LIBROS HISTÓRICOS: LA VIDA DE LOS DOCE CÉSARES DE SUETONIO: DOMICIANO



VIDA DE DOMICIANO


I. Nació Domiciano el 9 de las calendas de noviembre (191); su padre había sido designado cónsul y había de entrar en funciones al mes siguiente. El nacimiento acaeció en la sexta región de Roma, cerca del punto llamado la Granada, en una casa convertida más adelante por él en templo de la familia Flavia. Se afirma que pasó su infancia y su primera juventud en la indigencia y en la infamia; no tenía siquiera un vaso de plata y es sabido que el prestamista Clodio Polión, contra el que tenemos un poema de Nerón, intitulado El Tuerto, había conservado y exhibía muchas veces una carta de Domiciano en la que éste le ofrecía una noche. Afirmase también que tuvo el mismo comercio obsceno con Nerva, su inmediato sucesor. Durante la guerra de Vitelio se había encerrado en el Capitolio con su tío Sabino y una parte de las tropas, pero habiéndose apoderado el enemigo del templo y habiéndole puesto fuego, refugiase él en casa de un guardián, donde pasó la noche; por la mañana, disfrazado con el traje de los sacerdotes de Isis, consiguió escapar, mezclándose con los ministros subalternos de esta vana religión. Se retiró al otro lado del Tíber, acompañado de una sola persona, a casa de la madre de un condiscípulo suyo, hallando en ella tan excelente refugio, que los emisarios que seguían sus huellas no pudieron encontrarle. Salió finalmente después de la victoria, siendo saludado cesar; se le honró incluso con la dignidad de pretor de Roma con autoridad consular, pero sólo conservó el título y transmitió la autoridad al primero de sus colegas, mostrando, por el abuso que hizo del poder, lo que había de ser algún día. Fuera largo enumerar todas sus bajezas. Sedujo, en primer lugar, a las esposas de gran número de ciudadanos, robó y tomó en matrimonio a Domicia Longina, que estaba casada con Elio Lamia; distribuyó en un solo día más de veinte oficios para la ciudad y para las provincias, diciendo Vespasiano con este motivo, que se extrañaba de que su hijo no le nombrase también sucesor.

II. Emprendió sin necesidad una expedición a la Galia y la Germania, desoyendo los consejos de los amigos de su padre, con el único objeto de emular las hazañas y la consideración de su hermano. Vespasiano le reprendió con dureza, y a fin de que no olvidara en adelante su edad y condición, le obligó a vivir con él. Siempre que el emperador se presentaba en público con Tito, Domiciano seguía en litera la silla curul, y el día en que se celebró su triunfo sobre la Judea los acompañó montado en un caballo blanco. De sus seis consulados únicamente uno fue regular, y su hermano fue quien se lo cedió y solicitó para él. Domiciano supo fingir entonces gran moderación, y sobre todo viva afición a la poesía, de la que no había hecho nunca el menor caso y por la que mostró más adelante profundo desprecio; entonces llegó, sin embargo, incluso a leer versos compuestos por él. Cuando Vologesio, rey de los partos, pidió un refuerzo mandado por un hijo de Vespasiano, para luchar contra los alanos, Domiciano hizo cuanto pudo para ser elegido, y habiendo resultado vanos sus esfuerzos, trató de incitar con dones y promesas a los otros reyes de Oriente para que hiciesen igual petición. Tras la muerte de su padre vaciló algún tiempo sobre si ofrecería a los soldados donativo doble del ordinario, con el fin de sublevarlos, y no dudó hacer correr que Vespasiano le había dejado una parte del Imperio, pero que habían falsificado su testamento. A partir de entonces, no cesó de conspirar en secreto y hasta abiertamente contra su hermano. Cuando le vio gravemente enfermo ordenó sin esperar a que expirase, que le abandonaran como si estuviese muerto (192). Tributó sólo a su memoria los honores de la apoteosis y hasta algunas veces le censuró indirectamente en sus edictos y discursos.

III. Al comienzo de su reinado se encerraba solo todos los días durante horas enteras para cazar moscas. a las que enristraba con un punzón muy agudo. Semejante costumbre dio motivo a un chiste de Vibio Crispo, el cual, preguntado un día si había alguien con el emperador: No, contestó, ni siquiera una mosca. Repudió Domiciano a su esposa Domicia, que le había dado un hijo durante su segundo consulado, y que al año siguiente había recibido de él el título de Augusta, pero que estaba locamente enamorada del histrión Paris. No pudo, sin embargo, soportar esta separación, y poco después volvió a llamarla, como cediendo a las instancias del pueblo. Su conducta en el gobierno del Imperio fue al comienzo muy desigual y mezclada de mal y de bien, pero poco a poco hasta sus virtudes degeneraron en vicios; puede conjeturarse que las circunstancias ayudaron también a desarrollar sus malas inclinaciones: la pobreza le hizo codicioso, y el miedo, cruel.

IV. Dio a menudo en el Anfiteatro y en el Circo espectáculos tan dispendiosos como magníficos. En el Circo, además de las carreras acostumbradas de bigas y cuadrigas (193), dio un doble combate de caballería e infantería, y en el Anfiteatro una batalla naval. Las cacerías de fieras y los combates de gladiadores se verificaban de noche, a la luz de las antorchas, viéndose luchar en la arena, no sólo a hombres, sino también a mujeres. Los cuestores habían dejado caer en desuso desde hacía ya mucho la costumbre de dar combates de gladiadores a su entrada en el cargo; Domiciano la restableció, asistió siempre a tales espectáculos y permitió cada vez al pueblo pedir dos parejas de sus propios gladiadores, que presentaba los últimos y vestidos con trajes dignos del dueño del Imperio. Mientras duraban los juegos tenía constantemente a sus pies un enano vestido de escarlata, cuya cabeza era de una prodigiosa pequeñez; Domiciano hablaba continuamente con él, y algunas veces de cosas serias; un día se le oyó, por ejemplo, preguntarle si sabia por que había dado en la última promoción el gobierno del Egipto a Mecio Rufo. En un lago abierto cerca del Tíber y rodeado de gradas, hizo representar batallas navales, en las que combatieron flotas, por decirlo así, completas; y ni siquiera una fuerte lluvia sobrevenida durante uno de estos espectáculos le impidió presenciarlo hasta el fin (194). Celebró asimismo los juegos seculares, tomando por fecha los últimos del reinado de Augusto, y no los de Claudio. El día de los dioses en el Circo, decidió reducir a cinco las siete vueltas, a fin de facilitar la terminación de las cien carreras de carros. Fundó en honor de Júpiter Capitolino un certamen quinquenal de música, de carreras de caballos y de ejercicios gimnásticos, en los que se distribuían más coronas que en nuestros días (195). Se disputaba, asimismo, en ellos el premio de la prosa griega y latina; había, además, premio para canto y arpa, otro para los coros de arpa y de canto, y otro, por último, para arpa sola; y se vio, incluso, a doncellas disputarse en el estadio el premio de la carrera. Domiciano presidió personalmente tales juegos, con calzado militar, toga de púrpura a la griega y en la cabeza una corona de oro en la que estaban grabadas las imágenes de Júpiter, Juno y Minerva, a su lado tenía al gran pontífice de Júpiter y del colegio de los sacerdotes flavianos (196), vestidos todos como él, pero llevando en sus coronas, además de las imágenes citadas, el retrato del emperador. Celebraba todos los años en el monte Albano las fiestas de Minerva, divinidad para la cual había establecido un colegio de sacerdotes. Entre éstos, designaba la suerte al pontífice, estando obligados a dar magníficos combates de fieras, juegos escénicos y premios de elocuencia y poesía. Distribuyó tres veces al pueblo congiarios de trescientos sestercios por individuo; y durante las cestas de su cuestura le hizo servir un festín de los más espléndidos. En la fiesta de las Siete Colinas hizo distribuir a los senadores y caballeros raciones de pan y al pueblo canastillos llenos de viandas, de las que empezó a comer el primero. Al siguiente día hizo arrojar entre los espectadores regalos de toda clase; como la mayor parte de aquellos obsequios cayeron en los bancos del pueblo, señaló otros cincuenta lotes para cada banco de senadores y caballeros.

V. Restauró gran número de hermosos edificios que habían sido destruidos por las llamas; entre otros, el Capitolio, que se había incendiado otra vez, pero siempre inscribiendo su nombre, y sin hacer mención del antiguo fundador. Construyó sobre el Capitolio un templo nuevo, dedicado a Júpiter Custodio. Se le debe también el Foro que lleva hoy el nombre de Nerva, el templo de la familia Flavia, un estadio, un teatro lírico, y, por último, una naumaquia, cuyas piedras sirvieron más adelante para la restauración del Circo Máximo, del que se habían consumido dos costados.

VI. En cuanto a sus expediciones militares, unas las emprendió espontáneamente, como la que decidió contra los catos; otras por necesidad, como la de los sármatas, que habían degollado a toda una legión con su jefe. Así fueron también sus dos campañas contra los dacios: la primera para vengar la derrota del consular Opio Sabino; la segunda para vengar la de Cornelio Fusco, prefecto de las cohortes pretorianas, a quien había investido del mando en jefe. Después de varios combates, ni favorables ni adversos, contra los catos y los dacios, festejó un doble triunfo; pero tras su victoria sobre los sármatas contentase con ofrendar una corona de laurel a Júpiter Capitolino. Dio fin, sin salir de Roma y con singular fortuna, a la guerra civil suscitada por L. Antonio, gobernador de la Alta Germania; en efecto, en el momento mismo del combate, los témpanos del Rin, arrastrados por el deshielo, impidieron a las tropas de los bárbaros que se uniesen a las de Antonio. Los presagios de esta victoria precedieron en Roma a la noticia, pues el mismo día de la batalla un águila gigantesca rodeó con sus alas la estatua del emperador, lanzando alegres chillidos, y pocos instantes después tomó tal consistencia el rumor de la muerte de Antonio, que muchos aseguraban incluso haber visto pasear su cabeza.

VII. Introdujo muchos cambios en las costumbres establecidas; suprimió la de las sportulas públicas y restableció la de las comidas regulares. Añadió dos partidos a los cuatro del Circo, y los distinguió con trajes de púrpura y oro. Prohibió la escena a los histriones y sólo les permitió representar en casas particulares. Prohibió castrar a los hombres y disminuyó el precio de los eunucos que estaban aún en venta en las casas de los mercaderes. Habiendo observado en el mismo año gran abundancia de vino y mucha escasez de trigo. dedujo de ello que la preferencia otorgada a las viñas hacía olvidar los trigales; prohibió entonces plantar nuevas vinas en Italia y dejar subsistir en las provincias más de la mitad de las antiguas (197); pero abandonó la ejecución de esté edicto. Hizo comunes a los hijos de los libertos y a los caballeros romanos algunos de las cargos más importantes del Estado. Prohibió la reunión en un mismo campamento de muchas legiones y recibir en la caja de depósitos militares más de mil sestercios por soldado, por creer que L. Antonio, que había aprovechado para sublevarse contra él la reunión de dos legiones en los magno cuarteles de invierno, tuvo también en cuenta la importancia de este depósito. Concedió, finalmente a los soldados un cuarto término de paga de tres áureos (198).

VIII. Desplegó en la administración de la justicia gran celo y diligencia, y algunas veces hasta concedió en su tribunal del Foro audiencias extraordinarias. Dejó sin efecto las sentencias de los centunviros dictadas por favor. Exhortó, a menudo a los jueces recuperadores a no acceder a liberaciones reclamadas sin graves motivos (199). Tachó de infamia a los jueces corrompidos, así como a sus consejeros (200). Supo también contener a los magistrados de Roma y a los gobernadores de las provincias, que nunca fueron más desinteresados ni más justos, pues que vemos a la mayor parte de ellos acusados después de él de los peores delitos. Encargado de las funciones de la censura, abolió el uso abusivo de sentarse indistintamente en el teatro en los bancos de los caballeros; destruyó los libelos repartidos al público contra los ciudadanos principales; expulsó del Senado a un antiguo cuestor que mostraba excesiva pasión por el arte de la pantomima y del baile; prohibió a las mujeres deshonradas el uso de litera y el derecho a recibir legados o herencias; eliminó de la lista de jueces a un caballero romano que, después de repudiar a su esposa y llevarla ante los tribunos como adúltera, la había recibido de nuevo; condenó, en virtud te la ley Scantinia (201) a muchos ciudadanos de las dos órdenes; estableció castigos diferentes, pero siempre severos, contra los incestos de las vestales, ante los que su padre y su hermano habían cerrado los ojos. Estos castigos fueron primera la muerte, y más adelante el suplicio ordenado por las leyes antiguas (202). Permitió, sin embargo, a las hermanas Ocelata, y después de éstas a Varronila, que eligieran el género de muerte, y limitóse a desterrar a sus seductores; pero a la gran vestal Cornelia, que había sido absuelta en otra ocasión, acusada de nuevo y convicta, la hizo enterrar viva y azotar a sus cómplices con varas hasta hacerlos morir, en el Comicio, excepto a un antiguo pretor, contra el que no existía otra prueba que una declaración incierta arrancada por la tortura, por lo que fue sólo desterrado. Vigiló con especial cuidado que no se violase impunemente el respeto debido a los dioses; hizo que los soldados destruyesen una tumba que un liberto suyo había elevado a su hijo con piedras destinadas al templo de Júpiter Capitolino y mandó arrojar al mar las cenizas y huesos que había en ella.

IX. En sus primeros años experimentaba tal horror por la sangre, que recordando cierto día, en ausencia de su padre, este verso de Virgilio:

Impia guam coesis gens est epulata juvencis (203).

quiso prohibir que se inmolaran bueyes. Ni antes de llegar al Imperio ni en los primeros tiempos de su reinado, hizo sospechar en él ninguna inclinación a la avaricia y avidez; antes, por el contrario, dio muchas pruebas de desinterés y hasta de liberalidad. Colmaba de presentes a las personas de su comitiva y nada les recomendaba con tanta insistencia como la aversión a la avaricia. No aceptaba las herencias de los que tenían hijos, e incluso anuló un legado del testamento de Rusco Cepión, consistente en cierta cantidad que el heredero debía dar todos los años a cada senador a su entrada en el Senado. Declaró libres de toda persecución judicial a los deudores cuyos nombres estaban inscritos en el Tesoro desde más de cinco años, no permitiendo contra ellos la renovación sino dentro del mismo año y aun esto con la condición que impuso al acusador de pena de destierro en caso de perder la causa. Perdonó, por lo pasado, a los escribientes de los cuestores que traficaban según su costumbre y contra la ley Clodia. Dejó a los antiguos poseedores, como por derecho de prescripción, los terrenos que no habían sido destinados tras el reparto efectuado a los veteranos. Reprimió la furia de las persecuciones fiscales, señalando severas penas para los acusadores, y se cita esta frase suya: El príncipe que no castiga a los delatores, los alienta.

X. No perseveró, sin embargo, en su clemencia ni en su desinterés, antes por el contrario, se inclinó rápidamente a la avaricia y a la crueldad. Hizo matar a un discípulo del histrión Paris, que era muy joven aún y estaba entonces enfermo, por la única razón de que se parecía a su maestro en la figura y el talento. Hizo también perecer a Hermógenes Tarsense por algunas alusiones contenidas en su historia, y los copistas que lo habían escrito fueron crucificados. A un padre de familia, porque gritó en el espectáculo que un tracio podía luchar contra un mirmilón, pero no contra el odio del que daba los juegos, ordenó que le arrancasen de su sitio, que le arrastrasen a la arena, y le obligó a luchar en ella contra dos perros, con un cartel que decía: Defensor de los tracios, impío en sus palabras. Muchos senadores, alguno de los cuales habían sido cónsules, como Civico Cerialis, procónsul en Asia, Salvidieno Orfito y Acilo Glabrión, desterrados a la sazón, fueron condenados a muerte como conspiradores. Otros muchos fueron muertos por leves pretextos; entre ellos Elio Lamia, por antiguas bromas que, a pesar de ser perfectamente inocentes, le habían hecho sospechoso; por haberle dicho, por ejemplo, después del rapto de su esposa, a algunos que le alababan la belleza de su voz: Es el premio de mi continencia; por haber contestado a Tito, que le exhortaba a tomar otra esposa: ¿Acaso quieres casarte tú también?; dio también muerte a Salvio Coceyano por haber celebrado el nacimiento del emperador Otón, tío suyo; a Mecio Pomposiano, por haber nacido bajo una constelación que al decir de algunos, auguraba el Imperio, porque llevaba a todas partes con él un mapa del mundo y los discursos de reyes y grandes capitanes, extractados de Tito Livio, porque había, en fin, dado a esclavos los nombres de Magón y Aníbal; a Salustio Lúculo, legado en la Bretaña, por haber permitido que llamasen luculenas unas lanzas de forma nueva; a Junio Rústico, por haber escrito el elogio de Peto Traseas y de Helvidio Prisco y haberles llamado los más virtuosos de los hombres, delito que fue causa de que Domiciano expulsase de Roma y de Italia a todos los filósofos. Hizo también perecer a Helvidio hijo, con el pretexto de que en una representación intitulada Paris y Oenone había censurado el divorcio del príncipe, y a Flavio, primo suyo, porque el día de los comicios consulares el pregonero, después de elegido Sabino, le proclamó, en vez de cónsul, emperador. Fue, sin embargo, mucho más cruel después de su victoria sobre Antonio. Para descubrir, en efecto, los cómplices secretos de su adversario, sometió a la mayor parte de los otros a un nuevo género de tortura, consistente en hacerles quemar los órganos sexuales y cortar las manos. Sólo a dos perdonó entre los más conocidos: a un tribuno del orden de los senadores y a un centurión, los cuales alegaron, como prueba de su inocencia, la infamia de sus costumbres, que había debido desposeerles de toda influencia sobre el espíritu de su jefe y de los soldados.

XI. La crueldad no le bastaba, y gustaba aún de astucias y golpes repentinos. Cierto día hizo acudir a su alcoba a un recaudador, obligóle a sentarse a su lado en el mismo almohadón, lo despidió luego alegremente y sin inspirarle el menor recelo, enviándole a su casa platos de su mesa, y a la mañana siguiente mandó crucificarle. Había decidido la muerte del cónsul Arretino Clemente, familiar y agente suyo, a pesar de lo cual, continuó tratándole tan bien o mejor que de ordinario, hasta que un día, paseando con él en litera y viendo a su delator, le dijo: ¿Quieres que oigamos mañana a ese mal esclavo? Jugaba cruelmente con los sufrimientos de los hombres, y nunca pronunciaba una sentencia de muerte sin un preámbulo en el que ensalzaba su clemencia, de suerte que el indicio más seguro de trágico fin era la indulgencia del príncipe. Había hecho conducir ante el Senado a algunos ciudadanos acusados del delito de lesa majestad, diciendo que en aquella ocasión experimentaría el celo de la asamblea por su persona, en vista de lo cual fueron condenados al suplicio que determinaban las leyes antiguas. Asustado él mismo por la atrocidad del castigo, quiso prevenir su mal efecto e intercedió por ellos en estos términos, pues no es indiferente repetirlos: Permitid, padres conscriptos, que reclame de vuestro afecto una cosa que bien sé ha de concedérseme difícilmente y es que los condenados puedan elegir su género de muerte os liberaréis así de presenciar un espantoso espectáculo, y todo el mundo comprenderá que asistía yo al Senado

XII. Arruinado por los enormes gastos de las construcciones que realizaba, por los espectáculos y por el aumento de estipendio a los soldados, ideó entonces para aliviar el Tesoro militar disminuir el número de éstos; vio que esta medida le exponía a las invasiones de los bárbaros y entonces, sin aligerar las otras cargas, no buscó ya mas que ocasiones de rapiña. Por todas partes se confiscaban los bienes de vivos y muertos, cualquiera que fuese el delator, cualquiera que fuese la acusación; bastaba ser acusado de la menor acción, de la palabra más insignificante contra la majestad del príncipe. Confiscaba para él las herencias que más extrañas le eran, con tal de que una persona, una sola asegurase haber oído decir en vida al difunto que el cesar era su heredero. El impuesto que con más rigor se perseguía era aquel de que se componía el Tesoro judaico; por todas partes se denunciaban al Fisco a aquellos que, sin haber hecho profesión, vivían en la religión judía, o que, ocultando su origen, no hacía efectivo el tributo impuesto a su nación. Recuerdo haber visto en mi juventud a un recaudador reconocer ante un crecido número de testigos a un anciano de noventa años, a fin, de saber si estaba circuncidado. Domiciano mostró en su juventud gran presunción, orgullo y mucha falta de moderación en su conducta y sus palabras. A Cenis, la concubina de su padre, que a su regreso de Istria le ofreció el beso de costumbre, él le tendió simplemente la mano. Parecíale muy mal que el yerno de su hermano tuviese también criados vestidos de blanco, por lo cual exclamó en griego: No es bueno que haya muchos amos.

XIII. Ascendido al trono, osó jactarse ante el Senado de haber dado el Imperio a su padre y a su hermano, que no habían hecho otra cosa que devolvérselo. Cuando después del divorcio recibió a su esposa, se sirvió, para decir que compartía su lecho, de la expresión consagrada para la unión de los dioses. Cierto día en que daba un festín al pueblo se mostró en gran manera complacido al oír que gritaban en el Anfiteatro: Felicidades a nuestro señor y a nuestra señora. En los juegos Capitolinos le fue solicitada por todo el concurso la rehabilitación de Palfurio Sura (204), expulsado en otro tiempo del Senado y que acababa de obtener el premio de la elocuencia; él ni siquiera se dignó contestar y mandó que callasen por medio del heraldo. Llevó su arrogancia al extremo de dictar para el servicio de sus intendentes una fórmula epistolar concebida en estos términos: Nuestro amor y nuestro dios lo quiere y lo ordena. A partir de entonces fue regla general no llamarle de otra manera cuando tuviesen que escribirle o hablarle. No permitió que se elevasen en el Capitolio más que estatuas de oro o plata de determinado peso. Hizo levantar en todos los barrios de Roma un número tal de puertas monumentales y arcos de triunfo, con carros y trofeos militares, que alguien escribió en griego en uno de aquellos monumentos: Basta. Fue cónsul diecisiete veces, cosa hasta entonces sin ejemplo, y especialmente siete veces seguidas, aunque casi siempre lo fue sólo de nombre. De todos sus consulados no conservó ninguno más allá de las calendas de mayo, y muchos sólo hasta los idus de enero. Después de sus dos triunfos, tomó el dictado de Germánico y llamó con sus dos nombres, Germánico y Domiciano, los meses de septiembre y octubre: el primero porque era la época de su ascensión al trono, el segundo por ser el mes en que había nacido.

XIV. Odiado y temido por todos, sucumbió al fin bajo una conspiración de sus amigos, de sus libertos íntimos y hasta de su esposa. Mucho tiempo antes le habían asaltado presentimientos acerca del año y del día en que había de morir y hasta sobre la hora y la clase de muerte. Desde su juventud le habían predicho los caldeos todas las circunstancias; viéndole un día su padre rechazar en la mesa un plato de setas, se burló de él en voz alta, diciéndole que más bien debía temer al hierro, si conocía su destino. Inquieto y temeroso a todas horas, por la menor sospecha experimentaba espantosos terrores, y el principal motivo que le impidió hacer cumplir el edicto mandando talar las viñas, se afirma que fue la lectura de cierto escrito difundido por Roma, en el que se leían estos dos versos griegos: Aunque cortes todas las vides, no podrás impedir que haya bastante vino para celebrar tu muerte. Al mismo temor se debió que rehusara un honor extraordinario imaginado por el Senado, que le sabía ávido de este género de distinciones; consistía este honor, según el decreto, en que cuantas veces fuese cónsul, caballeros romanos designados por suerte le precederían, revestido con la trabea y la lanza militar en la mano, entre los lictores y batidores.

A medida que se acercaba el momento del peligro, sentía Domiciano redoblar su espanto. Hizo guarnecer la galería en que paseaba de esas piedras transparentes llamadas phengitas, cuya superficie pulimentada, reflejando los objetos, le permitía ver todo lo que pasaba a su espalda. Ordinariamente interrogaba a los prisioneros solo y en secreto y hasta teniendo en las manos el extremo de sus cadenas. Con objeto de demostrar a los que le servían que nunca debe atentarse contra la vida del señor, ni siquiera con intención laudable, condenó a muerte a su secretario Epafrodito, del que se decía haber ayudado a Nerón a darse la muerte, cuando estaba el emperador abandonado ya de todo el mundo.

XV. En fin, apenas esperó que Flavio Clemente, su primo hermano saliese del consulado, para hacerle perecer por la más fútil sospecha, a pesar de ser hombre de notoria incapacidad, y a pesar de que había adoptado para sucesores a sus hijos, todavía niños, obligándolos a dejar sus nombres con este propósito, dando al uno el de Vespasiano y al otro el de Domiciano. Semejante crueldad contribuyó en gran manera a acelerar su fin. Durante ocho meses consecutivos tronó con tanta asiduidad en todos los puntos del Imperio, que, oyendo el fragor del rayo, acabó por exclamar: ¡Pues bien, que hiera a quien desee! Cayeron rayos sobre el Capitolio, sobre el templo de la familia Flavia; también sobre el palacio del emperador, y hasta en su dormitorio. La tormenta arrancó, asimismo, la inscripción de su estatua triunfal, arrojándola sobre una tumba próxima. El árbol, que derribado por el viento, se alzó de nuevo al acercarse Vespasiano antes de su advenimiento al trono, volvió a derrumbarse de pronto con estrépito. La Fortuna de Prenesto a la que durante su reinado se recomendó al principio de cada año y que siempre le había dado respuestas favorables, se las dio para el último aterradoras y hasta habló de sangre. Soñó que Minerva, diosa a la que había hecho objeto siempre de un culto especial, salia de su santuario, diciéndole que no podía ya protegerle, porque Júpiter le había quitado las armas de las manos. Nada le causó, sin embargo, tan profunda impresión como la respuesta y la suerte del astrólogo Ascletarión, que había predicho la muerte del emperador. Llamóle él, y no negando Ascletarión haber divulgado lo que su arte le manifestaba, Domiciano le preguntó cuál sería el fin del mismo astrólogo, a lo que contestó éste, que muy pronto le destrozarían los perros. Domiciano mandó degollarle en el acto y para demostrar mejor cuán vanas eran sus predicciones, ordenó que se le sepultara con el mayor cuidado. Cuando estaban ejecutándolo sobrevino una tempestad que desbarató los preparativos fúnebres, y unos perros aparecidos entonces destrozaron el cadáver medio quemado; el mismo Latino, a quien la casualidad hizo testigo del suceso, lo refirió durante la cena a Domiciano, entre las otras noticias del día.

XVI. La víspera de su muerte le sirvieron trufas y las mandó guardar para el día siguiente, diciendo: si aún existo; luego, dirigiéndose a los que le rodeaban, añadió, que al día siguiente la luna quedaría ensangrentada en el signo de Acuario y que ocurriría un acontecimiento del que hablaría toda la tierra. A medianoche le sobrecogió tal espanto, que saltó del lecho. A la mañana siguiente oyó y condenó a muerte a un arúspice que le habían enviado de Germania, por haber predicho, sobre la fe de un relámpago, una revolución en el Imperio. Ál rascarse con demasiada fuerza una verruga que tenía en la frente, brotó sangre, y él exclamó al verla: ¡Pluguiese al cielo que ésta fuese bastante!. Preguntó entonces la hora, y en vez de la quinta, que temía, cuidaron de decirle la sexta, por lo que mostró gran alegría, como si hubiese pasado el peligro; iba ya a entrar en el baño cuando Partenio, dedicado al servicio de su cámara, se lo impidió, diciéndole que un hombre, que tenía que revelarle cosas importantes, solicitaba verle en el acto. El emperador ordenó que se retiraran todos, entró en su cámara y allí fue muerto.

XVII. He aquí lo que se supo después acerca de esta conjuración y del modo cómo murió Domiciano. No sabían los conjurados dónde ni cómo le atacarían, si en la mesa o en el baño, cuando Esteban, intendente de Domitila, acusado entonces de malversación, les brindó sus consejos y su brazo. Para alejar sospechas fingió éste tener una herida en el brazo izquierdo, llevándolo durante muchos días envuelto en lana y en vendajes. Llegado el momento, ocultó en él un puñal e hizo pedir una audiencia al emperador, diciendo que quería denunciarle una conspiración. Fue introducido en su cámara, y mientras Domiciano leía aterrado el escrito que acababa de entregarle, le hundió el puñal en el bajo vientre. El emperador, sintiéndose herido, trató de defenderse, cuando Clodiano, legionario distinguido (205), Máximo, liberto de Partenio, Saturio, decurión de los cubicularios, y algunos gladiadores, cayeron sobre él y le dieron siete puñaladas. El joven esclavo encargado del cuidado del altar de los dioses lares en la cámara imperial, que se encontraba allí en el momento del asesinato, refirió que Domiciano, al recibir la primera herida, le gritó que le trajese un puñal que tenía oculto bajo su almohada y que llamase a los guardias, pero que llegado allí había encontrado en la cabecera del lecho el mango de un puñal, y puertas cerradas por todas partes; que entretanto Domiciano, que había cogido y derribado a Esteban, sostenía con él una lucha encarnizada, esforzándose, a pesar de tener los dedos cortados, ya en arrancarle el arma, ya en saltarle los ojos. Le asesinaron el 14 de las calendas de octubre (206), a los cuarenta y cinco años de edad, y en el decimoquinto de su reinado. Los mercenarios que llevan por la noche los cadáveres de los pobres, llevaron en pobre féretro el del emperador. Su nodriza Filis le tributó, sin embargo, los últimos honores en su casa de campo de la vía Latina; condujo en secreto sus restos al templo de la familia Flavia y los juntó con las cenizas de Julia, hija de Tito a la qué también había criado ella.

XVIII. Era Domiciano de elevada estatura, modesto el semblante, piel sonrosada y ojos grandes, aunque débiles; era hermoso y apuesto, sobre todo en la juventud, aunque tenía los dedos de los pies muy cortos. A este defecto, se unieron más adelante otros; se volvió, efectivamente, calvo; se le hizo el vientre enorme y las piernas extraordinariamente delgadas, más debilitadas todavía por una larga enfermedad que palideció. Estaba tan convencido de la ventaja que podía obtener del aspecto de modestia impreso en su semblante, que un día dijo en el Senado: Hoy mi rostro y mi carácter han debido sin duda agradaros. Le disgustaba tanto estar calvo, que tomaba por ofensa personal las bromas o criticas que dirigían en presencia suya a los calvos en general. Sin embargo, en un breve tratado sobre El cuidado del cabello, que publicó con una dedicatoria un amigo suyo; en el que procuraba consolarle con él, le decía después de citar este verso griego:

¿No ves cuán alto y hermoso soy en la estatura? (207).

Pero la misma suerte está reservada a mis cabellos, y los veo con resignada tristeza envejecer antes que yo; convéncete de que no hay nada tan agradable, y tan fugaz a la vez, como la belleza.

XIX. No podía soportar la menor fatiga, por lo cual no iba nunca a pie en Roma; por el mismo motivo, en la guerra y en las marchas no iba casi nunca a caballo, sino en litera. Sin ninguna acción por el manejo de las armas, la tenía, sin embargo, muy grande por el ejercicio del arco, y con frecuencia se le vio en las inmediaciones de Albano matar con sus flechas centenares de animales y hasta clavar con mano segura en la cabeza de algunos de ellos flechas que asemejaban cuernos. También algunas veces hacía colocar un niño a gran distancia, con la mano derecha extendida a guisa de blanco, y con maravillosa destreza hacía pasar las flechas entre los dedos sin tocarle.

XX. Descuidó en el trono los estudios liberales, aunque reparó con grandes desembolsos bibliotecas incendiadas, hizo buscar por todas partes nuevos ejemplares de las obras perdidas y envió gente a Alejandría a fin de obtener copias esmeradas. Nunca leyó un libro de historia o de poesía, ni cuidó su estilo, ni siquiera en ocasiones de importancia. Fuera de las Memorias y las actas del emperador Tiberio (208), no leía nada, y encargaba a otro la redacción de sus cartas, discursos y edictos. Su lenguaje no estaba, a pesar de todo, desprovisto de elegancia, ni su conversación de frases notables. Quisiera, dijo un día, ser tan hermoso como cree serlo Mecio. En otra ocasión, de uno cuyos rojos cabellos encanecían, dijo: Eso es vino dulce sobre nieve. Y a menudo exclamaba: ¡Qué miserable condición la de los príncipes! No se les da crédito sobre las conspiraciones de sus enemigos hasta que son asesinados.

XXI. En sus horas de ocio jugaba a los dados, haciéndolo también los días de fiesta y desde la mañana. Se bañaba al amanecer, y comía abundantemente en su primera comida; de suerte que por la de la tarde no tomaba, ordinariamente, más que una manzana macia y bebía una botella de vino añejo. Daba banquetes con frecuencia, y eran esplendidos, pero breves; nunca los prolongaba más allá de la puesta del sol, y en vez de hacer luego la colación de la noche, paseaba solo, hasta que llegaba la hora de su segundo sueño, en retirado paraje.

XXII. Era extraordinariamente inclinado a los placeres lascivos, llamándolos clinopalen, y contándolos en el número de los ejercicios corporales. Se entretenía, según se afirma, en depilar por sí mismo a sus concubinas, y se bañaba con las prostitutas más viles. Casado con Domicia, rechazó obstinadamente desposarse con la hija, todavía virgen, de su hermano, pero la sedujo en cuanto fue la esposa de otro, viviendo todavía Tito. Al perder ella a su padre y a su esposo le mostró él encendida pasión y hasta fue causa de su muerte obligándola a que abortase.

XXIII. La muerte de Domiciano, de la que el pueblo se enteró con indiferencia, llenó de ira a los soldados, que en el acto quisieron hacerle proclamar divino, y sólo les faltaron, para vengarle en seguida, jefes que quisieran conducirlos (209). Se cerraron, sin embargo, obstinadamente, en exigir el suplicio de los asesinos, y no tardaron en conseguirlo. Los senadores, por el contrario, se regocijaron en extremo; acudieron todos a la sala de sesiones y cada cual le prodigó, entre aclamaciones de los demás, las peores injurias. Haciendo llevar luego escalas, arrancaron sus bustos y los escudos de sus triunfos, haciéndolos pedazos contra el suelo y decretaron, por último, que en todas partes fueran borrados sus títulos honoríficos y abolida su memoria. Poco antes de su muerte, una corneja posada sobre el Capitolio había dicho en griego: Todo irá bien; prodigio que hizo escribir luego los versos siguientes:

Nuper Tarpecio quoe sedit culmine cornie,
Est bene, non potuit diceroe dixit, Erit (210).

Se asegura que el propio Domiciano soñó que le aplicaban detrás del cuello una joroba de oro; dedujo que el Imperio había de ser después de él un Estado feliz y floreciente, lo que no tardó en realizarse, merced a la generosidad y moderación de los príncipes que le sucedieron.

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