en Orcómeno, de donde era natural, y que había sido uno de los convidados de Atagino en compañía de otros cincuenta tebanos. Decíame, pues, que no comiendo los huéspedes en mesa separada de la de los del país, sino que estando juntos en cada lecho un persa y un tebano, al fin del convite, cuando se habían sacado ya los vinos, el persa compañero suyo de lecho, que hablaba el griego, preguntóle de donde era, y respondiéndole él que de Orcómeno, hablóle en estos términos: «Caro orcomenio, ya que tengo la fortuna de ser tu camarada en una mesa, cama y copa misma, quiero participarte en prueba de mi estima mis previsiones y sentimientos, para que informado de antemano mires por tu bien. ¿Ves, amigo, tanto persa aquí convidado, y tanto ejército que dejamos atrincherado allá cerca del río? Dígote, pues, ahora, que dentro de poco bien escasos serán entre todos los que veas vivos y salvos.» Al decir esto el persa, añadíame Tersandro, púsose a llorar muy de veras, y él le respondió confuso y admirado: «¿Pues eso no sería menester que lo dijeras a Mardonio y a los que más pueden después de él?» «Amigo, replicóle el persa a la sazón, como no hay medio en el suelo para estorbar lo que en el cielo está decretado, si alguno se esfuerza a persuadir algo en contra, no se da crédito a sus buenas razones. Muchos somos entre los persas que eso mismo que te digo lo tenemos bien creído y seguro; y sin embargo, como arrastrados por la fuerza del hado, vamos al precipicio: y te aseguro que no cabe entre hombres dolor igual al que sienten los que piensan bien sin poder nada, para impedir el mal.» Esto oía yo de boca del orcomenio Tersandro, quien añadía que desde que lo oyó, antes de darse la batalla en Platea, él mismo lo fue refiriendo a varios.

XVII. Después de invadir a Atenas, habían unido sus tropas con Mardonio, que tenía entonces el campo en Beocia, todos los griegos de aquellos contornos, excepto los focenses, quienes, si bien seguían al medo con empeño, no procedía del corazón este empeño a que la fuerza solamente les obligaba. Reuniéronse éstos al campo genera, no mucho después de haber llegado a Tebas el ejército de los persas, con 1.000 infantes mandados por Armocides, sujeto de la mayor autoridad y aceptación entre sus paisanos. En el momento de llegar a Tebas, mandóles decir Mardonio, por medio de unos soldados de caballería, que plantasen aparte sus tiendas en los reales, separados de los demás: apenas acabaron de hacer lo que se les mandaba, cuando se vieron circuir por toda la caballería persiana. Esta novedad fue seguida de un rumor esparcido luego entre los griegos aliados del medo, y comunicado en breve a los focenses mismos, de que venía aquella a exterminarlos a fuerza de dardos: en consecuencia de ello, el general Armocides les animó con este discurso: —«Visto está, paisanos, que esos hombres que nos rodean quieren que todos perezcamos, presentando a nuestros ojos la muerte en castigo de las calumnias con que sin duda nos han abrumado los tésalos. Esta es, pues, oh compatricios, la hora de que, mostrando el valor de nuestro brazo, venda cada cual cara su vida. Si morir debemos, muramos antes vengando nuestra muerte, que no vilmente rendidos dejándonos asesinar como cobardes: sepan esos bárbaros que los griegos a quienes maquinan la muerte no se dejan degollar impunemente como corderos.»

XVIII. Así les exhortaba su general a una muerte gloriosa, cuando ya la caballería Persiana, cerrándoles en medio, embestía apuntadas las armas en ademán de quien iba a disparar y dudase aun si alguien, en efecto, había ya disparado algún tiro. De repente, formando un círculo los focenses, y apiñándose por todas partes cuanto les fue posible, se disponen para hacer frente a la caballería; ni fue menester más para que ésta se retirase viendo aquella cerrada falange. En verdad que no me atrevo a asegurar lo que hubo en el caso: ignoro si los persas,venidos a instancia de los tésalos con ánimo de acabar con los focenses, al ver que éstos se disponían como valientes a una vigorosa defensa, volvieron luego las espaldas, por habérsele prevenido así Mardonio en aquel caso, o si éste con tal aparato no pretendía más que hacer prueba del valor y ánimo de los focenses. Este último fue por cierto lo que significó Mardonio cuando, después de retirada su caballería, les mandó decir por un pregonero: —«¡Bien, muy bien, focenses! Mucho me alegro de que seáis, no los cobardes que se me decía, sino los bravos soldados que os mostráis ¡Animo, pues! servid con valor y esfuerzo en esta campaña, seguros de que no serán mayores vuestros servicios que las mercedes que de mí y de mi soberano reportaréis.»

XIX. Tal fue el caso de los focenses; pero volviendo a los lacedemonios, luego de llegados al istmo, plantaron allí su campo. Los demás peloponesios, que seguían el sano partido a favor de la patria, parte sabiendo de oídas, parte viendo por sus mismos ojos que se hallaban acampados ya los espartanos, no creyeron bueno quedárseles atrás en aquella jornada, antes bien fueron a juntárseles luego. Reunidos en el istmo, viendo que les lisonjeaban con los mejores agüeros las víctimas del sacrificio,pasaron a Eleusina, donde repetidos los sacrificios con faustas señales, iban desde allí continuando sus jornadas. Marchaban ya con las demás tropas atenienses las que pasando desde Salamina a tierra firme se les habían agregado en Eleusina. Llegados todos a Eritras, lugar de la Beocia, como supiesen allí que los bárbaros se hallaban acampados cerca del Asopo, tomando acuerdo sobre ello, plantaron sus reales enfrente del enemigo, en las raíces mismas de Citerón.

XX. Como los griegos no presentasen la batalla bajando a la llanura, envió Mardonio contra ellos toda la caballería, con su jefe Masistio, a quien suelen llamar Macisio los griegos, guerrero de mucho crédito entre los persas, que venía montado sobre su caballo Niseo, a cuyo freno y brida de oro correspondía en belleza y valor todo lo demás de las guarniciones. Formados, pues, los persas en sus respectivos escuadrones, embistiendo con su caballería a los griegos, a más de incomodarles mucho con sus tiros, les afrentaban de palabra llamándoles mujeres.

XXI. Casualmente en la colocación de las brigadas había cabido a los megarenses el puesto más próximo al enemigo, y tal que siendo de fácil acceso daba más lugar al ímpetu de la caballería. Viéndose, pues, acometidos del enemigo que les cargaba y oprimía con bizarro continente despacharon a los generales griegos un mensajero, que llegando a su presencia, les habló en esta forma: —«Los megarenses me envían con orden de deciros: Amigos, no podemos con sola nuestra gente sostener por más tiempo el ataque de la caballería persa, y guardar el puesto mismo que desde el principio nos ha cabido; y si bien basta ahora hemos rebatido al enemigo con mucho vigor y brío por más que nos agobiase, rendidos ya al cabo, vamos a desamparar el puesto si no enviáis otro cuerpo de refresco que nos releve y lo ocupe: y mirad que muy de veras lo decimos.» Recibido este aviso, iba luego Pausanias brindando a los griegos que si algún cuerpo, entrando en lugar de los megarenses, querría de su voluntad cubrir aquel puesto peligroso: y viendo los atenienses que ninguna de las demás brigadas se ofrecía espontáneamente a arrostrar tal riesgo, ellos se brindaron al reemplazo de los megarenses, y fueron allá con un cuerpo de 300 guerreros escogidos, a cuyo frente iba por comandante Olimpiodoro, hijo de Lampson.

XXII. Esto cuerpo, al que se agregó una partida de ballesteros, fue entre todos los griegos que se hallaban presentes el que quiso, apostado en Eritras, relevar a los megarenses. Emprendida de nuevo la acción, duró por algún tiempo, terminando al cabo del siguiente modo: Acaeció que peleando sucesivamente por escuadrones la caballería persiana, habiéndose adelantado a los demás el caballo en que montaba Masistio, fue herido en un lado con una saeta. El dolor de la herida hízole empinar y dar con Masistio en el suelo. Corren allá los atenienses, y apoderados del caballo logran matar al general derribado, por más que procuraba defenderse, y por más que al principio se esforzaban en vano en quitarle la vida. La dificultad provenía de la armadura del general, quien vestido por encima con una túnica de grana, traía debajo una loriga de oro de escamas, de donde nacía que los golpes dados contra ella no surtiesen efecto alguno. Pero notado esto por uno do sus enemigos, metióle por un ojo la punta de la espada, con lo cual, caído luego Masistio, al punto mismo espiró. En tanto, la caballería, que ni había visto caer del caballo a su general, ni morir luego de caído a manos de los atenienses, nada sabía de su desgracia, habiendo sido fácil el no reparar en lo que pasaba, por cuanto en aquella refriega iban alternando las acometidas con las retiradas. Pero como salidos ya de la acción viesen que nadie les mandaba lo que debían ejecutar, conociendo luego la pérdida, y echando menos a su general, se animaron mutuamente a embestir todos a una con sus caballos, con ánimo de recobrar al muerto.

XXIII. Al ver los atenienses que no ya por escuadrones, sino que todos a una venían contra ellos los caballos, empezaron a gritar llamando el ejército en su ayuda: y en tanto que éste acudía ya reunido, encendióse alrededor del cadáver una contienda muy fuerte y porfiada. En el intermedio que la sostenían solos los 300 campeones, llevando notoriamente la peor parte en el choque, veíanse obligados a ir desamparando al general difunto; pero luego que llegó la demás tropa de socorro, no pudieron resistirla los persas de a caballo, ni menos llevar consigo el cadáver, antes bien alrededor de éste quedaron algunos más tendidos y muertos. Retirados, pues, de allí, y parados como a dos estadios de distancia, pusiéronse los persas a deliberar sobre el caso, y parecióles ser lo mejor volverse hacia Mardonio, por no tener quien les mandase.

XXIV Vuelta al campo la caballería sin Masistio y con la nueva de su desgraciada muerte, fue excesivo en Mardonio y en todo el ejército el dolor y sentimiento por aquella pérdida. Los persas acampados, cercenándose los cabellos en señal de luto y cortando las crines a sus caballos y a las demás bestias de carga, en atención a que el difunto era después de Mardonio el personaje de mayor autoridad entre los persas y de mayor estimación ante el soberano, levantaban el más alto y ruidoso plañido, cuyo eco resonaba difundido por toda la Beocia. Tales eran las honras fúnebres que los bárbaros, según su usanza, hacían a Masistio.

XXV. Los griegos por su parte, viendo que no sólo habían podido sostener el ímpetu de la caballería, sino que aun habían logrado rechazarla de modo que la obligaron a la retirada, llenos de coraje, cobraron nuevos espíritus para la guerra. Puesto desde luego el cadáver encima de un carro, pensaron en pasearlo por delante de las filas del ejército. La alta estatura del muerto y su gallardo talle, lleno de majestad y digno de ser visto, circunstancias que les movían a aquella demostración, obligaban también a los demás griegos a que, dejados sus respectivos puestos, concurriesen a ver a Masistio. Después de esta hazaña, pensaron ya en bajar de sus cerros hacia Platea, lugar que así por la mayor abundancia de agua como por otras razones, les pareció mucho más cómodo que el territorio Eritreo para fijar allí sus reales. Resueltos, pues, a pasar hacia la fuente Gargafia, que se halla en aquellas cercanías, y marchando con las armas en las manos por las faldas del Citerón y por delante de Hisias, se encaminaron a la comarca de Platea, donde por cuerpos iban atrincherándose cerca de la fuente mencionada y del templo del héroe Androcrates, en aquellas colinas poco elevadas y en la llanura vecina.

XXVI. Movióse aquí entre tegeatas y atenienses un porfiadísimo altercado, sobre qué puesto debían ocupar en el campo, pretendiendo cada cual de los pueblos que le tocaba de justicia el mando de una de las dos alas del ejército, y produciendo a favor de su derecho varias pruebas en hechos antiguos y recientes. Los de Tegea hablaban así por su parte: —«En todas las expediciones, así antiguas como modernas, que de consuno han hecho los peloponesios, contando ya desde el tiempo en que por muerte de Euristenes procuraban volver al Peloponeso los Heráclidas, nos han reputado siempre nuestros aliados por acreedores a lograr el puesto que ahora pretendemos, cuya prerrogativa merecimos nosotros por cierta hazaña de que vamos a dar razón cuando plantamos en el istmo nuestras tiendas, saliendo a la defensa del Peloponeso, en compañía de los aqueos y de los jonios, que tenían allí todavía su asiento y morada. Porque entonces Hilo, según es fama común, propuso en una conferencia a los del Peloponeso que no había razón para que los dos ejércitos se pusieran a peligro de perderse en una acción general, sino que lo mejor para entrambos era que un solo campeón del ejército peloponesio, cualquiera que escogiesen por el más valiente de todos, entrase con él en batalla cuerpo a cuerpo, bajo ciertas condiciones. Pareció bien la propuesta del retador, y bajo juramento fue otorgado un pacto y condición de que si Hilo vencía al campeón y jefe del Peloponeso, volvieran los Heráclidas a apoderarse del estado de sus mayores; pero que si Hilo fuese vencido, partiesen de allí los Heráclidas con su ejército, sin pretender la vuelta al Peloponeso dentro del término de cien años. Sucedió, pues, que Equemo, hijo de Heropo y nieto de Foes, el cual era a un tiempo nuestro rey y general, habiendo sido muy a su gusto elegido de entre todos los aliados para el pactado duelo, venció en él y quitó la vida a Hilo. Decimos, pues, que en premio de tal proeza y servicio, entre otros privilegios con que nos distinguieron aquellos antigües peloponesios, en cuya posesión aun ahora nos mantenemos, nos honraron con la preferencia del mando en una de las dos alas siempre que se saliera a una común expedición. No significamos con esto que pretendamos apostárnoslas con vosotros, oh lacedemonios, a quienes damos de muy buena gana la opción de escoger el mando de una de las dos alas del ejército: sólo sí decimos que de razón y de derecho nos toca el mandar en una de las dos, según siempre se ha usado. Y aun dejando aparte la mencionada hazaña, somos, sin duda alguna, mucho más acreedores a ocupar el pretendido puesto que esos atenienses, pues que nosotros con próspero suceso hemos entrado en batalla, muchas veces contra vosotros mismos, oh espartanos, muchas otras contra otros muchos. De donde concluimos que mejor es nuestro derecho a mandar en una de las alas que el de los ateniense, quienes en su favor no pueden producir hechos iguales a los nuestros ni en lo antiguo ni en lo moderno.»

XXVII. Eso decían los tegeatas, a quienes respondieron así los atenienses: —«Nosotros, a la verdad, bien comprendemos que no nos hemos juntado aquí para disputar entre nosotros, sino para pelear contra los bárbaros. Mas ya que esos tegeatas han querido apelar a las proezas que ellos y nosotros en todo tiempo en servicio de la Grecia llevamos hechas, nos vemos, oh griegos, obligados ahora a publicar los motivos de pretender que a nosotros pertenece, en fuerza de los servicios prestados a la nación, el derecho antiguo y heredado de nuestros mayores, de ser preferidos siempre a los de Arcadia. Decimos, en primer lugar, que fuimos nosotros los que amparamos a los Heráclidas, a cuyo caudillo ellos se jactan aquí de haber dado la muerte; y les amparamos de modo que, cuando al huir de la servidumbre de los de Micenas se veían arrojados de todas las ciudades griegas, no sólo les dimos acogida en nuestras casas, sino que, venciendo en su compañía en campo de batalla a los peloponesios, hicimos que dejase Euristenes de perseguirlos. En segundo lugar, habiendo perecido los argivos que Polinices había conducido contra Tebas, y quedándose en el campo sin la debida sepultura, nosotros, hecha una expedición contra los cadmeos, y recogidos aquellos cadáveres, los pasamos a Eleusina, donde les dimos sepultura en nuestro suelo. En tercer lugar, nuestra fue la famosa hazaña contra las Amazonas, las que venidas desde el río Terdomonte, infestaban nuestros dominios allá en los antiguos tiempos. Por fin, en la empresa y jornada penosa de Troya, no fuimos los que peor nos portamos. Pero bastante y sobrado dijimos sobre lo que nada sirve para el asunto, pues cabe muy bien que los que fueron en lo antiguo gente esforzada, sean al presente unos cobardes, y os que fueron entonces cobardes sean ahora hombres de valía. Así, que no se hable ya más de hechos vetustos y anticuados: solo decimos que, aun cuando no pudiéramos alabarnos de otra hazaña (que muchas y muy gloriosas podemos ostentarlas, si es que hacerlo pueda alguna ciudad griega), por sola la que hicimos en Maratón somos acreedores a esta preferencia de honor y a otras muchas más, pues peleando nosotros allí solos sin el socorro de los demás griegos, y metidos en una acción de sumo empeño contra el persa, salimos de ella con victoria, derrotando de una vez a 46 naciones unidas contra Atenas. ¿Y habrá quien diga que por solo este hecho de armas no merecimos el presidir a una ala siquiera del ejército? Pero nosotros repetimos que no viene al caso reñir ahora por estas etiquetas de puesto: lacedemonios, aquí nos tenéis a vuestras órdenes; apostadnos donde mejor os parezca; mandad que vayamos a ocupar cualquier sitio que nos destinéis, y en él os aseguramos que no faltaremos a nuestro deber.»

XXVIII. Así respondieron, por su parte, los de Atenas, y todo el campo de los lacedemonios votó a voz en grito que los atenienses eran más dignos que los arcades del mando de una de las alas del ejército, la cual, sin atender a los tegeatas, se les confió en efecto. El orden que se siguió luego en la colocación de las brigadas griegas, así las que de nuevo iban llegando, como las que desde el principio habían ya concurrido, fue el siguiente: apostóse en el ala derecha un cuerpo de 10.000 lacedemonios, de los cuales los 5.000 eran espartanos, a quienes asistían 35.000 ilotas armados a la ligera, siete ilotas por cada espartano. Habían querido también los espartanos que a su lado se apostaran los de Tegea, quienes componían un regimiento de 1.500 Oplitas (infantes de armadura pesada), haciendo con ellos esta distinción en atención a su mérito y valor. A éstos seguía la brigada de los corintios, en número de 5.000, quienes habían obtenido de Pausanias que a su lado se apostasen los 300 Potideatas que de Palena habían concurrido. Venían después por su orden 600 arcades de Orcómeno; luego 3.00 sicionios; en seguida 800 epidaurios, y después un cuerpo de 1.000 trecenios. Al lado de éstos estaban 200 Lepreatas, seguidos de 400 soldados, parte Micenos, parte Tirintios; tras éstos venían 1.000 Fliasios; luego 300 de Hermionia, y en seguida 600 más, parte de Eretria y parte de Estira, cuyo lado ocupaban 400 calcidenses. Inmediatos a ellos, dejábanse ver por su orden consecutivo: los de Ampracia, en número de 500; los leucadios y anactorios, que eran 800; los palenses de Cefalenia, no más de 200, y los 500 de Egina. Junto a éstos ocupaban las filas 3.000 megarenses, a quienes seguían 600 de Platea. Los últimos en este orden, y los primeros en el ala izquierda, eran los atenienses, que subían a 8.000 hombres, capitaneados por Arístides el hijo de Lisímaco.

XXIX. Los hasta aquí mencionados, sin incluir en este número a los siete ilotas que rodeaban a cada espartano, subían a 38.700 infantes; tantos y no más eran los Oplitas armados de pies a cabeza. Los soldados de tropa ligera componían el número siguiente: en las filas de los espartanos, siendo siete los armados a la ligera por cada uno de ellos, se contaban 35.000, todos bien apercibidos para el combate. En las filas de los demás, así los lacedemonios como griegos, contando por cada infante un armado a la ligera, ascendía el número a 34.000. De suerte que el número total de la tropa ligera dispuesta en el orden de batalla, era de 69.500.

XXX. Así que el grueso del ejército que concurrió a Platea, compuesto de hombres de armas y tropa ligera, constaba de 110.000 combatientes: porque si bien faltaba para esta suma la partida de 1.800 hombres, la suplían con todo los tespienses, quienes, bien que armados a ligera, concurrían a las filas en número de 1.800. Tal era el ejército que tenía formados sus reales cerca del Asopo.

XXXI. Los bárbaros en el campo de Mardonio, acabado el luto por las exequias de Masistio, informados de que ya los griegos se hallaban en Platea, fueron acercándose hacia el Asopo, que por allí corre; y llegados a dicho lugar, formábalos Mardonio de este modo: contra los Lacedernonios iba ordenando a los persas verdaderos, y como el número de éstos era muy superior al de aquellos, no sólo disponía en sus filas muchos soldados de fondo, sino que las dilataba aún hasta hacer frente a los tegeatas, pero dispuestas de modo que lo más robusto de ellas correspondiese a los lacedemonios, y lo más débil a los de Tegea, gobernándose en esto por las sugestiones de los tebanos. Seguíanse los medos a los persas, con lo cual venían a hallarse de frente a los corintios, a los potideatas, a los orcomenios y a los sicionios. Los bactrianos, inmediatos a los medos, caían en sus filas fronteros a las filas de los epidaurios, de los trecenios, de los lepreatas, de los tirintios, de los micenos y de los de Fliunte. Los indios, apostados al lado de los bactrianos, correspondían cara a cara a las tropas de Hermione, de Eretria, de Estira y de Cálcide. Los sacas, que eran los que después de los indios venían, tenían delante de sí a los ampracianos, a los anactorios, a los paleenses y a los eginetas. En seguida de los sacas colocó Mardonio, contra los cuerpos de Atenas, de Platea y de Megara, las tropas de los beocios, de los Locros, de los melienses, de los tésalos, y un regimiento también de 4.000 focenses, de quienes no colocó allí más por cuanto no seguían al medo todos ellos, siendo algunos del partido griego, los cuales desde el Parnaso, donde se habían hecho fuertes, salían a infestar y robar al ejército de Mardonio y de los griegos adheridos al persa. Contra los atenienses ordenó, por fin, Mardonio a los Macedones y a los habitantes de la Tesalia.

XXXII. Estas fueron las naciones más nombradas, más sobresalientes y de mayor consideración que ordenó en sus filas Mardonio, sin que dejase de haber entre ellas otra tropa mezclada de frigios, de tracios, de misios, de peones y de otras gentes, entre quienes se contaban algunos etíopes, y también algunos egipcios que llamaban los herimotibies y los calisirios, armados con su espada, siendo éstos los únicos guerreros y soldados de profesión en el Egipto. A éstos, el mismo Mardonio, allá en el Falero, habíales antes sacado de las naves en que venían por tropa naval, pues los egipcios no habían seguido a Jerjes entre las tropas de tierra en la jornada de Atenas. En suma, los bárbaros, como ya llevo antes declarado, ascendían a 30 miríadas, o sean 300.000 combatientes; pero el número de los griegos aliados de Mardonio nadie hay que lo sepa, por no haberse tenido cuenta en notarlo, bien que por conjetura puede colegirse que subiría a 50.000. Esta era la infantería allí ordenada, estando apostada separadamente la caballería.

XXXIII. Ordenados, pues, los dos ejércitos así por naciones como por brigadas, unos y otros al día siguiente iban haciendo sus sacrificios para el buen éxito de la acción. En el campo de los griegos el sacrificador adivino que seguía a la armada era un tal Tisameno, hijo de Antíoco y de patria eleo, quien siendo de la familia agorera de los Iamidas, había logrado naturaleza entre los lacedemonios. En cierta ocasión, consultando Tisameno al oráculo sobre si tendría o no sucesión, respondióle la Pitia que saldría superior en cinco contiendas de sumo empeño; mas como él no diese en el blanco de aquel misterio, aplicóse a los ejercicios de la gimnástica, persuadido de que lograría salir vencedor en las justas o juegos gímnicos de la Grecia. Y con efecto, hubiera él obtenido en los juegos olímpicos en que había salido a la contienda la palma en el Pnetazo o ejercicio de aquellos cinco juegos, si Hierónimo Andrio, su antagonista, no le hubiera vencido, bien que en uno sólo de ellos, que fue el de la lucha. Sabedores los lacedemonios del oráculo, y al mismo tiempo persuadidos de que las contiendas en que vencería Tisameno no deberían de ser de fiestas gímnicas sino marciales justas, procuraban atraerlo con dinero para que fuese conductor de sus tropas contra los enemigos en compañía de sus reyes los Heráclidas. Viendo el hábil adivino lo mucho que se interesaban en ganársele por amigo, mucho más se hacía de rogar, protestando que ni con dinero ni con ninguna otra propuesta convendría en lo que de él pretendían, a menos que no le dieran el derecho de ciudadanía con todos los privilegios de los espartanos. Desde luego pareció muy mal a los lacedemonios la pretensión del adivino, y se olvidaron de agüeros y de victorias prometidas; pero viéndose al cabo amenazados y atemorizados con la guerra inminente del persa, volvieron a instarle de nuevo. Entonces, aprovechándose de la ocasión, y viendo Tisameno cambiados a los lacedemonios y de nuevo muy empeñados en su pretensión, no se detuvo ya en las primeras propuestas, añadiéndoles ser preciso que a su hermano Egias se le hiciera espartano no menos que a él mismo.

XXXIV. Paréceme que en este empeño quería Tisameno imitar a Melampo, quien antes se había atrevido en un lance semejante a pretender en otra ciudad la soberanía, no ya la naturaleza, pues como los argivos, cuyas mujeres se veían generalmente asaltadas de furor y manía, convidasen con dinero a Melampo para que, viniendo de Pilo a Argos, viese de librarlas de aquel accidente de locura, este astuto médico no pidió menor recompensa que la mitad del reino o dominio. No convinieron en ello los argivos; pero viendo al regresar a la ciudad que sus mujeres de día en día se les volvían más furiosas, cediendo al cabo a lo que pretendía Melampo, presentáronse a él y le dieron cuanto pedía. Cuando Melampo los vio cambiados, subiendo de punto en sus pretensiones, les dijo que no les daría gusto sino con la condición de que diesen a Biante, su hermano, la tercera parte del reino; y puestos los argivos en aquel tranco tan estrecho, vinieron en concedérselo todo.

XXXV. De un modo semejante los espartanos, como necesitaban tanto del agorero Tisameno, le otorgaron todo cuanto les pedía. Emprendió, pues, este adivino, Eleo de nacimiento y espartano por concesión, en compañía de sus lacedemonios, cinco aventuras y contiendas de gravísima consideración. Ello es así que estos dos extranjeros fueron los únicos que lograron el beneficio de volverse espartanos con todos los privilegios y prerrogativas de aquella clase. Por lo que mira a las cinco contiendas del oráculo, fueron las siguientes: una, y la primera de todas, fue la batalla de Platea, de que vamos hablando, la segunda la que en Tegea se dio después contra los tegeanos y argivos, la tercera la que en Dipees se trabó con los arcades todos, a excepción de los de Mantinea; la cuarta en el Istmo, cuando se peleó contra los Mesenios; la quinta fue la acción tenida en Tanagra contra los atenienses y argivos, que fue la última de aquellas cinco bien reñidas aventuras.

XXXVI. Era, pues, entonces el mismo Tisameno el adivino que en Platea servía a los griegos conducidos por los espartanos. Y en efecto, las víctimas sacrificadas eran de buen agüero para los griegos, en caso de que invadidos se mantuvieran a la defensiva; pero en caso de querer pasar el Asopo y embestir los primeros, eran las señales ominosas.

XXXVII. Otro tanto sucedió a Mardonio en sus sacrificios: éranle propicias sus víctimas mientras que se mantuviese a la defensiva para rebatir al enemigo; mas no le eran favorables si le acometía siendo el primero en venir a las manos, como él deseaba. Es de saber que Mardonio sacrificaba también al uso griego, teniendo consigo al adivino Hegesístrato, natural de Elea, uno de los teliadas y el de más fama y reputación entre todos ellos. A este en cierta ocasión tenían preso y condenado a muerte los espartanos, por haber recibido de él mil agravios y desacatos insufribles. Puesto en aquel apuro, viéndose en peligro de muerte y de pasar antes por muchos tormentos, ejecutó una acción que nadie pudiera imaginar; pues hallándose en el cepo con prisiones y argollas de hierro, como por casualidad hubiera logrado adquirir un cuchillo, hizo con él una acción la más animosa y atrevida de cuantas jamás he oído. Tomó primero la medida de su pie para ver cuánta parte de él podría salir por el ojo del cepo, y luego según ella se cortó por el empeine la parte anterior del pié. Hecha ya la operación, agujereando la pared, pues que le guardaban centinelas en la cárcel, se escapó en dirección a Tegea. Iba de noche caminando, y de día deteníase escondido en los bosques, diligencia con la cual, pesar de los lacedemonios, que esparciendo la alarma habían corrido todos a buscarle, al cabo de tres noches logró hallarse en Tegea; de suerte que admirados ellos del valor y arrojo del hombre de cuyo pie veían la mitad tendida en la cárcel, no pudieron dar con el cojo y fugitivo reo de este modo, pues, Hegesístrato, escapándose de las manos de los lacedemonios, se refugió en Tegea, ciudad que a la sazón corría con ellos en buena armonía. Curado allí de la herida y suplida la falta con un pie de madera, se declaró por enemigo jurado y mortal de los lacedemonios verdad es que al cabo tuvo mal éxito el odio que por aquel caso les profesaba, pues cogido en Zacinto, donde proseguía vaticinando contra ellos, le dieron allí la muerte.

XXXVIII. Pero este fin desgraciado sucedió a Hegesístrato mucho después de la jornada y batalla de Platea. Entonces, pues, como decía, asalariado por Mardonio con una paga no pequeña, sacrificaba Hegesístrato con mucho empeño y desvelo, nacido en parte del odio a los lacedemonios, en parte del amor propio de su interés. En esta sazón, como por un lado ni a los persas se les declarasen de buen agüero sus sacrificios, ni a los griegos con ellos acampados fuesen tampoco favorables los suyos (pues también éstos tenían aparte su adivino, natural de Leucadia y por nombre Hipómaco), y como por otro lado, concurriendo de cada día al campo más y más griegos, se engrosase mucho su ejército, un tal Timegénides, hijo de Herpis, de patria tebano, previno a Mardonio que convenía ocupar con algunos destacamentos los desfiladeros del Citerón, diciéndole, que puesto que venían por ellos diariamente nuevas tropas de griegos, le sería fácil así interceptar muchos de ellos.

XXXIX. Cuando el tebano dio a Mardonio este aviso, ocho días hacía ya que los dos campos se hallaban allí fijos uno enfrente de otro. Pareció el consejo tan oportuno, que aquella misma noche destacó Mardonio su caballería hacia las quebradas del Citerón por la parte de Platea, a las que dan los beocios el nombre de los Tres Cabos, y los atenienses llaman los Cabos de la Encina. No hicieron en vano su viaje, pues topó allí la caballería al salir a la llanura con una recua de 500 bagajes, los cuales venían desde Peloponeso cargados de trigo para el ejército, cogiendo con ella a los arrieros y conductores de las cargas. Dueños ya los persas de la recua, llevábanlo todo a sangre y fuego, sin perdonar ni a las bestias ni a los hombres que las conducían, hasta tanto que cansados ya de matar a todo su placer, cargando con lo que allí quedaba, volviéronse con el botín hacia los reales de Mardonio.

XL. Después de este lance, pasáronse dos días más sin que ninguno de los dos ejércitos quisiera ser el primero en presentar la batalla o en atacar al otro, pues aunque los bárbaros se habían avanzado hasta el Asopo a ver si los griegos les saldrían al encuentro; con todo, ni bárbaros ni griegos quisieron pasar el río: únicamente, si la caballería de Mardonio solía acercarse más e incomodar mucho al enemigo. En estas escaramuzas sucedía que los tebanos, más medos de corazón que los medos mismos, provocando con mucho ahínco a los griegos avanzados, principiaban la riña, y sucediéndoles en ella los persas y los medos, éstos eran los que hacían prodigios de valor.

XLI. Nada más se hizo allí en estos diez días de lo que llevo referido. Llegado el día undécimo, después que quietos en sus trincheras, cerca de Platea, estaban mirándose cara a cara los dos ejércitos, en cuyo espacio de tiempo habían ido aumentándose mucho las tropas de los griegos, al cabo, el general Mardonio, hijo de Gobrias, llevando muy a mal tan larga demora en su campamento, entró en consejo, en compañía de Artabazo, hijo de Farnaces, uno de los sujetos de mayor estima y valimiento para con Jerjes, para ver el partido que tomarse debía. Estuvieron en la consulta encontrados los pareceres. El de Artabazo fue que convenía retirarse de allí cuanto antes, y trasplantar el campo bajo las murallas de Tebas, donde tenían hechos sus grandes almacenes de trigo para la tropa, y de forraje para las bestias, pues allí quietos y sosegados saldrían al cabo con sus intentos; que ya que tenían a mano mucho acuñado y mucho sin acuñar, y abundancia también de plata, de vasos y vajilla, importaba ante todo no perdonar a oro ni a plata, enviando desde allí regalos a los griegos, mayormente a los magistrados y vecinos poderosos en sus respectivas ciudades, pues en breve, comprados ellos a este precio, les venderían por él la libertad, sin que fuera menester aventurarlo todo en una batalla. Este mismo era también el sentir de los tebanos, quienes seguían el voto de Artabazo por parecerles hombre más prudente y previsor en su manera de discurrir. Mardonio se mostró en su voto muy fiero y obstinado sin la menor condescendencia, pareciéndole que, Por ser su ejército más poderoso y fuerte que el de los griegos, era menester cerrar cuanto antes con el enemigo, sin permitir que se le agregase mayor número de tropas de las que ya lo habían hecho; que desechasen en mal hora a Hegesístrato con sus víctimas, sin aguardar a que por fuerza se les declarasen de buen agüero, peleando al uso y manera de los persas.

XLII. Nadie se oponía a Mardonio, que así creía deberse hacer, y su voto venció al de Artabazo, pues él y no éste era a quien el rey había entregado el bastón y mando supremo del ejército. En consecuencia de su resolución, mandó convocar los oficiales mayores de sus respectivos cuerpos, y juntamente los comandantes de los griegos y su partido; y reunidos, les preguntó si sabían de algún oráculo tocante a los persas que les predijera que perecerían en la Grecia. Los llamados no se atrevían a hablar; los unos, por no saber nada de semejante oráculo; los otros, que algo de él sabían, por no creer que pudiesen hablar impunemente; pero el mismo Mardonio, continuó después explicándose así: —«Ya que vosotros, pues, o nada sabéis de semejante oráculo, o no osáis decir lo que sabéis, voy a decíroslo yo, que estoy bien informado de lo que en esto hay. Sí, repito, hay un oráculo en esta conformidad: que los persas, venidos a la Grecia, primero saquearán el templo de Delfos, y perecerán después que lo hubieren saqueado. Prevenidos nosotros con este aviso, ni meteremos los pies en Delfos, ni mis manos en aquel templo, ni daremos motivo a nuestra ruina con semejante sacrilegio. No queda más que hacer, sino que todos vosotros los que sois amigos de la Persia, estéis alegres y seguros de que vamos a vencer a los griegos.» Así habló Mardonio, y luego les dio orden que lo dispusiesen todo y lo tuviesen a punto para dar la batalla el día siguiente al salir el sol.

XLIII. Por lo que mira al oráculo que Mardonio refería a los persas, no sé, en verdad, que existiera contra los persas tal oráculo, sino sólo para los hirios y para la armada de los enqueleas. Sé no más que Bacis dijo lo siguiente de la presente batalla: «La verde ribera del Tormodente y del Asopo debe verte, oh griega batalla debe oírte, oh bárbara gritería, donde la Parca hará trofeo tanto de cadáver cuando inste al flechero medo su último trance.» De este formal oráculo de Bacis y de otro semejante de Museo, bien se que harían directamente a los persas, puesto que se dice del Terimodente debe entenderse de aquel río así llamado que corre entre Tanagra y Glisante.

XLIV. Después de la pregunta de Mardonio acerca de los oráculos, y de la breve exhortación hecha a sus oficiales, venida ya la noche, dispusiéronse en el campo los centinelas y cuerpos de guardia. Luego que siendo la noche más avanzada, y se dejó notar en él algo más de silencio y de quietud, en especial de parte de los hombres entregados al sueño y reposo, aprovechándose de ella Alejandro, hijo de Amintas, rey y general de los Macedones, fuese corriendo en su caballo hasta las centinelas avanzadas de los atenienses, a quienes dijo que tenía que hablar con sus generales. La mayor parte del destacamento avanzado se mantuvo allí en su puesto, y unos pocos de aquellos guardias fuéronse a toda prisa para avisar a sus jefes, diciendo que allí estaba un jinete que, venido del campo de los medos, tenía que hablarles.

XLV. Los generales, oído apenas esto, siguen a sus guardias hacia el cuerpo avanzado, y llegados allá háblales de esta suerte Alejandro: —«atenienses míos, a descubriros voy un secreto cuya noticia como en depósito os la fío para que la deis únicamente a Pausanias, si no queréis perderme a mí, que por mostrarme buen amigo vuestro os la comunico. Yo no os la diera si no me interesara mucho por la común salud de la Grecia, que yo como griego de origen en pasados tiempos no quisiera ver a mi antigua patria reducida a la esclavitud. Dígoos, pues, que no alcanza Mardonio el medio cómo ni a él ni a su ejército se le declaren propicias las víctimas sacrificadas; que a no ser así, tiempo ha estuviera ya dada la batalla. Mas ahora está ya resuelto a dejarse de agüeros y sacrificios, y mañana así que la luz amanezca quiere sin falta principiar el combate. Todo esto sin duda nace en él, según conjeturo, del miedo y recelo grande que tiene de que vuestras fuerzas no vayan creciendo más con el concurso de nuevas tropas. Estad, pues, vosotros prevenidos para lo que os advierto, y en caso de que no os embista mañana mismo, sino que lo difiera algún tanto, manteneos firmes sin moveros de aquí; que él no tiene víveres sino para pocos días. Si saliereis de este lance y de esta guerra como deseáis, paréceme será razón que contéis con procurarme la independencia y libertad a mí, que con tanto ahínco y tan buena voluntad me expongo ahora a un tan gran peligro solo a fin de informaros de los intentos y resolución de Mardonio, y de impedir que los bárbaros os cojan desprevenidos. Adiós, amigos; amigo soy y Alejandro, rey de Macedonia.» Dijo y dio la vuelta a su campo hacia el puesto destinado.

XLVI. Los generales de Atenas, pasando inmediatamente al ala derecha del campo, dan parte a Pausanias de lo que acababan de saber de boca de Alejandro. Conmovido con la nueva Pausanias, y atemorizado del valor de los persas propiamente tales, háblales así: —«Puesto que al rayar el alba ha de entrarse en acción, menester es que vosotros, oh atenienses, os vengáis a esta ala para apostaros enfrente de los persas mismos, y que pasemos los lacedemonios a la otra contra los beocios y demás griegos que allí teníais fronteros. Dígolo por lo siguiente: vosotros, por haberos antes medido en Maratón con esos persas, tenéis conocida su manera de pelear. Nosotros hasta aquí no hemos hecho la prueba ni experimentado en campo de batalla a esos hombres, pues ya sabéis que ningún espartano jamás midió ni quebró lanzas con medo alguno: con los beocios y tésalos sí que tenemos trabado conocimiento. Así que será preciso que toméis las armas y os vengáis a esta ala, pues nosotros vamos a pasar a la izquierda.» A lo cual contestaron los atenienses en estos términos: «Es verdad que nosotros desde el principio ya, cuando vimos a los persas apostados enfrente de vosotros, teníamos ánimo de indicaros lo mismo que os adelantáis ahora a prevenirnos; pero no osábamos, ignorando si la cosa sería de vuestro agrado. Ahora que vosotros nos lo ofrecéis los primeros, sabed que nos dais una agradable nueva, y que pronto vamos a hacer lo que de nosotros queréis.»

XLVII. Ajustado, pues, el asunto con gusto de entrambas partes, no bien apuntó el alba, cuando se empezó el cambio de los puestos. Observáronlo los beocios, y avisaron al punto a Mardonio. Luego que éste lo supo empezó asimismo a trasladar sus brigadas trasplantando sus persas al puesto frontero al de los lacedemonios. Repara en la novedad Pausanias, y manda que los espartanos vuelvan de nuevo al ala derecha, viendo que su ardid había sido descubierto por el enemigo, y Mardonio por su parte hace que vuelvan otra vez los persas a la siniestra de su campo.

XLVIII. Vueltos ya entrambos a ocupar sus primeros puestos, despacha Mardonio un heraldo a los espartanos con orden de retarles en estos términos: —«Entre esas gentes pasmadas de vuestro valor, corre la voz que vosotros los lacedemonios sois la flor de la tropa griega, pues en la guerra no sabéis qué cosa sea huir ni desamparar el puesto, sino que a pie firme escogéis a todo trance o vencer o morir. Acabo ahora de ver que no es así verdad, pues antes que cerremos con vosotros, viniendo a las manos, os vemos huir ya de miedo y dejar vuestro sitio; os vemos ceder a los atenienses el honor de abrir el combate con nuestras filas para ir a apostaros enfrente de nuestros siervos; lo que en verdad no es cosa que diga bien con gente brava y honrada. Ni es fácil deciros cuán burlados nos hallamos, pues estábamos sin duda muy persuadidos de que, según la fama que vosotros gozáis de valientes y osados, habíais de enviarnos un rey de armas que en particular desafiara, cuerpo a cuerpo a los persas a que peleásemos solos con los lacedemonios. Prontos, en efecto, nos hallamos a admitir el duelo, cuando lejos de veros de tal talante y brío, os vemos llenos de susto y miedo. Ya que vosotros, pues, no tenéis valor para retarnos los primeros, seremos nosotros los primeros en provocaros al desafío, como os provocaremos. Siendo vosotros reputados entre los griegos por los hombres más valientes de la nación, como por tales nos preciamos nosotros de ser tenidos entre los bárbaros, ¿por qué no entramos luego en igual número en campo de batalla? Entremos, digo, los primeros en el palenque, y si pretendéis que los otros cuerpos entren también en acción, entren en hora buena, pero después de nuestro duelo; mas si no pretendéis tanto, juzgando que nosotros únicamente somos bastantes para la decisión de la victoria, vengamos luego a las manos, con pacto y condición de que se mire como vencedor aquel ejército cuyos campeones hayan salido con la victoria en el desafío.»

XLIX. Dicho esto, esperó algún tiempo el heraldo retador; y viendo que nadie se tomaba el trabajo de responderle palabra, vuelto atrás dio cuenta de todo a Mardonio. Sobre manera alegre e insolente éste con una victoria pueril, fría e insustancial, echa al punto su caballería contra los griegos. Arremete ella al enemigo, y con la descarga de sus dardos y saetas perturba e incomoda no poco todas las filas del ejército griego: lo que no podía menos de suceder siendo aquellos jinetes unos ballesteros montados, con quienes de cerca no era fácil venir a las manos. Lograron por fin llegar a la fuente Gargafia, que proveía de agua a todo el ejército griego, y no sólo la enturbiaron, sino que cegaron sus raudales; porque si bien los únicos acampados cerca de dicha fuente eran los lacedemonios, distando de ella los demás griegos a medida de los puestos que por su orden ocupaban, con todo, no pudiendo valerse los otros del agua del Asopo, por más que lo tenían allí vecino, a causa de que no se lo permitía la caballería con sus fechas, todo el campo se surtía de aquella aguada.

L. En este estado se encontraban, cuando los jefes griegos, viendo a su gente falta de agua, y al mismo tiempo perturbada con los tiros de la caballería, juntáronse así por lo que acabo de indicar, como también por otros motivos, y en gran número se encaminaron hacia el ala derecha para verse con Pausanias. Si bien éste sentía mucho la mala situación del ejército, mayor pena recibía de ver que iban ya faltándole los víveres, sin que los criados a quienes había enviado por trigo al Peloponeso pudiesen volver al campo, estando interceptados los pasos por la caballería enemiga.

LI. Acordaron, pues, en la consulta aquellos comandantes que lo mejor sería, en caso de que Mardonio difiriera para otro día la acción, pasar a una isla distante del Asopo y de la fuente Gargafia donde entonces acampaban, la cual isla viene a caer delante de la ciudad misma de Platea. Esta isla forma en tierra firme aquel río que al bajar del Citerón hacia la llanura se divide en dos brazos, distantes entre sí cosa de tres estadios, volviendo después a unirlos en un cauce y en una corriente sola: pretenden los del país que dicha Oeroe, pues así llaman a la isla, sea hija del Asopo. A este lugar resolvieron, pues, los caudillos trasplantar su campo, así con la mira de tener agua en abundancia, como de no verse infestados de la caballería enemiga del modo que se veían cuando la tenían enfrente. Determinaron asimismo que sería preciso partir del campo en la segunda vigilia, para impedir que viéndoles salir la caballería no les picase la retaguardia. Parecióles, por último, que aquella misma noche, llegados apenas al paraje que con su doble corriente encierra y ciñe la Oeroe Asópida bajando del Citerón, destacasen al punto hacia este monte la mitad de la tropa, para recibir y escoltar a los criados que habían ido por víveres y se hallaban cortados en aquellas eminencias sin paso para el ejército.

LII. Tomada esta resolución, infinito fue lo que dio que padecer y sufrir todo aquel día la caballería con sus descargas continuadas. Pasó al fin la terrible jornada; cesó el disparo de los de a caballo, fuéseles entrando la noche, y llegó al cabo la hora que se había aplazado para la retirada. Muchas de las brigadas emprendieron la marcha; pero no con ánimo de ir al lugar que de común acuerdo se había destinado, antes alzado una vez el campo, muy complacidas de ver que se ausentaban de los insultos de la caballería, huyeron hasta la misma ciudad de Platea, no parando hasta verse Cerca del Hereo, que situado delante de dicha ciudad dista 20 estadios de la fuente Gargafia.

LIII. Llegados allá los mencionados cuerpos, hicieron alto, plantando sus reales alrededor de aquel mismo templo. Pausanias que les vio moverse y levantar el campo dio orden a sus lacedemonios de tomar las armas e ir en seguimiento de las tropas quo les precedían, persuadidos de que sin falta se encaminaban al lugar antes concertado. Mostrándose entonces prontos a las órdenes de Pausanias los demás jefes de los regimientos, hubo cierto Amonfareto, hijo de Poliades, que lo era del de Pitanatas, quien se obstinó diciendo que nunca haría tal, no queriendo cubrir gratuitamente de infamia a Esparta con huir del enemigo. Esto decía, y al mismo tiempo se pasmaba mucho de aquella resolución, como quien no se había hallado antes en consejo con los demás oficiales. Mucho era lo que sentían Pausanias y Eurianacte el verse desobedecidos; pero mayor pena les causaba el tener que desamparar el regimiento de Pitana por la manía y pertinacia de aquel caudillo, recelosos de que dejándolo allí solo, y ejecutando lo que tenían convenido con los demás griegos, iba a perderse Amonfareto con todos los suyos. Estas reflexiones les obligaban a tener parado todo el cuerpo de los Lacones, esforzándose entretanto en persuadir a Amonfareto que aquello era lo que convenía ejecutar, y haciendo todo el esfuerzo posible para mover a aquel oficial, el único de los lacedemonios y tegeanos que iba a quedarse abandonado.

LIV. Entretanto, los atenienses, como conocían bien el humor político de los lacedemonios, hechos a pensar una cosa y a decir otra, manteníanse firmes en el sitio donde se hallaban apostados. Lo que hicieron, pues, al levantarse los demás del ejército, fue enviar uno de sus jinetes encargado de observar si los espartanos empezaban a partir, o si era su ánimo no desamparar el puesto, y también con la mira de saber de Pausanias lo que les mandaba ejecutar.

LV. Llega el enviado y halla a los lacedemonios tranquilos y ordenados en el mismo puesto, y a sus principales jefes metidos en una pendencia muy reñida. Pues como a los principios hubiesen procurado Pausanias y Eurianacte dar a entender con buenas razones a Amonfareto que de ningún modo convenía que se expusiesen los lacedemonios a tan manifiesto peligro, quedándose solos en el campo, viendo al cabo que no podían persuadírselo, paró la disputa en una porfiada contienda, en que al llegar el mensajero de los atenienses los halló ya enredados, pues cabalmente entonces había agarrado Amonfareto un gran guijarro con las dos manos, y dejándole caer a los pies de Pausanias, gritaba que allí tenía aquella chinita con que él votaba no querer huir de los huéspedes, llamando huéspedes a los bárbaros al uso lacónico. Pausanias, tratándole entonces de mentecato y de furioso, volvióse al mensajero de los atenienses que le pedía sus órdenes, y le mandó dar cuenta a los suyos del enredo en que veía se hallaban sus asuntos, y al mismo tiempo suplicarles de su parte que se acerasen a él, y que en lo tocante a la partida hicieran lo que a él le vieran hacer.

LVI. Fuese luego el enviado a dar cuenta de todo a los suyos. Vino entretanto la aurora, y halló a los lacedemonios todavía riñendo y altercando. Detenido Pausanias hasta aquella hora, pero creído al cabo de que Amonfareto al ver partir a los lacedemonios no querría quedarse en su campo, lo que en efecto sucedió después, dio la señal de partir, dirigiendo la marcha de toda su gente por entre los collados vecinos, y siguiéndole los de Tegea. Formados entonces los atenienses en orden de batalla, emprendieron la marcha en dirección contraria a la que llevaba Pausanias, pues los lacedemonios, por temor de la caballería, seguían el camino entre los cerros y por las faldas del Citerón, y los atenienses marchaban hacia abajo por la misma llanura.

LVII. Amonfareto, que tenía al principio por seguro que jamás se atrevería Pausanias a dejarle solo allí con su regimiento, instaba obstinadamente a los suyos a que, tranquilos todos en el campo, nadie dejase el puesto señalado; mas cuando vio al cabo que Pausanias iba camino adelante con su gente, persuadióse de que su general debía gobernarse con mucha razón en dejarle allí solo, reflexión que le movió a dar orden a su regimiento de que, tomadas las armas, fuera siguiendo a marcha lenta la demás tropa adelantada. Habiendo avanzado ésta cosa de 10 estadios, y esperando a que viniese Amonfareto con su gente, habíase parado en un lugar llamado Argiopio, cerca del río Moloente, donde hay un templo de Céres Eleusina: había hecho alto en aquel sitio con la mira de volverse atrás al socorro de Amonfareto, en caso de que no quisiera al fin dejar con su regimiento el campo donde había sido apostado. Sucedió que al tiempo mismo que iba llegando la tropa de Amonfareto, venía cargándoles ya de cerca con sus tiros toda la caballería de los bárbaros, la cual, salida entonces a hacer lo que siempre, viendo ya desocupado el campo donde habían estado los griegos atrincherados por aquellos días, siguió adelante, hasta que, dando al cabo con ellos, tornó a molestarles con sus descargas.

LVIII. Al oír Mardonio que de noche los griegos se habían escapado, y al ver por sus ojos abandonado el campo, llama ante sí a Tórax el lariseo, juntamente con sus dos hermanos, Eurípilo y Trasideio, y venidos les habla en estos términos: —«¿Qué me decís ahora, hijos de Alevas, viendo como veis ese campo desamparado? ¿No ibais diciendo vosotros, moradores de estas vecindades, que los lacedemonios en campo de batalla nunca vuelven las espaldas, y que son los primeros hombres del mundo en el arte de la guerra? Pues vosotros les visteis poco ha empeñados en querer trocar su puesto por el de los atenienses, y todos ahora vemos cómo esta noche pasada se han escapado huyendo. He aquí que con esto acaban de darnos una prueba evidente de que cuando se trata de venir a las manos con tropa como la nuestra, la mejor realmente del universo, nada son aun entre los griegos, soldados de perspectiva tanto unos como otros. Bien veo ser razón que yo con vosotros disimule y os perdone los elogios que hacíais de esa gente, de cuyo valor teníais alguna prueba, no sabiendo por experiencia lo que era el cuerpo de mis persas. Lo que me causaba mucha admiración era ver que Artabazo temiese tanto a esos lacedemonios, que lleno de terror diese un voto de tanto abatimiento y cobardía, como fue el de levantar los reales y retirarnos a Tebas, donde en breve nos hubiéramos visto sitiados. De este voto daré yo cuenta al rey a su tiempo y lugar. Lo que ahora nos importa es el que esos griegos no se nos escapen a su salvo; es menester seguirles el alcance, hasta que cogidos venguemos en ellos todos los insultos y daños que a los persas tienen hechos.»

LIX. Acabó Mardonio su discurso, y puesto al frente de sus persas, pasa con ellos a toda prisa el Asopo, corriendo en pos de los griegos como de otros tantos fugitivos. Mas no pudiendo descubrir en su marcha entre aquellas lomas a los atenienses, que caminaban por la llanura, cae sobre el cuerpo de los lacedemonios, que estaban allí con los tegeanos únicamente. Los demás caudillos de los bárbaros, al ver a los persas correr tras de los griegos, levantando luego a una voz sus banderas, metiéronse todos a seguirles, quien más podía, sin ir formados en sus respectivos cuerpos, y sin orden ni disciplina, como hombres que con suma algazara y confusión, iban de tropel no a pelear con los enemigos, sino a despojar a los griegos.

LX. Al verse Pausanias tan acosado de la caballería enemiga, por medio de un jinete que despachó a los atenienses hizo decirles: —«Sabed, amigos atenienses, que tanto nosotros los lacedemonios como vosotros los de Atenas, en vísperas de la mayor contienda en que va a decidirse si la Grecia quedará libre o pasará a ser esclava de los bárbaros, hemos sido vendidos por los demás griegos nuestros buenos aliados, habiéndosenos escapado esta noche. Nosotros, pues, en el lance crítico en que nos vemos, creemos de nuestro deber el socorrernos mutuamente, cerrando con el bárbaro con todas nuestras fuerzas de poder a poder. Si la caballería enemiga hubiera cargado antes sobre vosotros, debiéramos de justicia ir en vuestro socorro, acompañados de los de Tegea, que unidos a nuestra gente no han hecho traición a la Grecia. Ahora, pues, que toda ella ha caído sobre nosotros, razón será que véngalo a socorrer esta ala, que se ve al presente muy agobiada y oprimida. Y si vosotros os halláis acaso en tal estado que no os sea posible concurrir todos a nuestra defensa, haréisnos siquiera la gracia de enviarnos vuestros ballesteros. A vosotros acudimos, ya que sabemos que estáis en esta guerra sumamente prontos a darnos gusto en lo que pedimos.»

LXI. Oída apenas esta embajada, pónense en movimiento los atenienses para acudir al socorro de sus aliados y protegerlos con todo su esfuerzo. El daño estuvo en que al pasar allá los atenienses, se dejaron caer de repente sobre ellos los griegos que seguían el partido del rey, de manera que por lo mucho que los apretaban sus enemigos presentes no fue posible auxiliar a los lacedemonios sus aliados. De donde resultó que quedaron aislados los lacedemonios únicamente con los tegeatas, que nunca les dejaban, siendo aquellos 50.000 combatientes, inclusa en ellos su tropa ligera, éstos solamente en número de 3.000. Mas no se mostraban las víctimas faustas y propicias a los lacedemonios, y en el ínterin muchos de ellos eran los que caían muertos, y muchos más los que allí quedaban heridos, pues que defendidos los persas con cierta empalizada hecha con sus escudos, no cesaban de arrojar sobre ellos tal tempestad de saetas, que por una parte viendo Pausanias a los suyos muy maltratados con tanta descarga, y no pudiendo por otra cerrar ellos con el enemigo, por no serles todavía favorables los sacrificios, volvió los ojos y las manos al Hereo de Platea, suplicando a la diosa Juno que no le abandonara en tan apretado trance, ni permitiera se malograsen sus mejores esperanzas.

LXII. Entretanto que invocaba Pausanias el auxilio de la diosa, los primeros de todos en dirigirse contra los bárbaros son los soldados de Tegea, y acabada la súplica de Pausanias, empiezan luego a ser de buen agüero las víctimas de los lacedemonios. Un momento después embisten éstos corriendo contra los persas, que les aguardan a pie firme dejando sus ballestas. Peleábase al principio cerca del parapeto de los escudos atrincherados; pero rota luego, y pisada esta barrera, ármase luego en las cercanías del templo de Céres el más vivo y porfiado combate del mundo, en que no sólo se llegó al arma corta, sino también al ímpetu inmediato y choque de los escudos. Los bárbaros, con un coraje y valor igual al de los lacedemonios, agarrando las lanzas del enemigo las rompían con las manos; pero tenían la desventaja de combatir a cuerpo descubierto, de que les faltaba la disciplina, de no tener experiencia de aquella pelea, y de no ser semejantes a sus enemigos en la destreza y manejo de las armas: así que, por mas que acometían animosos, ora cada cuál por sí, ora unidos en pelotones de diez y de más hombres, como iban mal armados, quedaban maltrechos y traspasados con las picas, y caían a los pies de los espartanos.

LXIII. Mas por el lado en que andaba Mardonio montado en un caballo blanco, y rodeado de un cuerpo de mil persas, tropa la más brillante y escogida de todo su ejército, por allí realmente era por donde con más viveza y brío se cargaba al enemigo. Y en efecto, todo el tiempo en que, vivo Mardonio, animaba a los suyos, no sólo hacían rostro los persas, sino que rebatían de tal modo al enemigo, que daban en tierra con muchos de los lacedemonios. Pero muerto una vez Mardonio, muerta también la gente más brava que a su lado tenía, empezaron los otros persas luego a volver el pie atrás, a dar las espaldas al enemigo, y ceder el campo a los lacedemonios. Lo que más incomodaba a los persas y les obligaba casi a retirarse, era su mismo vestido, sin ninguna armadura defensiva, habiendo de contribuir a pecho descubierto, con unos hoplitas o coraceros armados de punta en blanco.

LXIV. Allí fue, pues, donde los espartanos, conforme a la predicción del oráculo, vengaron en Mardonio la muerte de su Leonidas; entonces asimismo fue cuando alcanzó la mayor y más gloriosa victoria de cuantas tengo noticia el general Pausanias, hijo de Cleombroto y nieto de Anaxandrides, de cuyos antepasados, los mismos que los de Leonidas, hice antes mención, expresándolos por su mismo nombre. El que en el choque acabó con Mardonio fue el guerrero Aimnesto, varón célebre y de mucho crédito en Esparta, el mismo que algún tiempo después de la guerra con los medos, capitaneando a 300 soldados, entró en batalla con todos los Mesenios, a quienes Esparta había declarado por enemigos, en la cual quedó muerto en el campo con toda su gente cerca de Esteniclero.

LXV. Deshechos ya los persas en Platea y obligados a la fuga por los lacedemonios, iban escapándose sin orden alguno hacia sus reales, y al fuerte que en la comarca de Tebas habían levantado con sus empalizadas y muros de madera. No acabo de admirar una particularidad extraña: de que habiéndose dado la batalla cerca del bosque sagrado de Céres, no se vio entrar persa alguno en aquel religioso recinto, ni menos morir cerca del templo, sino que todos se veían muertos en lugar profano. Estoy por decir, si es que algo se me permite acerca de los secretos juicios de los dioses, que la diosa misma no quiso dar acogida a unos impíos que habían reducido a cenizas aquel su Anactoro y templo principal de Eleusina.

LXVI. Tal fue, en suma, el resultado de aquella acción y batalla: respecto de Artabazo, hijo de Farnaces, no habiendo aprobado ya desde el principio la resolución tomada por el rey de dejar en la Grecia al general Mardonio, y habiendo últimamente disuadido el combate con muchas razones, bien que sin fruto alguno, quiso en este lance tomar aparte por sí sus medidas. Mal satisfecho de la actual conducta de Mardonio, en el momento en que iba a darse la batalla, de cuyo fatal éxito no dudaba, ordenó el trozo de ejército por él mandado (y mandaba una división nada pequeña, de 40.000 soldados), y luego de ordenado, se disponía sin duda con él al combate, habiendo mandado a su gente que todos a una le siguieran, adonde viesen que les condujera, con la misma diligencia y presteza que en él observaran. Así que hubo dado estas órdenes, marchó al frente de los suyos, como quien iba a entrar en batalla, y habiéndose adelantado un poco vio que rotos ya los persas se escapaban huyendo del combate. Y entonces Artabazo, sin conservar por más tiempo el orden en que conducía formada su gente, emprendió la fuga a carrera abierta, no hacia el castillo y fuerte de madera, no hacia los muros de Tebas, sino que en derechura tornó la vereda por la Fócide, queriendo llegar con la mayor brevedad que posible lo fuera al Helesponto: así marchaba con los suyos Artabazo.

LXVII. Volviendo a los griegos del partido del bárbaro, aunque los más sólo peleaban por mera ficción, los beocios por bastante tiempo se empeñaron muy de veras en la acción emprendida con los de Atenas, y los tebanos especialmente, siendo medos de corazón, tomábanlo muy a pechos, no peleando descuidada y flojamente, sino con tanto brío y ardor, que 300 de los más principales y esforzados quedaron allí muertos por los atenienses. Pero los demás, rotos al cabo y destrozados, entregáronse a la fuga, no hacia donde huían tanto los persas como las otras brigadas de su ejército que ni habían tomado parte en la batalla ni hecho en ella acción de importancia, sino en derechura hacia la plaza de Tebas.

LXVIII. Cuando reflexiono en lo acaecido, es cosa para mí evidente que la fuerza toda de los bárbaros dependía únicamente del cuerpo de los persas, pues advierto que las demás brigadas, aun antes de cerrar con el enemigo, apenas vieron a los persas rotos y fugitivos, también ellas al momento se entregaron a la fuga. Huían todos a un tiempo como decía, menos la caballería enemiga y en especial la beocia, pues ésta entretanto servía mucho a los bárbaros, a quienes en la fuga amparaba y cubría, apartando de ellos al enemigo, de quien nunca se alejaba. Vencedores ya los griegos, iban con brío siguiendo y matando a la gente de Jerjes.

LXIX. En medio de esta derrota y terror de los vencidos, llega a las tropas griegas, que atrincheradas cerca del Hereo no se habían hallado en la acción, la feliz nueva de que acababa de darse una batalla decisiva, con una entera victoria obtenida por la gente de Pausanias. Habida esta noticia, salen los cuerpos de su campo, pero todos en tropel y sin orden de batalla. Los corintios tomaron la marcha por las raíces del Citerón, siguiendo entre los cerros por el camino de arriba, que va derecho al templo de Céres; pero los megarenses y los de Fliunte echaron por el campo abierto, por donde era más llano el camino. Lo que sucedió fue, que viendo la caballería de los tebanos cerca ya de los enemigos a entrambos cuerpos de megarenses y fliasios, que caminaban aprisa y de tropel, el general de ella, Asopodoro, hijo de Timandro, cargó de repente contra ellos, y dejó en su primer ímpetu tendidos a 600, obligando a todos los demás a refugiarse en el Citerón, acosados del enemigo. De esta suerte acabaron sin gloria, portándose cobardemente.

LXX. Los persas, con la demás turba del ejército, refugiados ya en el fuerte de madera, se dieron mucha prisa en subirse a las torres y almenas antes de que llegasen allá los lacedemonios, y subidos procuraron fortificar y guarnecer lo mejor que pudieron sus trincheras y baluartes. Llegan después los lacedemonios, y emprenden con todo empeño el ataque del fuerte; pero hasta que llegaron los atenienses en su ayuda, los persas rebatían el asalto, de modo que los lacedemonios, no acostumbrados a sitios ni toma de plazas, llevaban la peor parte en la acción. Venidos ya los atenienses, dióse el asalto con mayor empeño y ardor, y si bien no duró poco tiempo la resistencia del enemigo, por fin ellos con su valor y constancia asaltaron el fuerte, y subidos en él y arruinando las trincheras abrieron paso a los griegos. Los primeros que por la brecha penetraron en los reales fueron los de Tegea, los que acudieron luego a saquear el pabellón de Mardonio, de donde entre otros muchos despojos sacaron aquel pesebre todo de bronce que allí tenía para sus caballos, pieza realmente digna de verse. Este pesebre fue posteriormente dedicado por los tegeanos en el templo de Minerva Atea, si bien todo lo demás que en dicha tienda había lo reservaron para el botín común de los griegos. Abierta una vez la brecha y derribado el fuerte, no volvieron ya a rehacerse ni formarse en escuadrón los bárbaros, entre quienes nadie se acordó de vender cara su vida. Aturdidos allí todos y como fuera de sí, viéndose tantos millares de hombres encerrados como en un corral de madera o en un estrecho matadero, no pensaban en defenderse, y se dejaban matar por los griegos con tanta impunidad, que de 300.000 hombres, a excepción de los 40.000 con quienes huía Artabazo, no llegaron a 3.000 los que escaparon con vida. Los muertos en el ejército griego fueron: entre los lacedemonios 91 espartanos, 16 entre los tegeanos y 52 entre los atenienses.

LXXI. Por lo que mira a los bárbaros, los que mejor se portaron aquel día fueron: en la infantería los persas, los sacas en la caballería, y Mardonio entre todos los combatientes. Entre los griegos, por más prodigios de valor que hicieron los atenienses y los tegeanos, con todo, se llevaron la merecida palma los lacedemonios. No tengo de ello ni quiero más prueba que la que voy a dar: bien veo que todos los griegos mencionados vencieron a los enemigos que delante se les pusieron; pero noto que haciendo frente a los lacedemonios lo más robusto y florido del ejército enemigo, ellos sin embargo lo postraron en el suelo. De todos los lacedemonios, el que en mi concepto hizo mayores prodigios de valor fue Aristodemo, aquel, digo, que por haber vuelto vivo de Termópilas incurrió en la censura y nota pública de infamia; después del cual merecieron el segundo lugar en bravura y esfuerzo Posidonio y Filoción y el espartano Amonfareto. Verdad es que hablando en un corrillo ciertos espartanos sobre cuál de éstos que acabo de mencionar se había portado mejor en la batalla, fueron de sentir que Aristodemo, arrastrado a la muerte para borrar la infamia de cobarde con que se veía notado; al hacer allí proezas y prodigios de valor, no obró en ello sino como un valentón temerario que ni podía ni quería contenerse en su puesto, mientras que Posidonio, sin estar reñido con su misma vida, se había portado como un héroe; motivo por el cual debía ser éste tenido por mejor y más valiente guerrero que Aristodemo. Pero mucho temo que el voto del corrillo no iba libre de envidia. Lo cierto es que todos los que mencioné que habían muerto en la batalla fueron honrados públicamente por el estado, no habiéndolo sido Aristodemo a causa de haber combatido por desesperación, queriendo borrar la infamia con su misma sangre.

LXXII. Estos fueron los campeones más nombrados de Platea. No encuentro entre ellos a Calícrates, el más valiente y robusto sujeto de cuantos, no digo lacedemonios, sino también griegos, concurrieron a la jornada de Platea; y la razón de no contarlo es por haber muerto fuera del combate, pues al tiempo que Pausanias se disponía con los sacrificios a la pelea, Calícrates sentado sobre sus armas fue herido en el costado con una saeta. Retirado, pues, de las filas, durante la acción de los lacedemonios, mostraba con cuánto pesar moría de aquella herida; y hablando con Arimnesto, natural de Platea, decía que no sentía morir por la libertad de la Grecia, que sí sentía morir sin haber dado antes a la Grecia prueba alguna de lo mucho que en tan apretado lance deseaba servirla.

LXXIII. Entre los atenienses, el más bravo, según se dice, fue Sófanes, hijo de Eutíquides, natural de Decelea. Mencionaré aquí de paso un suceso que los atenienses cuentan haber acaecido en cierta ocasión a los deceleenses, y que les fue de gran provecho, pues como en tiempos muy anteriores hubieran los Tindaridas invadido el Ática con mucha gente, con la pretensión de recobrar a Helena, obligaban a los pueblos con esta ocasión a desamparar de miedo sus casas y moradas por no saber ellos de fijo el lugar donde había sido depositada. Viendo, pues, entonces los deceleenses, o como dicen otros, el mismo Deceleo, lo acaecido, irritados contra Teseo, autor de aquel inicuo rapto, y compadecidos del daño que resultaba a todo el país de los atenienses, dieron cuenta a los Tindaridas de todo el suceso, conduciéndolos hasta Afidnas, lugar que les entregó cierto natural de aquella aldea llamado Títaco. En premio y recompensa de este servicio, concedióse entonces a los naturales de Decelea, y al presente aun se les conserva, la inmunidad de tributo en Esparta y la presidencia en el asiento; de manera, que en la guerra sucedida muchos años después entre los de Atenas y los del Peloponeso, a pesar de que los lacedemonios talaban toda el Ática, nunca tocaron a Decelea.

LXXIV. De este Sófanes, natural del referido pueblo de Decelea, el más sobresaliente en la batalla entre los atenienses, se cuenta, bien que de dos maneras, una singular particularidad. Dicen de él los unos, que, con una cadena de bronce llevaba una áncora de hierro pendiente de su tahalí puesto sobre el peto, la cual solía echar al suelo al tiempo de ir a cerrar con su contrario, para que afianzado con ella, no pudieran moverle ni sacarle de su puesto los enemigos, por más que lo apretaran de recio, pero que una vez desordenados y rotos sus adversarios, volviendo a levantar y recobrar su ancla, les seguía los alcances. Cuéntanlo otros de un modo diferente, diciendo que llevaba sí una áncora, pero no de hierro, ni colgada de su peto con una cadena de bronce, sino remedada en el escudo, como una insignia, y que nunca cesaba de voltear y revolver el escudo.

LXXV. Del mismo Sófanes se refiere otro hecho famoso: que en el sitio puesto por los atenienses a Egina mató en un desafío al argivo Euribato, atleta célebre, que había sido declarado vencedor en el Pentatlo, o en los cinco juegos olímpicos. Pero algún tiempo después, hallándose nuestro Sófanes como general entre los atenienses en compañía de Leargo, hijo de Glaucon, tuvo la desgracia de morir en Dato a manos de los Edonos, habiéndose portado como buen militar en la guerra que a estos pueblos se hacía por razón de las minas de oro que poseían.

LXXVI. Rotos ya y postrados los bárbaros en Platea, se pasó y presentó a los griegos una célebre desertora. Era la concubina de un persa principal llamado Farandates, hijo de Teaspis, la que viendo vencidos a los persas y victoriosos a los griegos, ataviada así ella como sus doncellas con muchos adornos de oro, y vestida de la más bella gala que allí tenía, bajó de su harmamaxa, y se dirigió a los lacedemonios, todavía ocupados en el degüello de los bárbaros. Al llegar a los griegos, viendo a uno de ellos que entendía en todo y daba órdenes para lo que se hacía, conoció luego que aquel sería Pausanias, de cuyo nombre y patria por haberlo oído muchas veces venía bien instruida. Echóse luego a sus pies, y teniéndole cogido de las rodillas, hablóle en estos términos. —«Señor y rey de Esparta, tened la bondad de sacar por los dioses a esta infeliz suplicante del cautiverio y esclavitud en que me veo, gracia con que acabaréis de coronar en mí ese otro grande beneficio de que me confieso ya deudora a vuestro imperio, viendo que habéis acabado con unos impíos que ni respetan a los dioses ni temen a los héroes. Yo, señor, soy una mujer natural de Coo, hija de Hegetórides y nieta de Antágoras; por fuerza me sacó de casa un persa, y por fuerza me ha retenido por su concubina. —Concedida tienes, mujer, la gracia que me pides, respondióle Pausanias, especialmente siendo verdad, como tú dices, que eres hija del Coo Hegetórides, uno de mis huéspedes, y el que yo más estimo de cuantos tengo por aquellos países.» Nada más le dijo por entonces, encargándola al cuidado de los Eforos que allí estaban; pero la envió después a Egina, donde ella misma dijo que gustaría ir.

LXXVII. No bien se separó de aquel lugar la desertora, cuando las tropas de Mantinea, concluida ya la acción, se presentaron en el campo; y en prueba de lo mucho que sentían su negligencia, confesábanse ellos mismos merecedores de un buen castigo, que no dejarían de imponerse. Informados, pues, de que los medos a quienes capitaneaba Artabazo se habían librado entregándose a la fuga, a pesar de los lacedemonios, que no convenían en que se les diese caza, fueron con todo persiguiéndoles hasta la Tesalia; y vueltos a su patria los mismos mantineos, echaron de ella a sus caudillos, condenándolos al destierro. Después de ellos, llegaron al mismo campo los soldados de Elea, quienes, muy apesadumbrados por su descuido, enviaron asimismo desterrados a sus comandantes, una vez regresados de la expedición a su patria: y esto es cuanto sucedió con los de Mantinea y con los Eleos.

LXXVIII. Había en Platea entre los soldados de Egina un tal Lampón, hijo de Pites, uno de los principales de su ciudad; el cual, concebido un designio singularmente impío, se dirigió a Pausanias, y llegando a su presencia como para tratar un muy grave negocio, hablóle así: —«Alégrome mucho de que vos, oh hijo de Cleombroto, hayáis llevado a cabo la más excelente hazaña del orbe, así por lo grande, como por lo glorioso de ella. Gracias a los dioses que habiéndoos escogido por libertador de la Grecia, han querido que fuerais el general más ilustre de cuantos hasta aquí se vieron. Me tomaré con todo la licencia de preveniros que falta algo todavía a vuestra empresa. Haciendo lo que os propondré, elevaréis al más alto punto vuestra gloria, y serviréis tanto a la Grecia, que con ello lograréis que en el porvenir no se atreva a ella bárbaro alguno con semejante insolencia y desvergüenza. Bien sabéis cómo allá en Termópilas, ese Mardonio y aquel otro Jerjes pusieron en un palo a Leonidas, cortando la cabeza a su cadáver. Si vos ahora volviereis, pues, el pago al difunto Mardonio, lograréis sin duda que todos vuestros espartanos y aun los demás griegos todos os colmen de los mayores elogios; pues empalado por vos Mardonio, quedará bien vengado vuestro tío Leonidas.» De esta suerte pensaba Lampón con lo que decía lisonjear y dar gusto a Pausanias; pero éste le respondió en la siguiente forma:

LXXIX. «Mucho estimo, caro egineta, tu buena voluntad y ese cuidado que te tomas de mis asuntos, si bien debo decirte que tu consejo no es el más cuerdo ni atinado. Por la acción que acabo de cumplir, a mí y a mi patria nos ensalzas hasta las nubes, y con tu aviso nos abates tú mismo a la mayor ruindad, queriendo nos ensangrentemos contra los muertos, pretextando que así lograría yo mayor aplauso entre los griegos con una determinación que más conviene con la ferocidad de los bárbaros que con la humanidad de los propios griegos, que abominarían en ellos semejantes desafueros. Yo te protesto que a tal precio ni quiero los aplausos de tus eginetas ni de los que como tú y como ellos piensan, contento y satisfecho con agradar a mis espartanos, haciendo lo que la razón me dicta y hablando en todo según ella me sugiere. Por lo que a Leonidas mira, ¿te parece, hombre, que así él como los que con él murieron gloriosamente en Termópilas, están ya poco vengados y satisfechos con tanta víctima como acabo yo de sacrificarles en esta matanza de tales y tan numerosos enemigos? Ahora te advierto que tú con semejantes avisos y sugestiones ni jamás te acerques a mí, ni me hables palabra en todos los días de tu vida; y puedes al presente dar gracias al cielo de que este tu aviso no te cueste bien caro.» Dijo, y el egineta que tal oyó no veía la hora de alejarse de Pausanias.

LXXX. Mandó Pausanias pregonar en el campo que nadie tomase nada del rico botín, dando orden a sus ilotas de que fueran recogiendo en un lugar toda la presa. Distribuidos ellos por los reales del persa, hallaban las tiendas ricamente adornadas con oro y con plata, y en las tiendas sus camas, las unas doradas y plateadas las otras; hallaban las tazas, las botellas, los vasos, todo ello de oro; hallaban asimismo en los carros unos sacos en que se veían vasijas de oro y de plata. Iban los mismos ilotas despojando a los muertos allí tendidos, quitándoles los brazaletes, los collares y los alfanjes, piezas todas de oro, sin hacer caso alguno de los vestidos de varios colores; y valiéndose entretanto de la ocasión, si bien presentaban todo lo que no les era posible ocultar, ocultaban sin embargo cuanto podían, vendiéndolo furtivamente a los eginetas, para quienes esta fue la fuente de sus grandes riquezas, logrando comprar de los ilotas el oro mismo a peso de bronce.

LXXXI. Recogido en un montón todo el inmenso botín, desde luego sacaron aparte la décima, consagrándola a los dioses. De una parte de ella, ofrecida al dios de Delfos, hicieron aquella trípode de oro montada sobre un dragón de bronca de tres cabezas, que está allí cerca del ara; de otra parte, dedicada al dios de Olimpia, levantaron a Júpiter un coloso de bronce, de diez codos de altura; de otra tercera parte, reservada al dios del Istmo, se hizo un Neptuno de bronce, de siete codos. Lo restante de la presa, después de sacada dicha décima, se repartió entre los combatientes, según el mérito y dignidad de las personas, entrando en tal repartimiento las concubinas de los persas, el oro, la plata, las alhajas, los muebles y los bagajes. Por más que no hallo quien exprese con qué premio extraordinario se galardonó a los campeones que más se señalaron en Platea, persuádome con todo de que se les daría su parte privilegiada. Lo cierto es, que para el general Pausanias se escogieron y se le dieron aparte diez porciones de cada ramo del despojo, así en las esclavas como en los caballos, en los talentos de moneda, en los camellos, y del mismo modo en todos los demás géneros del botín.

LXXXII. Entonces corre la fama de que pasó un caso notable: dícese que al huir Jerjes de la Grecia, había dejado su propia recámara para el servicio de Mardonio. Viendo Pausanias aquel magnífico aparato, aquella tan rica repostería de vajilla de oro y plata, aquel pabellón adornado con tantos tapices y colgaduras de diferentes colores, dio orden a los panaderos, reposteros y cocineros persas de prepararle una cena al modo que solían prepararla para Mardonio. Habiendo ellos hecho lo que se les mandaba, dicen que Pasmado entonces Pausanias de ver allí aquellos lechos de oro y plata de tal suerte cubiertos, aquellas mesas de oro y plata asimismo, aquella vajilla y aparato de la cena tan espléndido y brillante, mandó a sus criados que le dispusiesen una cena a la Lacónica, para hacer mofa y escarnio de la prodigalidad persiana. Y como la diferencia de cena a cena fuese infinita, Pausanias con la risa en los labios iba mostrando a los generales griegos llamados al espectáculo una y otra mesa, hablándoles así al mismo tiempo: «Llamaros he querido, ilustres griegos, para que vieseis por vuestros ojos la locura de ese general de los medos, que hecho a vivir con esa profusión y lujo, ha querido venir a despojar a los Lacones, que tan parca y miserablemente nos tratamos.» Así se dice que habló Pausanias a los jefes griegos.

LXXXIII. No obstante de haberse recogido entonces tan grandioso botín, algunos de los de Platea hallaron después en dichos reales bolsas y talegos llenos de oro y plata y de otros objetos preciosos. Cuando aquellos cadáveres estuvieron ya secos y descarnados, al tiempo que los platenses acarreaban sus huesos a un mismo sitio, observóse una cosa bien extraña, cual fue, ver una calavera toda sólida, de un solo hueso y sin costura alguna: ni lo fue menos una quijada allí aparecida, la que en la parte de arriba y la de abajo, aunque presentaba como distintos los dientes y las muelas, eran todos, no obstante, de un solo hueso. También apareció allí un esqueleto de cinco codos.

LXXXIV. El día inmediato después de la batalla es cierto que desapareció el cadáver de Mardonio; pero no puedo señalar individualmente quién lo hizo desaparecer de allí. De varios sujetos, y aun de sujetos de varias naciones, oigo decir que le dieron sepultura, y bien se que fueron diferentes los que recibieron muchos regalos de Artontes, hijo de Mardonio, por haber enterrado a su padre. Pero repito que no he podido con certeza averiguar quién fue puntualmente el que retiró y sepultó aquel cadáver; bien que se dice mucho que ese tal fue Dionisofanes, natural de Éfeso. De este modo fue enterrado Mardonio.

LXXXV. Repartida ya la presa cogida en Platea, acudieron los griegos a dar sepultura a los muertos, cada pueblo de por sí a sus compatricios. Los lacedemonios, abiertas tres tumbas, enterraron en una a los sacerdotes separados de los que no lo habían sido, y en el número de ellos entraron los sacerdotes Posidonio, Filocion, Amonfareto y Calícrates; en la otra sepultaron a todos los demás espartanos; y en la tercera a los ilotas, siendo este mismo el orden de sus sepulturas. Los de Tegea juntaron en un sepulcro a todos sus muertos; los de Atenas en otro aparto cubrieron asimismo a los suyos; y los de Egina y Flimito tomaron igual providencia con sus difuntos, que la caballería beocia había degollado. Así que los sepulcros de dichas ciudades eran en realidad sepulcros llenos de cadáveres, al paso que todos los demás monumentos que en Platea al presente se dejan ver, no son más que unos túmulos vacíos, que erigieron allí, según oigo decir, las otras ciudades griegas, corriéndose de que se dijera no haberse hallado sus respectivas tropas en aquella batalla. Cierto túmulo se muestra allí sin duda que llaman el de los eginetas, del cual oí contar que diez años después de la acción, a instancia de los de Egina, fue levantado por un agente suyo llamado Gleades, hijo de Autodico y natural de Platea.

LXXXVI. Dada a los muertos sepultura, tomaron los griegos en Platea, de común acuerdo, la resolución de llevar las armas contra Tebas para pedir a los tebanos les entregasen los partidarios de los medos, mayormente los caudillos principales de la facción, que eran Limegenides y Atagino; y en caso de que se negasen ellos a la entrega, de no marcharse de allí sin haber tomado dicha plaza a viva fuerza. Once días después de la famosa batalla, presentándose los griegos delante de Tebas, la pusieron sitio y pidieron se les entregasen dichos hombres. Pero viendo que no accedían a ello los tebanos, empezaron a devastarles el país, y apretando más el sitio, asaltaban la plaza con más empeño.

LXXXVII. Desde entonces no cesaban los sitiadores de pasarlo todo a sangre y fuego; de lo cual, movido Limegenides, hizo a sus tebanos este discurso: —«En vista de que esos griegos que ahí nos cercan, caros compatricios, se muestran empeñados en continuar el asedio hasta que tomen por fuerza la ciudad, o que vosotros de grado nos entreguéis y pongáis en sus manos; sabed, que respecto a nosotros, accedemos a librar de tanto daño a la Beocia, e impedir que su territorio sufra más tiempo tantas hostilidades. No más resistencia, paisanos; si ellos para sacar alguna contribución se valen del pretexto de pedir nuestras personas, démosles la suma que pidan tomándola del erario común, puesto que no fuimos nosotros en particular, sino el común de Tebas quien siguió a los medos. Pero si nos sitian queriendo en realidad apoderarse de nuestras personas, gustosos convenimos nosotros en presentarnos a los griegos para debatir con ellos nuestra causa.» Pareció a los tebanos que decía muy bien Limegenides y que hablaba muy al caso, y luego despacharon a Pausanias un heraldo, para participar lo que ellos convenían en entregar los sujetos que les pedía.

LXXXVIII. Ajustado así el negocio por entrambas partes, huyó Atagino secretamente de la ciudad, y sus hijos fueron entregados a Pausanias, quien los puso en libertad, diciendo que aquellos niños ninguna culpa habían tenido en el medismo y parcialidad de su padre. Los otros presos entregados por los tebanos estaban en la persuasión de que lograrían se tratara su causa en consejo de guerra, y que podrían en el juicio de los griegos comprar a fuerza de dinero su absolución y redimir el castigo. Pausanias, que penetraba sus intentos y sospechaba de los griegos que se dejarían sobornar, licenció desde luego las tropas aliadas, y llevando consigo a Corinto los tebanos prisioneros, los mandó allí ajusticiar.

LXXXIX. Lo que hasta aquí llevo dicho, es lo que hubo en Platea y en Tebas. Volviendo ahora a Artabazo, hijo de Farnaces, al llegar a los tesalos huyendo a largas jornadas, recibiéndole éstos con demostraciones y obras de amigo y huésped, preguntábanle acerca de lo restante del ejército, ajenos totalmente de lo que en Platea había sucedido. Artabazo, viendo claramente que si decía la verdad sobre lo ocurrido en la batalla corría manifiesto peligro de perecer allí mismo con toda su división, pues sabida la desgracia y ruina del ejército, claro estaba que todos se levantarían contra él; Artabazo, pues, con esta consideración, no había ya dado antes noticia del caso a los focenses, y entonces habló a los tesalos de esta suerte: «Lo que tan sólo puedo comunicaros, oh ciudadanos, es que paso ahora con esta tropa hacia la Tracia, comisionado para un negocio importante, y por lo urgente de él, marcho con la mayor diligencia y prisa que cabe. El mismo Mardonio, con todo su ejército, siguiendo mis pisadas, está en víspera ya de llegar a vuestros dominios: bien podéis prepararle el alojamiento, esmerándoos para con él en todos los obsequios de la hospitalidad, bien seguros de que en el porvenir no tendréis que arrepentiros de vuestros leales servicios.» Después de hablarles así, continuó con la mayor celeridad sus marchas forzadas por la Tesalia y por la Macedonia, encaminándose directamente hacia la Tracia; y como quien llevaba realmente muchísima prisa, tomó el camino recto atravesando por en medio la región. Llegó al cabo a Bizancio, perdida mucha así a manos de los tracios, quienes al paso iban destrozándola, como al rigor del hambre y la miseria.

XC. El día mismo en que con derrota completa de los persas se peleó en Platea, acaeció a los mismos otro destrozo en Micale, lugar de la Jonia: porque como los griegos, que iban en la armada naval al mando del lacedemonio Leotiquides, estuvieran de fijo apostados en Delos, vinieron a ellos desde Samos unos embajadores, enviados por los de aquella isla, pero a hurto así de los persas como del señor de ella, Teomestor, hijo de Androdamanto, a quien éstos habían dado el señorío de Samos. Los enviados, que eran Lampón, hijo de Trasicles, Atenágoras, de Arquestrátides, y Hegesístrato, de Aristágoras, se presentaron a la junta de los comandantes griegos, a quienes en nombre de todos hizo Hegesístrato un largo y muy limado razonamiento en esta sustancia: —Que los jonios sólo con acercárseles allí los griegos se sublevarían contra los persas, sin que los bárbaros se atrevieran a hacerles frente, y tanto mejor si lo intentaban, pues con esto les pondrían por sí mismos en las manos una presa tan grande, que no sería fácil hallar otra igual. Después de estas razones, acudiendo a las súplicas, rogábales que por los dioses comunes quisieran los griegos librarles de la esclavitud a ellos, también griegos, lo cual les sería facilísimo de lograr, porque las naves de los bárbaros, de suyo muy pesadas, no eran capaces de sostener el combate. Concluían, por fin, que si temían engaño o mala fe en quererles conducir contra el enemigo, prontos estaban allí en acompañarles como rehenes en sus naves.

XCI. Estando en el mayor calor de la súplica el enviado samio, le salió Leotiquides con una pregunta no esperada, y le interrumpió la arenga, ora fuese para procurarse un buen agüero con la respuesta, ora porque así lo ordenase el cielo sin pretenderlo Leotiquides. —«Hombre, le pregunta, ¿cómo te llamas y cuál es tu gracia, amigo samio? Llámome, respondió él, Hegesístrato. —Y yo, replicó luego el lacedemonio, admito ese buen agüero, con que el cielo me convidó, oh caro samio, en ese tu nombre de conductor del ejército. Oblígate tú desde luego a navegar con nosotros y a estipular juntamente con tus compañeros, bajo la fe del juramento, que los samios están prontos a ser nuestros aliados.»

XCII. Concluir estas palabras Leotiquides y empezar aquella empresa, todo fue uno: porque los embajadores samios, interponiendo al instante la solemnidad del juramento, aseguraron que los de Samos entraban en la liga con los griegos, y Leotiquides por su parte se dispuso a la expedición sin pérdida de tiempo, mandando a los demás enviados que diesen la vuelta a su patria, y que se quedase en la armada Hegesístrato, cuyo nombre le había parecido de feliz agüero. Así que los griegos, no detenidos allí más que aquel día, al siguiente se hicieron a la vela, viendo que los sacrificios salían en extremo favorables a su buen harúspice y adivino Deifono, hijo de Evenio y natural de Apolonia, la que está en el seno Jonio.

XCIII. Aconteció a dicho Evenio una rara aventura que voy a referir. En la ciudad de Apolonia hay rebaños consagrados al sol, los cuales de día van paciendo a las orillas de un río que, bajando del monte Lacmon, corre por la comarca de Apolonia y desagua en el mar cerca del puerto Orico: en cuanto a la noche, escógense ciertos hombres, y éstos los más distinguidos de los vecinos por sus haberes y nobleza, para que un año cada uno, guarden aquel ganado, en lo cual se esmeran particularmente por lo mucho que, conforme a cierto oráculo, cuentan con los mencionados rebaños del sol, cuyo aprisco viene a ser una cueva apartada y distante de la ciudad. Sucedió, pues, que Evenio, encargado por su turno de la guarda de aquel ganado, como en tiempo de la vela se quedase dormido, acometiendo unos lobos al hato divino, le mataron unas 60 cabezas. Echólo de ver Evenio; pero selló los labios sin decir palabra a nadie, con ánimo de comprar y reponer otras tantas cabezas de ganado. El dado estuvo en que no pudo ocultarse la cosa de manera que no llegase a oídos de los de Apolonia, quienes llamándole a juicio le condenaron a perder los ojos, por haberse dormido durante su guardia en vez de velar. Apenas le sacaron los ojos, cuando vieron que ni sus ganados les daban nuevas crías, ni las tierras les rendían los mismos frutos que antes; desastres predichos contra ellos en Dodona y en Delfos. En esta calamidad, quisieron saber de aquellos profetas cuál era la culpa que causaba la presente desventura, y se les respondió de parte de los dioses, que por haber privado inicuamente de la vista al guardián del sacro rebaño, Evenio; pues los dioses mismos habían sido quienes echaron contra él aquellos lobos; y que tuvieran bien entendido que no alzarían la mano del castigo vengando a Evenio, si primero no le daban la satisfacción que él mismo quisiera aceptar por la injusticia que con él se había ejecutado; que practicada por los apolonios esta diligencia, iban los dioses a hacer una merced tal y tan grande a Evenio, que por ella muchos serían los hombres que le tuvieran por feliz.

XCIV. Los de Apolonia, en vista de los oráculos, que guardaban muy secretamente, encargaron a ciertos vecinos el negocio de la recompensa debida a Evenio, y los comisionados se valieron del siguiente medio. Estando Evenio sentado en su silla, van a visitarle aquellos hombres; siéntanse a su lado, comienzan a discurrir sobre otros asuntos, y poca a poco hacen recaer la conversación sobre la compasión que aquella su desgracia les causaba. Con este artificio continúan su discurso, y le preguntan qué recompensa aceptaría de los apolonios en caso de que quisieran éstos satisfacerle la injuria. Evenio, que nada había penetrado tocante a la respuesta de los oráculos, respondió: que si le dieran en primer lugar las tierras de unos vecinos, nombrándoles por su propio nombre, que poseían las dos mejores heredades que había en Apolonia, y a más de ellas le hiciesen dueño de una casa que sabía ser la más hermosa de la ciudad, con esto se daría por satisfecho de la injuria recibida, y depondría totalmente el odio e ira contra los autores de su desventura. Habiéndose explicado así Evenio, tomándole la palabra aquellos interlocutores: —«Ahora bien, Evenio, le replicaron, esa misma satisfacción que pides es la que convienen en darte los apolonios por haberte sacado los ojos, conforme se lo ordena el oráculo.» Evenio, informado después por ellos de todo lo sucedido, llevaba muy a despecho la trampa legal con que se le había sorprendido; mas sus paisanos, comprando de sus dueños dichas heredades, le dieron la satisfacción con que antes mostró que estaría contento y satisfecho. Y para mayor dicha, desde aquel punto penetrado Evenio con el don de profecía, por el cual llegó a ser muy celebrado.

XCV. Volviendo, pues, a nuestro propósito, hijo del mencionado Evenio fue Deifono, el que, conducido por los corintios, era adivino en la armada. Acuérdome de haber oído decir a alguno, que habiéndose alzado Deifono con el nombre de hijo de Evenio, de quien no lo era en realidad, se alquiló para vaticinar contra la Grecia.

XCVI. Por lo que mira a los griegos de Delos, al ver que les eran favorables los sacrificios, alzando el ancla se hicieron a la vela para Samos; y llegados a vista de Calamina, lugar de dicha villa, dieron allí fondo cerca del Hereo y se disponían a una batalla naval. Mas los persas, al saber que llegaban los griegos, salieron para el continente con el resto de la armada que les quedaba, dando al mismo tiempo permiso a la escuadra fenicia para restituirse a su patria. Nacía esto de que en sus asambleas habían resuelto dos cosas: una el no entrar en combate con las naves griegas, por parecerles que no eran proporcionadas sus fuerzas navales; la otra el refugiarse al continente con la mira de estar allí cubiertos y sostenidos por el ejército de tierra, que se hallaba en Micale; porque es de saber que por orden de Jerjes habían sido dejados allí 60.000 hombres, que sirvieran de guarnición en la Jonia, bajo el mando del general Tigranes, el más sobresaliente de todos los persas en el talle y gallardía de su persona. Hacia dicho ejército, pues, habían determinado retirarse los jefes de la armada naval, sacadas a tierra sus naves, defendidas allí con buenas trincheras, que les sirvieran a ellas de baluarte y a ellos de refugio y retirada contra el enemigo.

XCVII. Hechos, pues, a la vela con esta resolución, llegaron los persas cerca del templo de las Potnias, entre Geson y Scolopoente, lugares de Micale, en cuyas vecindades erigió aquel templo, en honor de Céres Eleusina, Filistio, hijo de Pasicles, cuando pasó a la fundación de Mileto en compañía de Niles, hijo de Codro. Habiendo, pues, aportado a este sitio, sacaron a tierra sus naves y las encerraron dentro de un vallado que formaron con piedra y fagina, y con los troncos de los árboles frutales cortados en aquellas cercanías, alzando a más de esto alrededor de la valla una fuerte estacada. Tales eran los pertrechos con que se disponían, así para resistir sitiados, como para vencer salidos de sus trincheras, pues así pensaban poder pelear con distintas posiciones.

XCVIII. Al saber los griegos que los bárbaros habían pasado el continente, fue mucha la pena que sintieron de que le les hubiesen escapado, ni acababan de resolver consigo si volverían atrás o se adelantarían hasta el Helesponto; pero al fin parecióles bien no hacer uno ni otro, sino darse a la vela para el continente. Con esto, prevenidos de escalas y de los demás pertrechos para una batalla naval, salen para Micale. Cuando estuvieron cerca ya del campamento de las naves enemigas, viendo que nadie las botaba al agua para salirles al encuentro, y antes bien todas se quedaban encerradas dentro del vallado, observando al mismo tiempo que mucha tropa de tierra estaba apostada por toda aquella playa, lo primero que hizo entonces Leotiquides fue ir pasando por delante del enemigo, costeando en su nave la tierra lo más cerca posible, y hacer que su pregonero hablase en estos términos a los jonios: —«Amigos jonios, cuantos estáis al alcance de mi voz, estad todos atentos a lo que voy a deciros, pues bien veis que nada penetrarán los persas de lo que preveniros quiero. Encárgoos, pues, que al cerrar nosotros con el enemigo tengáis presente vuestra libertad y la de todos los griegos; esto sea lo primero: lo segundo, os prevengo que no os olvidéis del nombre y seña de Hebe. Vosotros los que me oís, haced que sepan esto los que no me oyen.» Este artificio de Leotiquides entrañaba la misma malicia que aquel hecho de Temístocles en Artemisio, porque una de dos cosas debía resultar de allí: o bien atraer a los jonios a su partido, en caso que el aviso se ocultara a los persas; o si no, poner a éstos de mala fe para con aquellos, si llegaba el trato a noticia de los bárbaros.

XCIX. Después de esta prevención de Leotiquides, lo segundo que hicieron allí los griegos fue arribar a la playa, saltar a tierra y formarse luego en orden de batalla. Cuando los persas vieron en tierra a los griegos dispuestos al combate, informados al mismo tiempo del soborno intentado con los jonios, tomaron desde luego sus medidas y precauciones. La primera de ellas fue desarmar a los samios, de quienes se recelaban como de partidarios de los griegos. Procedía el motivo de tal sospecha de ver que los samios habían rescatado a todos los atenienses que, dejados antes en el Ática y cogidos allí por la gente de Jerjes, habían sido traídos a Samos, y que no contentos con esto los samios, los habían remitido a Atenas bien provistos de víveres; motivo por el cual habían dado no poco que sospechar a los persas, redimiendo hasta quinientas personas enemigas de Jerjes. La segunda precaución tomáronla los persas mandando a los Milesios que ocupasen aquellos desfiladeros que llevan hasta la cumbre de Micale, con el pretexto de ser la gente más perita en aquellos pasos; pero con la verdadera mira de hacer que no se hallasen mezclados en su ejército. Por estos medios procuraron prevenirse los persas contra aquellos jonios de quienes recelaban que no dejarían pasar la ocasión, si alguna se les ofrecía, de intentar una novedad. Hecho esto, fueron atrincherándose detrás de sus gerras o parapeto de mimbres para entrar en acción.

C. Una vez formados los griegos en sus filas, parten sin dilación hacia el enemigo, al tiempo mismo de ir al choque, y vuela por todo el campo ligera la fama con una fausta nueva, y deja verse de repente en la orilla del mar una vara levantada a manera de caduceo. La buena noticia volaba diciendo que los griegos en Beocia habían vencido al ejército de Mardonio. Ello es así, que los dioses con varios indicios suelen hacer patentes los prodigios de que son autores, como se vio entonces, pues queriendo ellos que el destrozo de los bárbaros en Micale coincidiese en un mismo día con el ya padecido en Platea, hicieron que la fama de éste llegase en tal coyuntura, que animase mucho más y llenara de valor a los griegos para el nuevo peligro, como en efecto sucedió.

CI. Otra particularidad observo en este caso, y es que las dos batallas de que hablo, se dieron en las vecindades de los templos de Céres Eleusina, pues según llevo ya notado, la batalla en Platea se trabó junto a aquel templo, y la que en Micale iba a emprenderse había de darse cerca de otro que allí había. Y en efecto, concordaba con la verdad del hecho la fama que allí corrió acerca de la victoria de Pausanias y de sus griegos, habiendo sucedido bien de mañana la batalla de Platea, y la de Micale por la tarde de aquel mismo día. Ni tardó de cierto a saberse la nueva, pues dentro de pocos días se vio clara y evidentemente que las dos acciones sucedieron en un mismo mes y día. Lo cierto es que los griegos de Micale, antes de que volando les viniese la fama como para ganar las albricias, estaban muy temerosos y solícitos, no tanto por su propia causa como por la común de los demás griegos, siempre con el temor de que cayese al cabo la Grecia toda en las manos de Mardonio; pero llegada la fausta nueva, iban al combate con nuevos ánimos y mayor brío. Ni es de extrañar que así los griegos como los bárbaros mostraran prisa e interés en una contienda cuyo galardón había de ser en breve el dominio de las islas y del Helesponto.

CII. Iban, pues, los atenienses avanzando por la playa y por la llanura vecina, con los aliados que se habían formado a su lado, componiendo como la mitad de la tropa; y los lacedemonios con las demás tropas ordenadas en el suyo caminaban por unos pasos ásperos y montañosos. En tanto que venían éstos dando la vuelta, ya el cuerpo de los atenienses en su ala había cerrado con el enemigo. Los persas, defendiéndose con ardor mientras duró en pie el parapeto de sus gerras, en nada llevaban la peor parte del combate; pero después que el ala de los atenienses y de los aliados unidos, exhortándose unos a otros para hacer suya la victoria sin dejarla a los lacedemonios, redobló el ataque con nuevo brío y esfuerzo, empezó luego a mudar de semblante la acción, rompiendo con ímpetu el parapeto, y dejándose caer escuadronados y unidos sobre los persas, quienes recibiéndolos a pie firme y haciendo por bastante tiempo una vigorosa resistencia, se refugiaron al cabo a sus trincheras. Viéndolos huir, los atenienses, los corintios, los sicionios y los trecenios, pues estas eran las tropas reunidas en aquella ala, cada cual por su orden, cargándoles de cerca en la huida, lograron entrar con ellos dentro de sus reales. Al ver los bárbaros forzado su campo, no se acordaron ya de hacer más resistencia, y se entregaron a la fuga, exceptuados los persas propios, quienes, bien que reducidos a un pequeño número, resistían valerosamente a los griegos, por más que no cesasen éstos de subir por las trincheras. Dos generales persas hubieron de salvar la vida huyendo, y dos la perdieron allí peleando: huyeron los comandantes de las tropas marinas Artaintes e Itamitres; murieron con las armas en la mano Mardontes y Tigranes, que era general del ejército de tierra.

CIII. Duraba todavía la resistencia que hacían los persas, cuando llegó un cuerpo de los lacedemonios y demás aliados, que ayudó a acabar con todos los enemigos. No fueron pocos los griegos que murieron en la acción, entre quienes se contaron muchos sicionios; con su jefe Perilao. Por lo que mira a los samios alistados en aquel ejército medo y desarmados en el campo, apenas vieron al principiar el combate varia y fluctuante la victoria, hicieron cuanto les fue posible por su parte para ayudar a los griegos, y siguiendo los demás jonios el ejemplo que empezaban a darles los samios, sublevados también, volvieron sus armas contra los bárbaros.

CIV. Habían los persas, como dije antes, apostado en los desfiladeros y sendas del monte a los Milesios, con orden de guardarles aquellos pasos con el objeto de que en caso de tener mal éxito la acción, como en efecto tuvo, sirviéndoles de guías los Milesios, les condujesen salvos a las eminencias de Micale, pues a este fin, no menos que con el de precaver que no intentasen novedad alguna incorporados en el ejército, les habían destacado allí los persas. Pero los Milesios obraban en todo al revés de lo que se había ordenado, pues no sólo guiaban por las sendas que iban a dar con el enemigo a los que pretendían huir por la parte opuesta, sino que al fin fueron ellos mismos los que mayor carnicería hicieron en los bárbaros. De este modo se levantó de nuevo la Jonia contra el persa.

CV. En esta batalla, los griegos que mejor se portaron fueron los atenienses, y entre éstos se distinguió más que otro alguno un atleta célebre en el pancracio, llamado Hermolico, hijo de Eulino. Este mismo campeón, en la guerra que después se hicieron entre sí atenienses y caristios, tuvo la desgracia de morir peleando en Cirno, lugar del territorio Caristio, y fue sepultado en Genesto. Después de los atenienses merecieron mucho aplauso los corintios, los trecenios y los sicionios.

CVI. Luego que los griegos hubieron acabado con casi todos aquellos bárbaros, muertos unos en la batalla y otros en la fuga, trasladaron a la playa los despojos, entre los cuales no dejaron de hallar bastantes tesoros, y luego pegaron fuego a las naves, juntamente trincheras, y reducidas a ceniza trincheras y naves, hiciéronse a la vela. Vueltos ya a Samos, entraron en consejo los griegos acerca de la trasplantación de las ciudades jonias, deliberando si sería oportuno dejar despoblada la Jonia al arbitrio de los bárbaros, y en tal caso en qué regiones de la Grecia, que fuesen de su dominio, sería conveniente dar asiento a los jonios. Movíales a esto el ver por una parte que era imposible a los griegos el proteger de continuo a los jonios con una guarnición fija, y por otra el considerar que los jonios, no estando protegidos continuamente por un destacamento, no podrían lisonjearse de no pagar bien cara la sublevación contra los persas. Eran, pues, de parecer en la consulta los principales entre los peloponesios, que convenía desocupar los emporios de aquellos griegos que habían seguido al medo, y darlos con sus territorios a los jonios para su habitación. Mas parecíales a los atenienses que de ningún modo convenía desamparar la Jonia con semejante deserción, y que no tocaba a los del Peloponeso disponer de los colonos propios de Atenas; ni los Peloponosios mostraron dificultad en ceder a este voto contrario. Dejado este punto, entraron a concluir un tratado de alianza con los samios, con los de Quío, con los lesbios y con los demás isleños que seguían las banderas griegas, obligándose con la fe mutua de un solemne juramento a que firmes en la confederación mantendrían lo prometido. Concluido ya el tratado, y creídos de que hallarían todavía formado el puente de barcas, hiciéronse a la vela para romperlo.

CVII. Seguían, pues, los griegos el rumbo del Helesponto; pero los bárbaros que habían podido refugiarse en las alturas de Micale, bien que pocos fueron los que en ellas se salvaron, daban entretanto la vuelta hacia Sardes. Sucedió en el camino, que el príncipe Masistes, hijo de Darío, que se había hallado presente a la completa derrota del ejército, empezó a cargar de oprobios al general Atraintes, y entre otras injurias le echó en rostro que era más ruin y cobarde que una mujer, no obstante sus insignias y supremo mando; que no había para él castigo bastante digno del daño que a la real casa acababa de hacer. Y es de notar que entre los persas, tratarlo a uno de mujer, se tiene por la mayor de las infamias. Atraintes, que tal nube de baldones y oprobios se vio encima, no pudiendo sufrirlo en paciencia, echa mano al alfanje medo en ademán de descargar un golpe mortal contra Masistes. En el acto de acometer, velo Xenágoras, hijo de Proxilao, natural de Alicarnaso, y ganándole la acción por las espaldas, le agarra de la cintura y lo tira de cabeza en el suelo, dando lugar a que acudieran entretanto los alabarderos de Masistes. En recompensa de esta acción, con la cual ganó Xenágoras la gracia de Masistes, juntamente con la de Jerjes, a cuyo hermano salvó la vida, le dio el rey el mando de toda la Cilicia. Fuera de este hecho, nada de consideración sucedió en todo aquel viaje hasta Sardes. Hallábase entonces el rey en Sardes, donde se había mantenido desde que llegó allí huyendo de Atenas, perdida la batalla naval de Salamina.

CVIII. Manteniéndose allí Jerjes, hallábase sumamente prendado del amor que había concebido hacia la esposa de Masistes, la cual en aquella sazón se hallaba asimismo en Sardes. Viendo, pues, el rey que no podía buenamente atraerla a sus deseos, por más que la requebrase, y no queriendo rendirla a su pasión por medios violentos en atención y respeto a su hermano Masistes, cuya consideración alentaba la resistencia de la mujer, bien persuadida de que no usaría con ella de la fuerza, entonces fue cuando no hallando camino alguno para lograr su intento, se valió de este artificio: Manda casarse a un hijo suyo, llamado Darío, con una princesa hija de Masistes y de la dama de quien estaba Jerjes enamorado, creyendo que así le sería fácil llevar a cabo sus designios. hecho el ajuste y celebradas con solemne pompa las bodas, pasa Jerjes a Susa, en donde llama a su palacio a la princesa novia, para que en él viva con su hijo Darío. Mudó entonces de objeto el amor, y en vez de la madre empezó Jerjes a requebrar a la hija, dejando de querer a la esposa de Masistes su hermano, por querer sobrado a la de Darío su hijo, a la princesa Artainta, que tal era su nombre.

CIX. Andando el tiempo, vino por fin a descubrirse el incesto. Amestris, la reina o esposa principal de Jerjes, quiso regalarle un manto real que había ella misma tejido de varios colores, pieza magnífica y digna de verse. Ufano Jerjes con su nuevo manto, se presenta vestido con él a su Artainta, y contento de la buena acogida que ella le hizo, dícele que le pida la merced que quisiere, cierta de que en atención a sus obsequios nada le negará de cuanto le pida. Dispone la suerte adversa, que preparaba una gran catástrofe a toda aquella familia, que Artainta le replique con esta pregunta: —«¿De veras, señor? ¿puedo contar absolutamente con vuestra promesa?» Jerjes, que nada preveía menos, como objeto de esta petición, que lo que ella pensaba pedirle, confirmó su promesa con un juramento. Con esto Artainta se abalanza atrevida y le pide aquel manto, entonces Jerjes no hacía sino buscar excusas, no por otro fin sino porque Amestris, recelosa ya anteriormente de aquel trato, no averiguase claramente lo que pasaba. Entonces era el darle ciudades, el darle montes de oro, el entregar a su único mando un ejército, siendo entre los persas muy singular favor el ceder a uno dicho mando. Pero todo en vano; ella instaba por su manto, y Jerjes se lo dio al cabo; y sumamente alegre y engreída con aquella gala, púsosela luego, haciendo ostentación de ella.

CX. Llega a oídos de Amestris que su manto paraba en, poder de la otra; infórmase de lo que había pasado, y convierte su odio y encono no contra la joven Artainta, sino contra su madre, persuadiéndose de que la culpa estaba en la madre encubridora y autora de lo que hacía la hija; y deseosa de vengarse, comienza a maquinar la muerte a la esposa de Masistes. A este fin espera a que llegue el solemne día en que el rey, su marido, debía dar un convite regio, que una vez al año acostumbraba a celebrarse en el día de cumpleaños del monarca, día en que éste se adorna y corona la cabeza y hace regalos a los persas. En idioma persa llámase este convite Ticta, y en griego la corresponde Teleya, convite perfecto o grande. Llegado, pues, el día de cumpleaños, pidió Amestris a Jerjes una gracia, y fue que le entregase la mujer de Masistes a toda su voluntad y discreción. Llevó Jerjes a mal una petición tan malvada e indecorosa, parte por ver que se le pedía la mujer de su mismo hermano, parte por saber cuán inocente estaba ella en aquel asunto, comprendiendo muy bien el motivo del resentimiento por el cual Amestris se la pedía.

CXI. No obstante todo esto, vencido al fin de las instancias de la reina y como forzado por la costumbre, que no permitía negar gracia alguna que al rey se pidiera en aquel regio aniversario, concédele la merced, bien que muy a pesar suyo, y entregándole la citada mujer, le dice que obre con ella como gustare. Llama después a su hermano Masistes y le habla en estos términos: —«Masistes, a mas de ser tú hijo de Darío y con esto mi buen hermano, bien sé que eres un hombre de mucho mérito y valor, lo que me mueve a ordenarte que despidas de tu compañía a esa mujer que ahora tienes, y tomes por mujer a una hija mía con quien adelante vivas, pues por tal te la doy desde ahora. En suma, no me parece bien que cohabites más con esa tu mujer.» Sorprendido Masistes con una orden tan no esperada, replicóle así: —«Pero, señor, ¿qué significa esa pretensión vuestra tan fuera de razón? ¿Cómo así, señor, que me mandáis dejar a mi esposa, de quien he tenido tres hijos y otras hijas más, de quienes una es la princesa que vos mismo dísteis por esposa al príncipe, vuestro hijo, y esto cuando yo la quiero y amo muy de corazón? ¿Queréis que echada ella de mi lecho me case yo con una hija vuestra? En esto, bien que me hagáis un particular honor teniéndome por digno marido de vuestra hija, me permitiréis con todo que os hable con franqueza que ni una ni otra cosa me conviene. No queráis vos precisarme a ello con vuestras instancias; marido se presentará para vuestra hija mejor o tan bueno como yo; dejadme a mí continuar en ser esposo de mi actual consorte.» Irritado Jerjes de oíruna respuesta libre y honrada: —«¿Sabes, lo replica, lo que lograrás con tu resistencia, desconocido Masistes? Ni yo te daré por esposa a mi hija, ni tú serás por más tiempo marido de esa tu mujer, para que aprendas a agradecer los favores que hacerte quiera tu soberano.» Al oír Masistes la amenaza, salióse luego no diciendo más palabras que estas: —«Señor, ¡vivo yo todavía, y vos no me mandáis morir!»

CXII. Amestris, en el intervalo en que hablaba Jerjes con su hermano, habiendo llamado a los alabarderos del rey, hace en la mujer de Masistes la más horrorosa carnicería. Córtale a la infeliz los pechos, y manda arrojarlos a los perros; córtale después la nariz, luego las orejas y los labios; la lengua también se la saca y corta; y así desfigurada y perdida la envía a su casa.

CXIII. Masistes, que nada sabía de esto todavía y que por momentos temía algún desastre fatal en su misma persona, iba a su casa corriendo. Al entrar en ella, hállase con el espectáculo de su esposa destrozada; llama al punto a sus hijos, y de común acuerdo parte luego con ellos y con alguna gente para Bactras, con ánimo resuelto de sublevar aquella provincia y de hacer al rey cuanto daño pudiera; lo que, según me persuado, hubiera sin falta sucedido, si hubiese llegado a juntarse con los bactrianos y con los sacas antes de que se lo impidiera el mismo rey, siendo gobernador de aquellas naciones que le amaban muy de veras. Pero prevenido Jerjes de los designios de Masistes, despachó un cuerpo de sus soldados, los cuales alcanzándole en el camino, acabaron con él, con sus hijos y con las tropas que consigo llevaba. Basta lo dicho sobre los amores de Jerjes y la muerte desastrosa de Masistes.

CXIV. Volviendo a los griegos, emprendieron, luego de concluida la jornada de Micale, la navegación al Helesponto, en la que a causa de los vientos contrarios les fue preciso dar fondo en las cercanías de Lecto. De aquí pasaron a Ábidos, donde hallaron sueltas ya las barcas que todavía flotaban trabadas en forma de puente, razón por la cual habían dirigido su rumbo al Helesponto. Allí en sus consejos de guerra Leotiquides con sus peloponesios opinaba por su vuelta hacia la Grecia; pero el comandante Jantipo con los atenienses era de parecer que, permaneciendo allí, invadieran el Quersoneso. Paró la disidencia en que los del Peloponeso se hicieran a la vela para su tierra, y los atenienses, pasando de Ábidos al Quersoneso, pusieron sitio a la plaza de Sesto.

CXV. Apenas corrió la voz de que los griegos querían acometer al Quersoneso, refugiáronse los persas en las ciudades vecinas a la plaza de Sesto, como a la más fuerte de cuantas había alrededor, y entre ellos pasó allá un personaje principal llamado Oebazo, quien desde la ciudad de Cardia había hecho acarrear a la misma fortaleza toda la armazón y aparejo del ya deshecho puente. Defendían dicha plaza los naturales del país, que eran unos colonos eolios, juntamente con los persas y con otros muchos aliados.

CXVI. El gobernador por Jerjes en esta provincia era el persa Artaictes, hombre audaz, malvado y ruin, quien con dolo y artificio había quitado al rey, al tiempo que iba contra Atenas, los tesoros y riquezas del héroe Protesilao, hijo de Ificlo, y se los había apropiado sacándolos de Eleunte en esta forma: Existe en Eleunte, ciudad del Quersoneso, el sepulcro de Protesilao, y alrededor de este monumento un bosque y recinto sagrado, en cuyo santuario había mucha riqueza, mucha urna de oro y de plata, mucha pieza de bronce, mucho vestido precioso y muchos otros donativos. Todos los saqueó, pues, Artaictes con su astucia, haciéndole merced al mismo rey, a quien él engañó maliciosamente con cierta súplica que en estos términos le hizo: —«Señor, le dice, aquí está la casa de cierto griego, el cual en una expedición que contra vuestros dominios hacía pagó con la vida la pena de su maldad. Os suplico por tanto, que me hagáis la gracia de darme su casa para el que escarmienten todos y nadie se atreva en adelante a infestar vuestros estados.» Con tal artificio concebía la demanda, viendo que así obtendría fácilmente la gracia del rey, el cual estaba lejos de maliciar nada de lo que él pretendía conseguir; y en cuanto a la imputación de haber hecho la guerra Protesilao en los dominios del rey, aludía con malicia a la pretensión de los persas, que quieren sea toda el Asia suya y del soberano que en todo tiempo entre ellos reinase. Una vez concedida la gracia, lo primero que hizo Artaictes fue pasar de Eleunte a Sesto todos aquellos tesoros, desmontar el bosque, sembrar y cultivar el recinto sagrado: y no se contentó con esto, sino que de allí en adelante, cuantas veces tocaba en Eleunte, otras tantas en el mismo santuario de Protesilao abusaba de alguna mujer. Artaictes era, pues, el que se hallaba a la sazón sitiado por los atenienses, sin provisiones para sufrir el asedio, y sin que antes hubiese esperado allí a los griegos, los cuales se habían echado de improviso sobre aquella provincia.

CXVII. Viendo los atenienses ocupados en el sitio que iba acercándose ya el otoño, pesarosos de hallarse lejos de sus casas y descontentos de no poder tomar la fortaleza, instaban a sus jefes por la vuelta y retirada a su patria. Pero como éstos les desengañasen diciendo no tenían que pensar en volver si no rendían primero la plaza, o no eran llamados por la república, aquietáronse al cabo con la respuesta, determinados a pasar por todo.

CXVIII. Hallábanse entretanto los sitiados tan acosados del hambre, que habían llegado ya al extremo de cocer para su alimento las correas de sus camillas y lechos; pero como poco después aun este sustento les faltase, los persas, aprovechándose de las tinieblas de la noche, salieron ocultamente de la ciudad con Artaictes y Eobazo, descolgándose por las espaldas de la fortaleza, que era el puesto menos guardado y cubierto por los enemigos. Apenas amaneció cuando los naturales del Quersoneso, dando desde las torres aviso a los atenienses de lo sucedido, les abrieron las puertas de la ciudad, con lo cual la mayor parte de los sitiadores siguió los alcances de los que huían, y los demás se apoderaron de la plaza.

CXIX. Los tracios que llaman Apsintios, habiendo cogido a Eobazo que huía por la Tracia, la sacrificaron conforme a su rito particular a Plistoro, su dios nacional, dando a los demás de la comitiva otro género de muerte: Artaictes con los suyos, que no eran muchos, habiendo tardado algo más en salir de la plaza, fue alcanzado poco más allá de las corrientes de un río que llaman de la Cabra, donde después de un buen rato de resistencia, en que algunos de sus compañeros murieron, fue con los otros hecho prisionero, y con él un hijo suyo, que fueron reducidos a prisión en Sesto por los griegos.

CXX. Sucedió entonces, según refieren los vecinos del Quersoneso, un raro prodigio a uno de los que guardaban dichos prisioneros, pues al tiempo que sobre las brasas estaba asando no sé qué pez salado, saltó éste de repente en el fuego, y se puso a palpitar como suelen hacerlo los peces recién sacados del agua. Los demás guardias que cerca de él estaban, se quedaron admirados al verlo; pero Artaictes apenas reparó en el prodigio, encarándose con el soldado que asaba aquellos peces, le habló en estos términos: —«Nada tienes que extrañar, amigo ateniense, ese portento, que por cierto no habla contigo; «con él quiere significarme el dios de Elounte Protesilao, que aun después de muerto y disecado tiene virtud y poder conferido por los dioses para vengarse de quien le agraviare. Confieso que le tengo ofendido; pero pronto estoy para la enmienda: me ofrezco a pagar a este buen dios cien talentos en recompensa de las riquezas que le quité, y prometo a los atenienses por el rescate mío y el de mi hijo doscientos más si nos ponen en libertad. Así habló Artaictes, pero con tantas promesas no pudo aplacar al general Jantipo, ya porque le instaban los vecinos de Eleunte que vengase a su Protesilao con el suplicio del sacrílego prisionero, ya porque juzgaba por sí mismo que así debía ejecutarlo con aquel malvado. Llevándole, pues, desde la cárcel a la misma orilla del mar, donde Jerjes había construido el famoso puente, o como dicen otros, subiéndole a un cerro que cae sobre la ciudad de Madito, le empaló allí en un madero clavado en el suelo, habiendo hecho morir a pedradas al hijo a la vista del mismo Artaictes.

CXXI. Hecho esto y cargadas las naves con el rico botín, y también con la armazón y pertrechos del puente de Jerjes, que destinaban por ofrendas a los templos de la patria, hiciéronse los atenienses a la vela para Grecia. Y con esto concluyeron las hazañas de aquel año.

CXXII. Y ya que hablé del empalado Artaictes, quiero mencionar un arbitrio que propuso a los persas su abuelo paterno Artembares, de cuyo arbitrio dieron cuenta a Ciro, referido en estos términos: —«Ya que el dios Júpiter da a los persas el imperio y a ti, oh Ciro, arruinado el poderío de Astiages, te concede particularmente el mando con preferencia a todos los hombres, ¿qué hacemos nosotros que no salimos de nuestro corto y áspero país para trasladarnos a otra tierra preferible? A nuestra disposición tenemos muchas provincias vecinas, y muchas otras distantes, mejores todas que nuestro suelo, y está puesto en razón que las mejores sean para los que tienen el dominio. ¿Y qué ocasión lograremos más oportuna para hacerlo que la que tenemos al presente, cuando nos hallamos mandando a tantas naciones y al Asia toda?» Ciro, habiendo escuchado el discurso, sin mostrar que extrañaba el proyecto, aconsejó a los persas que lo hicieran muy en hora buena; pero les avisó al mismo tiempo que se dispusiesen, desde el punto que tal hicieran, a no mandar más, sino a ser por otros mandados; que efecto natural de un clima delicioso era el criar a los hombres delicados, no hallándose en el mundo tierra alguna que produzca al mismo tiempo frutos regalados y valientes guerreros. Adoptaron luego los persas la opinión de Ciro, y corrigiendo la suya propia, desistieron de sus intentos, prefiriendo vivir mandando en un país áspero, que ser mandados disfrutando del más delicioso paraíso.


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